Al año siguiente, en San Alberto –Precou- hubo un seminario voluntario sobre Humanismo que impartió el Padre Erviti, y yo me apunté. En realidad las charlas eran sobre Historia, que le encantaba a él, y en la que reconocía una utilidad para nuestra formación que nosotros no veíamos, pero que él en su madurez había descubierto. Nos comentó que su verdadera pasión era la Filosofía, que llevaba varios años estudiándola cuando se dio cuenta que para poder comprenderla bien le hacían falta unos conocimientos de Historia que no tenía, así que decidió darse un paréntesis en sus estudios filosóficos para estudiarla, y se dijo a sí mismo que lo haría durante 15 años. A mí aquello me pareció una barbaridad cuando lo escuché, un enorme plazo de tiempo, « ¡quince años estudiando Historia!» recuerdo que pensé. Pues bien, aquellos días en los que trascurría el curso 73/74 aquel periodo ya lo había superado y llevaba 5 años estudiando de nuevo Filosofía en esa segunda etapa…, y como nosotros no estábamos preparados para esta materia, pues nos hablaba de Historia.
La civilización del Nilo, que él llamaba de Los Cocodrilos. El movimiento de la población del Sahara hacia aquel caudaloso río a medida que se iban secando los oasis del desierto. Las importantes crecidas que regaban los campos colindantes a sus riberas haciéndolos fértiles.
La Gran Marcha China de norte a sur, y de cómo, poco a poco, Mao se fue haciendo con el poder…; en resumen, el caminar del hombre hacia un futuro mejor. La búsqueda en la vida.
Pero también nos hablaba de él mismo, de su juventud en un frío seminario del norte de Castilla, lo delgado que estaba y de que no había enfermedad o virus que pasara por allí que no lo visitara; de su creencia que moriría joven, en cualquiera de aquellas afecciones que constantemente le aquejaban…, y de cómo pensaba que fueron los nabos que cogía de un huerto y los comía a escondidas en el estudio, los que le habían salvado la vida.
─ Ya veis y continúo vivo─ comentaba con una leve sonrisa, satisfecho, con la cara iluminada. Y entonces yo me fijaba en su redondez, en su incipiente barriguilla y me alegraba también; pensaba que se la había ganado.
A mí nunca se me había pasado ni remotamente por la cabeza que existieran personas así. Me encantaba escuchar sus explicaciones, sus comentarios, un mundo nuevo y un nuevo enfoque de las cosas. Aquella hora se me pasaba en nada y me sabía a poco, así que al año siguiente en Luis de Góngora –COU- en las asignaturas optativas escogí, además de Matemáticas, Historia y Filosofía, o lo que es lo mismo, ración doble de Padre Erviti que era el que las impartía, sin plantearme en el jardín que me metía, ya que yo, a la hora de los estudios, soy de ciencias puras.
Reconozco que aquel libro de Filosofía de pastas azules y con el pensador sentado y ya pensando desde la portada era mucha tela para mí. Las primeras lecciones no, aquello de buscar principios que expliquen lo existente, o que las cosas sean según las concibe la razón era interesante, y nada que objetar a los primeros filósofos, a Sócrates, Platón, Aristóteles…; además el Padre Erviti rápidamente tiraba por otros lares, aquel año también él era alumno en una facultad en Córdoba, y nos hablaba de las chicas guapas que había en su clase y demostraba un interés especial por las discotecas.
─ Pero, ¿qué es lo que se hace allí dentro? ─ nos preguntó en varias ocasiones
Sé que finalmente, junto a unos compañeros, hizo realidad su deseo. Me los encontré cuando volvían, el Padre Erviti vestido de calle, todas las prendas de color gris. Así vestido y con cazadora corta me pareció de lo más extraño. Porque no me enteré –lo llevaban en secreto- si no yo aquello no me lo pierdo, y seguro que se me hubiera ocurrido algo para animar el cotarro.
