He escogido para enviar este primer extracto de la novela, porque recoge algo similar a lo que yo escribía en aquellos años.
En el relato “Mi libro de lengua de COU “ contaba:
… había ocasiones en que tantas horas metido en el estudio el aburrimiento te llegaba, y ya fuera por salir del letargo o por imitación, un buen día yo me puse a escribir pequeños relatos, de tres o cuatro folios a lo sumo. Los hacía deprisa y del tirón, y cuando terminaba se los pasaba a algún compañero de los que estaban sentados al lado.
- Lee esto, les decía al tiempo que le daba los folios.
Y comprobaba que clavaba la vista y no la levantaba hasta que terminaba el relato.
Hice varios de aquellos que por lo demás eran todos similares, con pequeñas variaciones: Un joven va caminando y se encuentra con una chica, una mirada, un gesto, unas palabras, los dos fijan su atención el uno en el otro. Nunca pasaba nada, no podía pasar, si me lo pillaba el Dominico a cargo del estudio se me caía el pelo; pero parecía que podía ocurrir y el que leía ni se le ocurría pensar en que hubiese realizado una autocensura.
En el relato “Mi libro de lengua de COU “ contaba:
… había ocasiones en que tantas horas metido en el estudio el aburrimiento te llegaba, y ya fuera por salir del letargo o por imitación, un buen día yo me puse a escribir pequeños relatos, de tres o cuatro folios a lo sumo. Los hacía deprisa y del tirón, y cuando terminaba se los pasaba a algún compañero de los que estaban sentados al lado.
- Lee esto, les decía al tiempo que le daba los folios.
Y comprobaba que clavaba la vista y no la levantaba hasta que terminaba el relato.
Hice varios de aquellos que por lo demás eran todos similares, con pequeñas variaciones: Un joven va caminando y se encuentra con una chica, una mirada, un gesto, unas palabras, los dos fijan su atención el uno en el otro. Nunca pasaba nada, no podía pasar, si me lo pillaba el Dominico a cargo del estudio se me caía el pelo; pero parecía que podía ocurrir y el que leía ni se le ocurría pensar en que hubiese realizado una autocensura.
EXTRACTO: PRIMER ENVIO.
Miraba fijamente al techo de la pirámide de cristal concebida por el arquitecto Ming Pei, y que se alzaba sobre su cabeza más de veinte metros. Un señor ya mayor con uniforme de empleado del museo se le quedó mirando y, nada más pasar a su lado, se detuvo a su espalda y levantó también la cabeza para interesarse por lo que aquel joven estaba mirando. Lo mismo ocurrió con una señora elegantemente vestida con traje de chaqueta y falda a media pierna, ceñida, de color gris, calzaba unos zapatos de tacón fino y de al menos doce centímetros de altura, aparentaba una edad indeterminada, pero seguro que había superado la cuarentena. Era una señora de esas que cualquier chica de veinte años hubiera firmado estar como ella aunque le doblara la edad. Un tipo de mujer que solo se puede ver en París.
