Nuestro compañero era alto, algo desgarbado y con gruesos cristales en sus gafas. Como siempre estaba mirando el tablero…, pues siempre las llevaba caídas. Pocas veces se las subía, y cuando me miraba durante una partida, con frecuencia lo que hacía era engurruñir la nariz y así las subía para verme mejor.
Maruenda era muy buena persona y también inteligente, sólo que tenía algún pequeño fallillo de fabricación. Recuerdo una tarde de primavera paseando los dos cerca de la Iglesia de la Uni y los jardines de alrededor, cuando me soltó aquello:
─ ¡Hay que ver el rojo que tiene hoy el césped!
Me dejó descolocao. Después me explicó que era daltónico y que dependía de cómo diera el sol en aquel césped pues así era el rojo que veía él, además estaban las sombras de pinos… aquella tarde vio una gran cantidad de tonalidades que me las fue comentando.
Pero si en esta cuestión de estar exento él tuvo suerte, hubo otra que tuvo muy, pero que muy mala suerte. Fue durante un examen de Matemáticas, un compañero de al lado le preguntó algo, él le contestó, y el profesor en ese momento lo vio, le acusó de estar copiando y en aquel preciso momento sentenció:
─ Usted ya puede hacer lo que quiera este curso que las Matemáticas le quedan para Septiembre.
Lo pasó mal, y a pesar de ello él siguió estudiando con ahínco Matemáticas, continuó presentándose a los exámenes, pero siempre con el mismo resultado: Suspenso.
Yo, al Padre Gago le caí bien desde el principio, no sé porqué, si era por llamarme Antonio como su idolatrado Machado, porque hubiera visto mis datos y se hubiera dado cuenta que también había nacido el mismo día que el poeta– 26 de Julio, aunque con bastantes años de diferencia- o porque solía sentarse atrás mientras un compañero salía a recitar y los dos quedábamos cercanos, en paralelo. El caso es que desde el principio reparó en mí, y noté siempre su apoyo y sus palabras de aprecio. Los compañeros, ya imagináis lo que me decían: “Enchufao”.
Pero desfilé por allí arriba como todos. En la primera ocasión me tocó Adolescencia, y no se me dio mal, pero efectivamente había que sabérsela de memoria y más, porque como no la tuvieras súper preparada, allí arriba y metido en trance, rápidamente titubeabas o te equivocabas. A mí eso no me pasó. Inmediatamente que terminé dijo el Padre Gago:
─ ¡Secretario!
─ ¡Uno catorce sobre uno dieciocho!─ la había recitado un poco rapidillo, pero bien.
─ Ábalos, nota y critica.
Y Ábalos, o el que dijera el Padre Gago, tenía que poner la nota al compañero que estaba sobre la tarima y hacer un comentario de cómo había sido aquello…, y una vez que terminaba, el Padre Gago, sin perder un segundo, le decía al que había salido:
─ Contra crítica.
Y allí que tenías que rebatir tú lo que considerases o bien estar de acuerdo, porque si te habías liado, que te reliabas y no poco… Hubo actuaciones memorables, vamos, para partirse el pecho…, entonces lo único que te quedaba era reconocer que la tenías que trabajar más.
Como veis, nada era al azar. Ni las poesías que había escogido: “Adolescencia”, éramos nosotros, de donde él partía cuando comenzaron las clases y nos preparaba para el futuro, para expresar nuestras ideas en público, trabajarlas bien, para hacer una critica y una contra crítica…, la santa madre que lo parió.
Fue pasando el tiempo y yo cada vez estaba más metido en aquella vorágine, pienso que como todos mis compañeros. El Padre Gago no paraba de recitar nuevas poesías cada dos por tres, y nosotros detrás, aprendiéndolas; ya digo, mejor que de memoria. En un momento determinado estaba estudiando una de ellas, concretamente el texto nº 12 (los llamábamos así, textos y numerados), era la poesía “Hombre” de Blas de Otero, y quería recitarla a tope, a todo volumen, porque desde el principio se lanzaba superando incluso la dramática y llegaba a la lírica, así que salí del colegio Luis de Góngora y me alejé, vamos, para pegar voces y que nadie me oyera:
─ Hombre─ «uno» ─ Blas de Otero ─ «uno, dos, tres segundos».
Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,
al borde del abismo, estoy clamando
a Dios. Y su silencio, retumbando,
ahoga mi voz en el vacío inerte…
al borde del abismo, estoy clamando
a Dios. Y su silencio, retumbando,
ahoga mi voz en el vacío inerte…
Si, al borde del abismo, o sea, al borde del canal que circundaba la Uni iba yo recitando a voz en grito en aquella noche cerrada, y lo hice una y otra vez mientras, paseando, me alejaba. Paraba, reflexionaba, y otra vez. En uno de aquellos stop escuché:
─ Mi… mi.
Afiné el oido.
─ Mi… mi.
Seguí a la expectativa.
─ En un cementerio─ y se detuvo, pasaron unos segundos─ . En un cementerio de lugar castellano─ pausa─ Miguel de Unamuno─ y pasaron los tres segundos…
Corral de muertos, entre pobres tapias,
hechas también de barro,
pobre corral donde la hoz no siega,
sólo una cruz, en el desierto campo
señala tu destino.
Pobre corral donde la hoz no siega.
hechas también de barro,
pobre corral donde la hoz no siega,
sólo una cruz, en el desierto campo
señala tu destino.
Pobre corral donde la hoz no siega.
─ ¡Mal… maldita sea!─ dijo la voz acercándose. Lo vi salir de la oscuridad, iba concentrado, ensimismado, mirando hacia abajo y luchando con aquella poesía que posiblemente era la más difícil y la más larga de todas, dos folios…, y también iba luchando consigo mismo. Notó mi presencia, engurruñó la nariz elevando sus gafas y me miró desde detrás de sus gruesos cristales.
─ Hola Maruenda.
─ Co…, co…, que me has asustado.
─ Pues lo mismo me ha pasado a mí─ le dije riendo.
─ Y qué…, que.
─ Lo mismo que tú, que quería recitar a solas.
─ Me…, me la sé pe… pero no m…e… sale.
─ Es que hay que estudiarla más, dudas en cualquier verso lo más mínimo y ya está formado el lío.
No le pregunté ni le dije nada sobre su exención, de su ensayo y trabajo preparándola.
Lo que describo a continuación lo hago tal y como me lo contaron, porque no pasó en mi aula.
Dos semanas más tarde, cuando el Padre Gago entró en aquella otra clase, dijo algo que no solía decir.
─ Voluntarios para recitar una poesía, la que él escoja─ y nadie levantó la mano, el Padre Gago repasó la clase y los corazones de nuestros compañeros seguro que se aceleraron porque si no salía ningún voluntario iba a salir uno obligatorio, pero al cabo de varios segundos uno se atrevió y, con un par, levantó la mano, era Maruenda.
─ Pues adelante.
Maruenda subió y el Padre Gago se fue al final de la clase y comenzó aquello.
─ En…, en…,─ resopló
─ Tranquilo.
─ En…, en…, en un cementerio de lugar castellano.
Y se que más de uno pensó, porque así me lo contaron: «Además la más larga y difícil, con este echamos la hora».
─ Mi…, Miguel de Unamuno─ «uno, dos tres»
“Corral de muertos, entre pobres tapias,
hechas también de barro,
pobre corral donde la hoz no siega,
sólo una cruz, en el desierto campo
señala tu destino.
Junto a esas tapias buscan el amparo
del hostigo del cierzo las ovejas
al pasar trashumantes en rebaño,
y en ellas rompen de la vana historia,
como las olas, los rumores vanos.
Como un islote en junio,
te ciñe el mar dorado
de las espigas que a la brisa ondean,
y canta sobre ti la alondra el canto
de la cosecha.
