domingo 26 de octubre de 2008

6. MIS DUDAS.



Durante un tiempo yo estuve estudiando esas dos poesías, “Hombre” y “En un cementerio de lugar castellano” al mismo tiempo, analizando los paralelismos y las diferencias que existían entre ellas.

Las dos iban sobre la muerte. La de Blas de Otero yo la interpretaba como ese momento en el que a un hombre, por ejemplo, su médico le comunica que tiene una enfermedad grave y de inmediato piensa «ya está aquí, ya me ha tocado», pero pasado el primer susto, aún tiene fuerzas y quiere luchar contra esa muerte, que en ese momento, intuye cercana. Por el contrario, la de Unamuno, iba sobre el cementerio, sobre las tapias del recinto, aunque hay versos al principio como estos:

“Como un islote en junio,
te ciñe el mar dorado
de las espigas que a la brisa ondean,
y canta sobre ti la alondra el canto
de la cosecha.”

Que a mí me trasmitían ideas completamente distintas a las de un cementerio. Cuando escuché recitar estos versos al Padre Gago con el ritmo que los declamó y pronunció, aquello derramaba vida, y el “te ciñe”, a mí me creaban imágenes de película, con plasticidad, como un joven sacando a su chica a bailar, y de inmediato cogiéndola por la cintura. Además, el Padre Gago le daba fuerza, a lo mejor porque todo lo impregnaba de aquella energía suya, y sin embargo yo estos versos los asimilada en mi corta experiencia de otra forma. A mí los muertos no me interesaban; kaput, pues kaput, se ha terminado, pues eso, finito, y las tapias… allí que se queden; pero hay un momento de la vida del hombre que viene más tarde de cuando ese médico le comunica que tiene una grave enfermedad; son esas horas previas a la muerte, cuando estás entregando la cuchara, y es, pensando en ese momento, donde yo intuitivamente advertía paralelismos y conectaba con esa poesía.

Hasta ese momento, y hasta ahora, sólo he visto morir a un hombre. Viví en la estación de Baena hasta los nueve años aproximadamente, y como muchas estaciones de ferrocarril estaba distante de la población, en este caso unos tres kilómetros, y yo corría libre por aquellos campos. Cuando cerraron la estación y nos fuimos a vivir al pueblo lo hicimos a los únicos pisos que hasta aquel momento se habían construido en Baena, en las afueras, y yo con frecuencia buscaba el campo, lo necesitaba, y una de las veces que me alejaba escuché una frase a unas mujeres que pasaron a mi lado: “Se está muriendo”.

Iban completamente vestidas de negro… y las seguí. Se dirigían a una línea de casas prefabricadas que estaban allí, cercanas, las más pobres, esas que ahora están pintadas con distintos tonos de color marrón, pero que entonces eran grises… y delante de una había una gran aglomeración de personas. Aquellas mujeres entraron, y yo, un niño, conseguí meterme por entre las gentes sin que nadie me lo impidiera ni me dijera nada, hasta que llegué a la puerta y bordeé el quicio. La cama estaba allí mismo, pegada al testero de la izquierda; a medio metro de mí estaban los enormes pies amarillentos y desnudos de aquel hombre mayor, pálido, muy delgado, postrado en la cama con el poco pelo cano levantado y enmarañado. Tenía medio cuerpo tapado sólo por una sábana, y su mirada…, no sé si definirla, ¿cómo la de un hombre sin esperanzas?, quizás haya un estado incluso algo más allá, esa mirada que ves en las personas tras las alambradas cuando ponen un documental de los campos de concentración nazi, o más reciente, hace nada, en la guerra serbio-bosnia, unos prisioneros bajando de un camión con la cara partida por las torturas sufridas y hasta el último grano de dignidad del ser humano pisoteado por otro ser humano, que con uniforme y metralleta en mano, los van colocando en la cuneta, de rodillas, y le pegan el tiro al primero, que cae hacia delante, y el que le sigue ni se menea a sabiendas que lo van a matar, nada, no se atreve ni a volverse para atrás y decirle hijo de puta, o escupirle a la cara, o intentar huir, o qué sé yo…, un último intento por quitarle el arma; pero no, ni eso, porque si consiguiera quitarle el fusil igual se pega él mismo el tiro en vez de pegárselo a ¿su enemigo?.

Sí, ese tipo de mirada tenía aquel hombre, con su mujer sentada en una silla de anea al lado de la cama, y más alejadas, en el otro testero, mujeres también sentadas vestidas de negro, incluso los pañuelos puestos en sus cabezas eran del mismo color…, y los rosarios en las manos, rezando; velas y mariposas encendidas, están sobre una pequeña mesa dando reflejos dorados y olor a aceite quemado…; y el hombre, que hace un enorme esfuerzo para doblarse hacia fuera aunque su rostro no hace ni una sola mueca de dolor, está ya inerte, y es entonces cuando la esposa levanta un cubo de zinc gris -como aquella casa, como el que tenía mi madre para fregar-, y se lo acerca. Un gran vómito de sangre, el hombre parece que siente algo de alivio, y vuelve a apoyar la cabeza sobre la almohada, con el mismo gesto, y así, después de repetirse varias veces la misma escena, al cabo de dos horas, aquel hombre murió físicamente, aunque a mi me pareció ya sin vida desde el primer momento que lo vi, aunque se moviera… y los rezos se elevaron acompañando los llantos de la viuda.