Una joven delgada contemplaba la escena y también levantó la cabeza. Era usual que los visitantes, una vez que habían accedido al museo del Louvre, mirasen hacia arriba observando la pirámide. Lo curioso en este caso era que estas personas lo hacían porque les interesaba lo que pudiese estar mirando aquel joven delgado, con un jersey negro y un pantalón vaquero oscuro, muy nuevo. Era él el que despertaba curiosidad en las personas que lo veían, el poder de imitación y seducción que albergan algunos. Aquel joven lo tenía, y hacía que tampoco la joven dejara de mirar la escena. Él comenzó a girar despacio sobre sí mismo mirando alrededor, iba bajando la vista paulatinamente. Actuaba imitando el movimiento circular descendente que hacía la escalera que daba acceso al museo y que se abría debajo de la pirámide. Aquel movimiento desorientó al señor mayor y a la señora que ya no sabían bien donde buscar y mirar. La chica contemplaba la escena y reía. El joven siguió girando y bajando la vista hasta la posición horizontal donde se encontró con la mirada de la bella señora que clavaba sus ojos en los de él… con una sonrisa. El joven tendría poco más de veinte años, estatura normal, ni alto ni bajo, el pelo muy moreno y la piel blanca. La mirada interesada de la señora, y después la mirada interrogante del empleado, hicieron que se sintiera algo avergonzado. Dio un paso lateral y se quitó de en medio huyendo en dirección a la joven que seguía observándolo. Las miradas de los dos se encontraron. Ella vio sus ojos negros, y el blanco, limpio y perfecto, de su alrededor. Él le sonría, por lo que ahora la que se sentía turbada y bajaba la cabeza era ella. Miraba el ticket de entrada que aún llevaba en la mano y que no le había dado tiempo a guardar, pero no lo veía, seguía viendo la cara y el gesto de él, como una imagen que se le acercaba a cámara lenta. Su mirada, el pelo muy abundante, algo corto, muy negro y alborotado, y su boca, con unos labios gruesos y un leve hinchazón, casi en el centro del labio superior, un poco hacia la derecha, posiblemente un labio leporino. Cuando ella volvió a levantar la cabeza el joven estaba a poco más de dos metros, la seguía mirando directamente a los ojos. Mantenía su sonrisa y era evidente que iba hacia ella. La joven notó como si un vendaval la empujase hacia atrás. Nunca había sentido aquello, la inseguridad le recorrió todo el cuerpo, pero aguantó.
- Hola, ¡uff!, no esperaba estar llamando la atención -dijo él en español, con un timbre de voz grave y más bien alto. Se había dado cuenta de que ella había visto todo.
- Sólo mirabas la pirámide, como hace mucha gente -le contestaba con un hilo de voz bajo, suave, y tímido, como su gesto, en perfecto español con acento… ¿italiano?
Al joven se le vino a la cabeza el rostro de la bella señora de mirada y sonrisa buscadora, pero rápidamente su mente desechó aquella opción y volvió la vista hacia el rostro de la chica, sus ojos grandes, marrones, sus pómulos bien marcados, sonrosados. Una cara perfecta, limpia, sin ninguna señal, ni siquiera un lunar, su pelo castaño, ni corto ni largo, por debajo de la nuca, con una difuminada raya al lado.
- Sí, pero cuando me he dado cuenta de que estaban pendientes de mí me he sentido cortado.
- Es que mirabas como si ocurriese algo -dijo ella con una sonrisa, mientras dibujaba un gesto gracioso en su rostro.
- Yo sólo miraba hacia el vértice de la pirámide y apreciaba la sensación que dan las aristas cuando se abren y se proyectan hacia abajo recogiéndote, envolviéndote e integrándote dentro de ella, convirtiendo a uno mismo en su eje.
Ella puso cara de extrañada.
- ¿Todo eso has sentido?
- Pues sí -dijo él, de lo más natural-, es como si te proyectase su energía.
Todo esto lo acompañaba el joven con unos movimientos de manos, a unos centímetros alrededor de su cuerpo, como si estuviese enjabonándose en la ducha.
- El poder de las pirámides -dijo la chica.
- No sé si tiene poder, pero te encuentras bien ahí debajo, sientes algo especial.
- Hay mucha gente que piensa que las pirámides tienen poderes.
- Bueno, tampoco es eso.
- Pues hay mucha gente que lo cree, piensan que contienen energía, se habla incluso de una “energía piramidal” que te puede dar muchos beneficios, y las hacen a escala de la pirámide de Keops.
- La madre de todas las pirámides.
- Bueno, algo así, hay reproducciones en miniatura e incluso dependiendo en qué necesites ayuda las hay de diversos colores.
El joven se quedó mirándola y dudó.
- Tú te estás quedando conmigo.
- ¿Perdón?
Ella hablaba perfectamente español, pero se dio cuenta de que algunos giros podría no entenderlos bien.
- Que es una broma, eso de los colores de las pirámides.
- No, en serio -ella sonreía y seguía hablando con voz suave y baja-. Por ejemplo, si tienes problemas de salud, amarilla; para la meditación y paz espiritual, violeta; para el trabajo y los negocios, celeste.
- ¿Tú no serás pitonisa?-dijo el joven sorprendido y con una sonrisa.
