Siempre que escribo sobre el Padre Erviti y los demás dominicos que aparecen en mis relatos lo hago escribiendo la palabra “Padre” con mayúscula, porque así es como lo siento (aunque algunas veces ha sido corregida por Juan Antonio Olmo con toda su buena intención).
Independientemente de creencias religiosas, es una forma de agradecer, engrandecer y expresar mi respeto a aquellos Hombres con hábito blanco que dedicaron su vida a la enseñanza, al crecimiento personal e intelectual de sus alumnos, y contribuyeron a crear ideas de libertad y principios que aún no reconocemos en nuestra sociedad actual.
Podría deciros lo mismo que en las notas de autor de “Una historia entre miles”, mi primer relato en esta web; los que hemos tenido la suerte de conocer y escuchar al Padre Gago, al Padre Erviti, de convivir con ellos y con otros, no los olvidaremos nunca, e incluso muchos años después aparecen una y otra vez, por sorpresa, mientras andas por una calle o cualquier día sentado en casa, hojeando el periódico, y te encuentras un articulo con una referencia, por ejemplo de Unamuno, y rápidamente aparece la conexión. Lees aquello con un interés especial y terminas vislumbrando algo nuevo que hace que siga creciendo la semilla que hace tantos años estos Hombres sembraron en nuestras mentes.
En el caso de nuestro genio librepensador don Miguel de Unamuno, un ingente trabajo como autor novelas, obras de teatro, poesía…, y también filósofo, profesor, rector, político; primero socialista, proclama la II República en el balcón del Ayuntamiento de Salamanca donde lanza un discurso el 14 de Abril de 1931: "Comienza una nueva era y termina una dinastía que nos ha empobrecido, envilecido y entontecido". Consideraba que él había contribuido más que ningún otro español a todo aquello con sus escritos oponiéndose al rey Alfonso XIII y al general Primo de Rivera para, poco después, desengañado de la República, apoyar a los rebeldes franquistas. El 19 de Julio de 1936 Unamuno es nombrado concejal del Ayuntamiento de Salamanca del que es nuevo Alcalde el Comandante del Valle, y hace un llamamiento a los intelectuales europeos pidiendo que apoyen a los sublevados, declarando que representaban la defensa de la civilización occidental y de la tradición cristiana. Hasta que nuevamente queda otra vez desengañado. El 12 de Octubre de 1936, en plena guerra civil española, durante los discursos del aniversario del descubrimiento de América, llamado por aquel entonces Día de la Raza, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca de la que Unamuno era Rector, toma la palabra en último lugar, y califica de insensato el grito "¡Viva la muerte!" y se enfrenta a la mayoría de los allí presentes: "Este es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho."
Así, cuando y donde había que decirlo.
El General José Millán-Astray, creador de la legión y de su eslogan- "¡Viva la muerte!"-, estaba presente y también intervenía en el acto, cuando escuchó aquello se levantó, y con un gran vozarrón dijo: "¡A mí la Legión, viva la muerte, abajo la inteligencia!"
A lo que Unamuno contestó gritando: "¡Viva la vida!"
Presente en aquel acto también estaba Doña Carmen Polo. Don Miguel de Unamuno y la esposa de Franco se cogieron del brazo y esta le acompañó hasta su casa, protegidos ambos por la guardia personal de ella y salvándole, posiblemente, la vida, aunque ya le quedaba poco tiempo.
Y Don Antonio Machado va y escribe cuando Unamuno muere:
“Señalemos hoy que Unamuno ha muerto repentinamente, como el que muere en la guerra. ¿Contra quién? Quizá contra sí mismo”.
A veces pienso en Unamuno mirándose en un espejo y lo que ve reflejado no es él, sino el pueblo español, sus contradicciones, y ahí seguimos después de tantos años, no cambiamos, por eso pasa lo que pasa…, y tenemos lo que tenemos.
Recuerdo que aquellos días, con dieciocho años, había otras cuestiones que yo quería comprender. Por ejemplo, varias veces, cuando estaba atardeciendo, vi salir al Padre Gago del recinto del internado y caminar con sus pasos largos hasta una pequeña loma que había cerca, al otro lado del canal. Escuché decir que allí arriba había una piedra sobre la que él se sentaba y se orientaba hacia León, tierra en la que había nacido. Si, quería comprender aquello, no quedarme en el simple pensamiento de que era fruto de la nostalgia, que también podía ser…, pero…, a posteriori, ante las dificultades de la vida, he llegado a pensar que el Padre Gago, a pesar de sus conocimientos, posiblemente también necesitaba de vez en cuando encontrar referencias para… ¿poder seguir viviendo?, o ¿también él tenia que hacer lo que nos dijo en una ocasión?: “Cuando tengáis un problema, pasadlo por la naturaleza, veréis como os lo devuelve disminuido o solucionado”. Cuando escuché aquello, yo, crédulo como siempre he sido, salí de la Uni más de una vez paseando y cogí el problema que entonces me agobiaba y lo lancé ahí fuera, delante de mi, lo miraba y, ¿qué era aquello comparado con la enorme montaña que había detrás?, después lo volvía a recoger -el problema- y me lo llevaba conmigo…, pero ya no pesaba tanto.
El Padre Gago y sus enseñanzas me han ido acompañando toda la vida, apareciendo aquí y allá, sin pedir permiso, ya digo, por sorpresa. En una ocasión alquilamos una vivienda rural en un pueblecito de la serranía de Ronda: Benadalid. Sus pocas casas blancas se extienden por la cresta de una montaña.