Y al día siguiente, de nuevo con la Filosofía, menos mal que cuando llevaba media hora…, pues tiraba para otro lado. Hacía poco que había aparecido la revista Cambio 16, toda una evolución en el periodismo español por el trasfondo político que albergaba. Leímos algún articulo en voz alta en clase, y cuando escuchaba aquello a mí me parecían verdades como puños, pero después el Padre Erviti los analizaba, los desmenuzaba hasta llegar a plantearnos dudas sobre lo que unos minutos atrás hubiéramos aceptado al 100%. Siempre nos decía que cuando leyésemos no podíamos perder el punto de vista crítico, constructivo, pero crítico; y así debíamos de hacer con todo en la vida, no aceptar sin más la verdad establecida. Cuando escuché aquello a mí lo primero que se me vino a la cabeza fueron los dogmas de fe de la religión católica pero no me atreví a decir nada, ya tenía marcado en la piel un suspenso en Religión que me pusieron en 3º de bachiller, el año anterior de entrar en la Uni, porque en esa clase el cura de mi pueblo hablaba de ese dogma que dice: “Creo en la resurrección de los muertos”. Antes yo ya había escuchado otros dos más –“creo en el Espiritu Santo”, “creo que Jesús es hijo de Dios nacido de Santa María virgen”- y cuando oí este de los muertos resucitando, a mí se me escapó sin querer un comentario que en el silencio de la clase retumbó: “Eso ya no me lo creo yo”. Fui el único de toda la clase que suspendió Religión en Junio con un 4,50 -una de las Marías como llamábamos a las que siempre se aprobaban sin esfuerzo-, pero tengo que reconocer que el suspenso era correcto porque yo aquello no me lo creía.
Años después, leyendo aquí y allá, me encontré con que eso, lo de no tragarnos a pies juntillas lo que nos digan, por ejemplo nuestros gobernantes, era una de las ideas básicas que terminó saltando a las calles en la primavera del 68 en Francia. Las ideas básicas que produjo en la sociedad aquel sobresalto eran exactamente las mismas que él nos enseñaba, y había llegado hasta ellas recorriendo un camino completamente distinto.
Y más Filosofía, y más pensadores, políticos y científicos de la antigua Grecia. De cómo hacía casi 2.500 años, Hipócrates creaba la conciencia necesaria para que los médicos no pudieran practicar abortos, o la eutanasia, que no debían de tener relaciones sexuales con sus pacientes y guardar el secreto profesional. Y otro día de más Filosofía, y al rato le tocaba a Pericles, el creador de la idea de lo que es y debe ser la democracia. Y nos hablaba de España, de cómo iba evolucionando la población económica y culturalmente. Aquellos días yo tenía 18 años y el futuro lo veía lleno de esperanza y alcanzando los niveles de los países más desarrollados, cultos y educados. El Padre Erviti nos habló también de los peligros que existen en esa forma de gobierno que es la ideal, la compra de una forma u otra del voto del ciudadano “por un plato de lentejas” decia…, los frecuentes abusos que cuando se esgrime la libertad individual tienen que soportar los que están junto a ese individuo; nos decía que el gobernante de dentro de 40 años en aquellos momentos era un niño que sufría esos abusos y cuando detentara el poder en el futuro, lo recordaría y querría cambiar el sistema. Todo esto lo resumía en una frase: “Las dictaduras más fuertes están por venir.”. Me he acordado muchas veces de esta idea suya…; solo os diré una cosa más, siempre que he visto una película ambientada en el futuro, la forma de gobierno que impera siempre, siempre, es una violenta dictadura.






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Antonio, compañero yo también tuve el honor, y el lujazo, de contar con el padre Erviti como profesor y puedo decir que era una excelente persona, un educador sin igual y un maestro donde los hubiera.
ResponderSuprimirGracias a los padres Dominicos, los antiguos alumnos de la UNI, podemos disfrutar de una formación integral, un espíritu crítico recio, un implacable código ético y una capacitación profesional excelente. Enseñanza como la que disfrutamos no la ha habido, ni la habrá jamás, de ese podemos estar seguros.
Con mucho retraso leo este merecidísimo elogio del Padre Erviti (sí, con mayúsculas). Yo también tuve el priviliegio de ser alumno suyo. Era el curso 74-75, Filosofía de 6º de Bachiller, Colegio Luis de Góngora. Si tuviera que elegir una sola cosa de mi paso por Córdoba, me quedo con sus clases. Nunca sospeché, al comienzo de ese curso, que la Filosofía fuera a convertirse en mi asignatura favorita; pero en seguida me dí cuenta de que aquel hombre sonriente y de paso decidido era diferente. A medida que el curso avanzó, el inicial respeto intelectual se tornó en pura admiración. Esperaba sus clases como un auténtico remanso de conocimiento, tolerancia y sensibilidad. Las clases al aire libre, cuando llegaba la primavera, eran un "clásico". El aula peripatética como en la Grecia clásica, le decíamos para convercerle.
ResponderSuprimirSu ejemplo de vida, dedicada al conocimiento, pero también su humildad y su bondad, me marcaron profundamente y para siempre. Gracias, Antonio Bustos, por recordarle.
Tubisteis suerte, a mí solo me dió Historia del Arte. Que lujazo. Filosofia me toco al hueso del padre Hermosilla.
ResponderSuprimirYo solo tuve el privilegio de ser su alumno en Historia del arte (6ºc2 1973/74).
ResponderSuprimirSin duda, mi mejor profesor de entre los muy buenos que había en la laboral. (También había Carrascosas)