Yo había llegado a la conclusión que si esa poesía de Unamuno tenía algo de vida, era similar a la de los últimos momentos de los muertos que aquel cementerio albergaba. Como una muerte aun con vida, como unas tapias que le dan vida lo que a su alrededor se mueve, como la esposa y las demás mujeres que rezan, pero ellas –las tapias-, y él –el hombre-, están inertes.
La leía, la estudiaba, la recitaba, y no me sentía cómodo con el ritmo del Padre Gago.
Varias semanas más tarde, después de ocurrir lo que os he contado sobre Maruenda, el Padre Gago entró en nuestra clase y dijo lo mismo:

─ Voluntarios para recitar una poesía, la que él escoja─ y nadie levantó la mano. «Acojonatis summum», pensó y sintió por allí al menos el cincuenta y uno por ciento. El Padre Gago hizo un movimiento afirmativo con la cabeza mientras repasaba con la mirada toda la clase, y que yo interpreté como de decepción por su parte…, así que levanté la mano.

─ ¡Hombre!, don Antonio Bustos…
Me levanté con ese mismo pensamiento: recitar “Hombre” de Blas de Otero.
Caminé hacia la tarima por el pasillo mientras él, por el otro, se dirigía a mi banca para sentarse allí, al fondo, y cuando estuve arriba inspiré dos veces intentando relajarme. Pero los latidos del corazón golpearon con fuerza en mi interior, no me dejaban pensar: subieron e inundaron hasta mis oídos aislándome de todo. Yo mismo me sorprendí cuando mi voz, que la escuché más por dentro de mi cuerpo que por el exterior, dijo cuando por fin hablé:

─ En un cementerio de lugar castellano─ «uno» ─ Miguel de Unamuno─ «en menudo berenjenal te estas metiendo, Antonio»

Y con los brazos caídos, el gesto y la voz del que no le importa ya nada porque no le queda vida y en un rato va a morir…, y no tiene fuerzas ni para aceptarlo, recité:

“Corral de muertos, entre pobres tapias,
hechas también de barro,
pobre corral donde la hoz no siega,
sólo una cruz, en el desierto campo
señala tu destino.

Junto a esas tapias buscan el amparo
del hostigo del cierzo las ovejas
al pasar trashumantes en rebaño,
y en ellas rompen de la vana historia,
como las olas, los rumores vanos.


Como un islote en junio,
te ciñe el mar dorado
de las espigas que a la brisa ondean,
y canta sobre ti la alondra el canto
de la cosecha.

Y a partir de aquí os juro que las palabras salían de mi boca pero yo no sabía lo que decía, estaba en trance o qué se yo, el tiempo que estuve así se me hizo inmensamente largo. El caso es que llegó un momento en el que me callé.

─ ¡Secretario!

─ ¡Dos minutos cincuenta y cinco segundos sobre dos minutos cincuenta y cinco segundos!

Clavé el tiempo, algo casi imposible en una poesía tan larga y con una forma de recitar
completamente distinta a la del Padre Gago.

─ ¡Crítica!
No sé quien me la hizo, creo recordar que me puso por nota un ocho. Yo no escuchaba nada, estaba flotando.

─ ¡Contra crítica!
Ni yo sabía lo que había pasado, ni lo que había dicho el compañero en su crítica, solo acerté a decir que en aquel curso algo en mí había cambiado…, pero ni yo lo sabía.
Por lo que me dijeron, no tuve el más mínimo fallo al recitar aquella poesía, varios compañeros se me acercaron al final de clase para decirme que se habían emocionado escuchándome, y que si les hubiera tocado a ellos hacer la crítica me habrían puesto un diez.

Comprended, el Padre Erviti estaba ya con Hume; Kant y su “Critica de la razón pura”; en cuanto a Nietzsche, ya estaba apareciendo para terminar de enredarme del todo (y eso que nos saltamos a San Agustín, el Padre Erviti dijo que había que leerlo cuando pensáramos que ya habíamos vivido y visto todo en esta vida, y como a mí eso todavía no me ha ocurrido, y menos entonces, pues sigue esperando). Pero además estaba el Padre Gago con el libro de Lengua de COU más los poetas y poesías que tampoco paraba; Lorca y su Mariana Pineda, Pablo Neruda, Miguel Hernández, Manuel Machado, Don Antonio…, y también estaban los otros profesores con sus distintas asignaturas.

Yo sabía que el Padre Erviti y el Padre Gago eran un lujo, en cualquier momento te soltaban un razonamiento que te dejaba pensando unos cuantos días. Sí, creo que aquellos últimos días de primavera lo que tenía era una impresionante empanada mental; ¡vamos! que no era capaz ya de digerir más al 100% lo que aquellos dos monstruos del pensamiento soltaban todos los días, en cualquier momento, y sin previo aviso.

Llegó el final de curso y de este relato. Si queríamos aprobar Lengua Española, para empezar, había que asistir al examen final con chaqueta y corbata. El puñetero del Padre Gago hasta en esa ocasión aprovechó para enseñarnos cómo actuar en la vida que se nos venía encima. En un momento importante, por ejemplo una prueba para un puesto de trabajo, había que ir lo mejor presentado posible, de acuerdo con la ocasión, aunque eso lo comprendí más tarde, en aquel momento nosotros lo vimos como una de sus rarezas.

¿Y Maruenda, aprobó las Matemáticas en Junio? A mí me hubiera gustado relatarlo así, pero no lo recuerdo. He llamado a varios compañeros, todos se acuerdan de él, pero nadie me ha dado una respuesta sobre este punto. Si hubiera sabido entonces que iba a escribir esto de aquellos últimos meses en la Laboral no se me habría olvidado informarme de este importante detalle.

Lo que sí sabía es que después de aquel año cada uno tiraría por su lado, nada sería igual a los años anteriores…, y quise tener un recuerdo de mis compañeros, sin preferencia especial, los que estaban por allí en aquellos momentos, y escogí como libro más significativo de lo que fue para mí aquel curso: Mi libro de Lengua de COU.















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