Cuando baja en la lluvia el cielo al campo
baja también sobre la santa hierba
donde la hoz no corta,
de tu rincón, ¡pobre corral de muertos!,
y sienten en sus huesos el reclamo
del riego de la vida.
Salvan tus cercas de mampuesto y barro
las aladas semillas,
o te las llevan con piedad los pájaros,
y crecen escondidas amapolas,
clavelinas, magarzas, brezos, cardos,
entre arrumbadas cruces,
no más que de las aves libres pasto.
Cavan tan sólo en tu maleza brava,
corral sagrado,
para de un alma que sufrió en el mundo
sembrar el grano;
luego sobre esa siembra
¡barbecho largo!
Cerca de ti el camino de los vivos,
no como tú, con tapias, no cercado,
por donde van y vienen,
ya riendo o llorando,
¡rompiendo con sus risas o sus lloros
el silencio inmortal de tu cercado!
Después que lento el sol tomó ya tierra,
y sube al cielo el páramo
a la hora del recuerdo,
al toque de oraciones y descanso,
la tosca cruz de piedra
de tus tapias de barro
queda, como un guardián que nunca duerme,
de la campiña el sueño vigilando.
No hay cruz sobre la iglesia de los vivos,
en torno de la cual duerme el poblado;
la cruz, cual perro fiel, ampara el sueño
de los muertos al cielo acorralados.
¡Y desde el cielo de la noche, Cristo,
el Pastor Soberano,
con infinitos ojos centelleantes,
recuenta las ovejas del rebaño!
¡Pobre corral de muertos entre tapias
hechas del mismo barro,
sólo una cruz distingue tu destino
en la desierta soledad del campo!”
hechas también de barro,
pobre corral donde la hoz no siega,
sólo una cruz, en el desierto campo
señala tu destino.
Junto a esas tapias buscan el amparo
del hostigo del cierzo las ovejas
al pasar trashumantes en rebaño,
y en ellas rompen de la vana historia,
como las olas, los rumores vanos.
Como un islote en junio,
te ciñe el mar dorado
de las espigas que a la brisa ondean,
y canta sobre ti la alondra el canto
de la cosecha.
Cuando baja en la lluvia el cielo al campo
baja también sobre la santa hierba
donde la hoz no corta,
de tu rincón, ¡pobre corral de muertos!,
y sienten en sus huesos el reclamo
del riego de la vida.
Salvan tus cercas de mampuesto y barro
las aladas semillas,
o te las llevan con piedad los pájaros,
y crecen escondidas amapolas,
clavelinas, magarzas, brezos, cardos,
entre arrumbadas cruces,
no más que de las aves libres pasto.
Cavan tan sólo en tu maleza brava,
corral sagrado,
para de un alma que sufrió en el mundo
sembrar el grano;
luego sobre esa siembra
¡barbecho largo!
Cerca de ti el camino de los vivos,
no como tú, con tapias, no cercado,
por donde van y vienen,
ya riendo o llorando,
¡rompiendo con sus risas o sus lloros
el silencio inmortal de tu cercado!
Después que lento el sol tomó ya tierra,
y sube al cielo el páramo
a la hora del recuerdo,
al toque de oraciones y descanso,
la tosca cruz de piedra
de tus tapias de barro
queda, como un guardián que nunca duerme,
de la campiña el sueño vigilando.
No hay cruz sobre la iglesia de los vivos,
en torno de la cual duerme el poblado;
la cruz, cual perro fiel, ampara el sueño
de los muertos al cielo acorralados.
¡Y desde el cielo de la noche, Cristo,
el Pastor Soberano,
con infinitos ojos centelleantes,
recuenta las ovejas del rebaño!
¡Pobre corral de muertos entre tapias
hechas del mismo barro,
sólo una cruz distingue tu destino
en la desierta soledad del campo!”
Y el tío la largó del tirón, sin ningún fallo. Todos se quedaron con la boca abierta, y el Padre Gago, después de hacer una de aquellas inspiraciones profundas que hacia, dijo: “Solo por este momento ha merecido la pena este curso”.






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