- ¿Qué significa pitonisa?
- Pitonisa. Algo así como que... adivina el futuro.
- Nooo-ella rió.
- ¡No he dicho bruja!
- ¡Con escoba!-comentó ella riendo-. No, lo que te acabo de decir lo sabe mucha gente, y además también hay mucha gente que cree en los poderes de las pirámides. Además de en Egipto, las pirámides están presentes en muchas civilizaciones, los Aztecas, los Mayas.
Los estudios no habían sido su fuerte y, en los pocos que había realizado, su aprovechamiento tampoco fue muy exhaustivo. Algún profesor ya le había dicho aquello de “subcultura galopante” a alguna de sus respuestas en clase. En cambio había desarrollado ojo a la hora de analizar a las personas, tanto por sus rasgos físicos como por pequeños detalles que viera en su comportamiento. La observación y la experiencia habían preparado a aquel joven para la vida.
- Déjame adivinar-comentó él-. El negro para que le pasen cosas malas a las personas que tú quieras.
- ¡Correcto!
- ¡Oh!, ¡esto es fácil! En un minuto me has convertido en experto en pirámides.
Los dos rieron. Estaban parados y la gente caminaba a su alrededor. Un grupo de turistas japoneses detrás de su guía hizo que la chica se acercase más al joven y, para no echarse encima, apoyó la palma de su mano sobre el bíceps de él que miraba al variopinto grupo, ella miró hacia arriba buscando su rostro. No tenía el labio leporino, sólo una pequeña deformación y una cicatriz. Lo miraba con una suave sonrisa, los ojos ilusionados repasaron el rostro del joven: las cejas negras, pobladas, bien definidas, una cara juvenil pero impregnada de una armonía y fuerza que le pareció felina. Era aquel gesto despierto y su rostro, que rápidamente se hacía familiar, el que debía llamar la atención, porque muchos de los turistas japoneses le saludaban al pasar y el correspondía.
- ¿Has entrado ahora?-preguntó él.
- Acabo de llegar.
Él miró el reloj, eran las 13:30 h. y acababa de salir de unas de las salas del Carrousel del Louvre donde se celebraba una feria de productos textiles de Islas Mauricio. Había estado allí viendo fabricantes, casi todos de origen hindú, durante todo el día anterior y, con lo que había trabajado aquella mañana, era suficiente para obtener los contactos e información que él necesitaba. Sabía que los precios en feria eran muy superiores a los que después podía obtener, y más con fabricantes hindúes. Las ferias eran solo un contacto inicial que después había que desarrollar y trabajar.
- Pues yo llevo metido aquí desde ayer y tengo ya la cabeza como un bombo.
Ella le miró extrañada.
- La cabeza, que me duele.
- ¡Ah!, mucha gente hoy, ¿no?-dijo ella.
- Perdona, en el Museo no sé. Yo estoy aquí por negocios, en el Carrousel -señalaba hacia la zona en la que estaba situado
- ¡Ah! Perdona, que tú estás por una convención.
- Bueno, algo así.
- Pero, eres muy joven-comentó ella.
- ¿Yo?, veintiocho años.
- Pues aparentas menos.
