Pero aquel curso 74/75 de COU tuvo para mí otra enorme sorpresa. Me había sentado en clase atrás, en la última fila, justo en el centro, desde donde veía todo el cotarro. Se iniciaba un nuevo curso y los profesores iban desfilando en la primera de sus clases, haciendo sus presentaciones, conociéndonos y nosotros a su vez calibrándolos a ellos. Era media mañana de un martes, concretamente el 20 de Septiembre de 1974, la puerta estaba abierta, un paso dentro del aula y al otro ya estaba sobre la tarima desplegando todo el hábito blanco en su enorme zancada. La primera impresión era la de un hombre fuerte, alto, con gafas metálicas de cristales perfectamente negros y muy rectangulares, cogidos sólo por arriba. Tenía el pelo negro peinado hacia atrás, sin raya, y con entradas a ambos lados. El “buenos días” que dijo ya dejó patente una energía que yo no había encontrado hasta ese momento en ningún otro profesor. Era el Padre Gago, que nos daría aquel curso la clase de Lengua Española. Nada más saludar se fijó en los compañeros de la primera fila y se dirigió a uno:
─ ¿Tu reloj tiene segundero?
─ Sí.
─ Pues bien, tú serás mi secretario. Cronometra.
“Querido Juan Ruiz: Sosiega un poco, siéntate, las gradas de este humilladero, aquí, fuera de la ciudad, pueden servirte de asiento durante un momento. Has corrido mucho por campos y ciudades y todavía no te sientes cansado.
Tu vida es tumultuosa y agitada, quien te vea por primera vez sin conocerte, dirá sin equivocarse cómo eres, cuál es tu espíritu, lo que deseas y lo que amas. Tienes la cara carnosa y encendida; en la grosura de tu faz aparecen tus ojos chiquitos, como dos granos de mostaza. La nariz, recia, una nariz sensual, avanza como para olfatear olores de yantar o de mujer … “
Y así siguió declamando hasta que se dirigió a su recién nombrado secretario:
─ ¿Tiempo?
─ Tres minutos veinticinco segundos.
─ Bien, toma nota. Ahora coged una hoja en blanco que os voy a dictar este mismo texto, vosotros debéis escribirlo como consideréis, yo no os voy a decir ni los puntos ni las comas, ni los puntos y coma. Comenzamos.
Todos lanzados a preparar el folio y el bolígrafo, no nos dio tiempo ni de analizar la situación. El Padre Gago quería ver nuestro nivel de faltas de ortografía y de redacción.
En la clase siguiente nos devolvió el texto, y lo corregimos de faltas que él ya, uno por uno, nos había subrayado en rojo; y una vez que escribimos de nuevo aquel relato de Azorín sobre el Arcipreste de Hita, ya sin faltas, pasó a estudiar el texto. Pintó un eje horizontal que marcaba el tiempo y un eje vertical que recogiera la intensidad comenzando abajo por la épica, le seguía más arriba la dramática y finalmente la cúspide era tomada por la lírica. Allí fue marcando los distintos puntos en intensidad del texto, finalmente los unió todos y quedo expuesto el perfil del esquema del relato. Y se fue.
Yo, como el resto de mis compañeros, nos quedamos mirando aquello como que sí, que era así, pero… ¿estábamos nosotros preparados para asimilar todo aquello?
En la siguiente clase de nuevo llegaba el huracán con sus dos zancadas que nos despertaba y ponía alerta, y es que no perdía un segundo…:
─ ¡Secretario!, cronometra.
Silencio. Cruce de miradas entre ellos dos, movimientos afirmativos de cabeza.
─ Adolescencia─ «uno» ─ Juan Ramón Jiménez─ «uno, dos, tres» segundos calculados mentalmente, y comenzaba:
Aquella tarde, al decirle yo que me iba del pueblo,
me miró triste -¡qué dulce!-,
vagamente sonriendo.
Me dijo: ¿Por qué te vas ?
Le dije: Porque el silencio
de estos valles me amortaja
como si estuviera muerto.
-¿Por qué te vas ?
-He sentido que quiere gritar mi pecho,
y en estos valles callados,
voy a gritar y no puedo.
Y me dijo: ¿Adónde vas?
Y le dije: Adonde el cielo
esté más alto, y no brillen
sobre mí tantos luceros.
Hundió su mirada negra
allá en los valles desiertos,
y se quedó muda y triste,
vagamente sonriendo.
Recitó aquel poema como el texto anterior, y como todos los de aquel curso, completamente de memoria, sin un folio cercano en el que apoyarse.
─ ¡Tiempo!, ¿secretario?
─ Un minuto dieciocho segundos.
─ Toma nota.
Si, aquella clase la llenó de poesía, de la generación del 98, la del 27, de España, Iberoamérica…, de fuerza y de energía. Jamás he vuelto a escuchar a nadie recitar como él. Un torrente de voz retumbando por el aula que te entraba la poesía y las sensaciones que creaba y trasmitía por los cinco sentidos, y hasta por los poros de la piel…: Los vellos se te ponían de punta…, y aquel ritmo de dicción…, era increíble. Escuchándolo me sentí muchas veces flotando, como en un sueño.
El Padre Erviti y el Padre Gago eran personas especiales, y vuelvo a decir, como yo no creía que existieran personas hasta entonces. En el caso del Padre Gago, su pasión por Don Antonio Machado – con el “Don”, como él decía- , y siempre enviándote el mensaje de la relación entre el autor y el pueblo, el predominio en la zona donde había nacido, o donde habían sido escritos los versos…, la geografía o el paisaje, y cómo influían en los textos, o soltándote aquello que ya en otro momento he escrito sobre él:
“Afortunadamente el pueblo salva a España de los españoles”
Todo esto que os cuento salía de él y nosotros tratábamos de absorberlo como esponjas; pero no íbamos sólo a escuchar durante aquel curso, también íbamos a participar.
─ ¿¡Cómo!?
─ Que os la tenéis que aprender de memoria y subiréis a la tarima a recitarla, sin ayuda de la hoja con el texto, todos pasareis por aquí.
Nos lo dijo desde allí arriba, y nosotros nos miramos los unos a los otros, pero sin abrir el pico. El Padre Gago imponía.








0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada
Si lo deseas, puedes introducir un comentario a este artículo.