Cuando llegamos me llamó la atención el castillo, moro, de estructura cuadrada, con una sola puerta y en la almena que había sobre ella, una cruz. No tuvimos suerte con el tiempo, siempre lloviendo… ni con la ducha, apenas salía agua y no se llegaba a calentar, lo mejor era estar con mi mujer y mis dos hijos pequeños junto a la chimenea, los juegos de mesa…, porque fuera no paraba de llover; y una tarde hartos de estar enclaustrados, salimos y paseamos bajo el paraguas por las afueras del pueblo, nos íbamos acercando al castillo. El día anterior, mientras comíamos en un pequeño restaurante de allí, nos dijeron que era el castillo… y el cementerio. Las tumbas estaban adosadas a los muros interiores y en el suelo, y entonces comprendí lo de la cruz. En aquellos pensamientos iba yo mirando el castillo mientras paseábamos y entonces ocurrió. Primero apareció una oveja junto a las tapias, y después otra y otras más, y el rebaño completo con el pastor y su perro al lado. Sentí una gran emoción, algo parecido debió ver Unamuno cuando escribió aquel poema, “En un cementerio de lugar castellano”, que muchos años atrás yo estudié y también recité en clase. El rebaño continuo y se separó, apenas fueron dos minutos, pero solo por aquella visión mereció la pena este viaje que nunca olvidaré, como nunca he olvidado las últimas palabras del Padre Gago, un segundo antes de abandonar la clase, casi bordeando la puerta para no volverlo a ver más: “Suerte en la vida… y en la muerte”.
Si Padre, hay muchas formas de morir, y hasta para eso hay que tener suerte.
Hace justo un año estaba en Suiza con mi esposa, en un pequeño barco pasamos una horas navegando por el lago Leman, preciosas casas en su ribera donde habían vivido personajes históricos, y después paseamos por Ginebra, nos llamaba la atención los educados suizos que iban en animada conversación, pero siempre hablando muy bajo, ¡se escuchaban más las pisadas que sus palabras!, estábamos observando y comentando ese detalle cuando en una pared vi el nombre de la calle: Boulevard des Philosophes. Me quedé con la boca abierta…, enseguida vino a mi mente el Padre Erviti, pensé en la cara que hubiera puesto de estar allí a mi lado y haber visto el nombre de la calle…, y volví a recordar su gesto reflexivo y su posterior sonrisilla de satisfacción. Entonces me fijé en el pequeño teatro, La Comédie, y en la tienda de antigüedades, un poco más abajo; encontré una tranquilidad y una belleza especial en aquellas imágenes…, y de nuevo la educación de aquellos ciudadanos, la que yo pensaba que tendríamos todos los españoles cuando en aquella primavera del 75 yo, en sus clases de Historia y Filosofía, pensaba en el futuro.
¡Y como no!, un día dije de ir a Atenas, una ciudad extensa, blanca, con solo dos puntos altos que sirven de referencia. Era primavera y una noche íbamos paseando por el centro, había un gran ambiente y nos sentamos en la única mesa libre de una terraza al pie de la Acrópolis, a escasos 30 metros de la Torre de los Vientos. Todos los que estaban sentados a nuestro alrededor eran jóvenes, a lo sumo, personas de mediana edad en continua conversación con rostros alegres. Pronto reparé en la cantidad de gente fumando de tal manera que, prácticamente estábamos entre una nube de humo con un olor especial: la mayoría estaban fumando maría. Yo que no le he dado una calada ni a un mísero porro…, y aquella alegría era contagiosa.
Después de un par de cervezas y varios ratos contemplando las columnas de mármol dóricas del Partenón allí arriba, con una iluminación amarilla que parecían hechas de oro, me fije en un espacio abierto a la derecha de la Torre, busqué en los planos que llevaba de las ruinas y vi que aquel lugar correspondía donde estuvo el Ágora, la plaza pública de la antigua Atenas… y decían que desde el siglo VI a.d.C. era el centro de todas las actividades políticas, comerciales, artísticas, religiosas, deportivas…, y también allí Sócrates, Platón y Aristóteles se habían dirigido a sus discípulos. Fue entonces cuando imaginé al Padre Erviti caminando, con su hábito blanco que no desdecía de las túnicas de los sabios atenienses, y su gesto trascendente primero, para después aparecer la sonrisilla mientras subia sobre un pequeño promontorio para dirigirse a nosotros, sus alumnos de 1975, que viéndolo feliz, también nos sentimos satisfechos.
Pasó un buen rato, ¡que bien me sentí aquella noche!, pero nos teníamos que ir, le hice una señal con la mano al camarero pidiéndole la cuenta. Era joven, de unos veinticinco años, al momento nos la trajo, leí el importe en voz alta.
─ ¿Españoles? ─ dijo cuando me escuchó.
─ Si─ le contestamos con una sonrisa.
─ Bona nit.
El tio me sorprendió, por un momento pensé que se queria quedar conmigo, pero después de estudiar su cara y su expresión me dí cuenta de que no, que solo pretendía ser agradable hablándonos en nuestro idioma, y me sentí a gusto por aquel detalle.
─ Bona nit, quillo ─ le contesté sin perder la sonrisa.
Y le dejamos una buena propina.
Antonio Bustos:
ResponderSuprimirEstoy de acuerdo contigo acerca de que los padres Dominicos hicieron una labor cultural, social y educativa que no ha sido, ni será por desgracia, reconocida jamás.
Yo cada día les estoy más agradecido porque fueron unos auténticos Maestros, unos verdaderos educadores y forjadores de hombres integrales.
Ciertamente llevaron a cabo una enseñanza y una educación de alto nivel dentro de un escenario de libertad responsable, de silencio, de disciplina, de orden, de respeto y de ilusión. Además la labor docente estaba adornada de vocación y de entrega absolutas.
Es un lujo poder decir que estudiamos con los padres Dominicos, hombres rectos y sabios donde los haya.