- Bueno, igual algún día me vendrá bien…
Y la próxima semana, un poco más…
Una joven delgada contemplaba la escena y también levantó la cabeza. Era usual que los visitantes, una vez que habían accedido al museo del Louvre, mirasen hacia arriba observando la pirámide. Lo curioso en este caso era que estas personas lo hacían porque les interesaba lo que pudiese estar mirando aquel joven delgado, con un jersey negro y un pantalón vaquero oscuro, muy nuevo. Era él el que despertaba curiosidad en las personas que lo veían, el poder de imitación y seducción que albergan algunos. Aquel joven lo tenía, y hacía que tampoco la joven dejara de mirar la escena. Él comenzó a girar despacio sobre sí mismo mirando alrededor, iba bajando la vista paulatinamente. Actuaba imitando el movimiento circular descendente que hacía la escalera que daba acceso al museo y que se abría debajo de la pirámide. Aquel movimiento desorientó al señor mayor y a la señora que ya no sabían bien donde buscar y mirar. La chica contemplaba la escena y reía. El joven siguió girando y bajando la vista hasta la posición horizontal donde se encontró con la mirada de la bella señora que clavaba sus ojos en los de él… con una sonrisa. El joven tendría poco más de veinte años, estatura normal, ni alto ni bajo, el pelo muy moreno y la piel blanca. La mirada interesada de la señora, y después la mirada interrogante del empleado, hicieron que se sintiera algo avergonzado. Dio un paso lateral y se quitó de en medio huyendo en dirección a la joven que seguía observándolo. Las miradas de los dos se encontraron. Ella vio sus ojos negros, y el blanco, limpio y perfecto, de su alrededor. Él le sonría, por lo que ahora la que se sentía turbada y bajaba la cabeza era ella. Miraba el ticket de entrada que aún llevaba en la mano y que no le había dado tiempo a guardar, pero no lo veía, seguía viendo la cara y el gesto de él, como una imagen que se le acercaba a cámara lenta. Su mirada, el pelo muy abundante, algo corto, muy negro y alborotado, y su boca, con unos labios gruesos y un leve hinchazón, casi en el centro del labio superior, un poco hacia la derecha, posiblemente un labio leporino. Cuando ella volvió a levantar la cabeza el joven estaba a poco más de dos metros, la seguía mirando directamente a los ojos. Mantenía su sonrisa y era evidente que iba hacia ella. La joven notó como si un vendaval la empujase hacia atrás. Nunca había sentido aquello, la inseguridad le recorrió todo el cuerpo, pero aguantó.
- Hola, ¡uff!, no esperaba estar llamando la atención -dijo él en español, con un timbre de voz grave y más bien alto. Se había dado cuenta de que ella había visto todo.
- Sólo mirabas la pirámide, como hace mucha gente -le contestaba con un hilo de voz bajo, suave, y tímido, como su gesto, en perfecto español con acento… ¿italiano?
Al joven se le vino a la cabeza el rostro de la bella señora de mirada y sonrisa buscadora, pero rápidamente su mente desechó aquella opción y volvió la vista hacia el rostro de la chica, sus ojos grandes, marrones, sus pómulos bien marcados, sonrosados. Una cara perfecta, limpia, sin ninguna señal, ni siquiera un lunar, su pelo castaño, ni corto ni largo, por debajo de la nuca, con una difuminada raya al lado.
- Sí, pero cuando me he dado cuenta de que estaban pendientes de mí me he sentido cortado.
- Es que mirabas como si ocurriese algo -dijo ella con una sonrisa, mientras dibujaba un gesto gracioso en su rostro.
- Yo sólo miraba hacia el vértice de la pirámide y apreciaba la sensación que dan las aristas cuando se abren y se proyectan hacia abajo recogiéndote, envolviéndote e integrándote dentro de ella, convirtiendo a uno mismo en su eje.
Ella puso cara de extrañada.
- ¿Todo eso has sentido?
- Pues sí -dijo él, de lo más natural-, es como si te proyectase su energía.
Todo esto lo acompañaba el joven con unos movimientos de manos, a unos centímetros alrededor de su cuerpo, como si estuviese enjabonándose en la ducha.
- El poder de las pirámides -dijo la chica.
- No sé si tiene poder, pero te encuentras bien ahí debajo, sientes algo especial.
- Hay mucha gente que piensa que las pirámides tienen poderes.
- Bueno, tampoco es eso.
- Pues hay mucha gente que lo cree, piensan que contienen energía, se habla incluso de una “energía piramidal” que te puede dar muchos beneficios, y las hacen a escala de la pirámide de Keops.
- La madre de todas las pirámides.
- Bueno, algo así, hay reproducciones en miniatura e incluso dependiendo en qué necesites ayuda las hay de diversos colores.
El joven se quedó mirándola y dudó.
- Tú te estás quedando conmigo.
- ¿Perdón?
Ella hablaba perfectamente español, pero se dio cuenta de que algunos giros podría no entenderlos bien.
- Que es una broma, eso de los colores de las pirámides.
- No, en serio -ella sonreía y seguía hablando con voz suave y baja-. Por ejemplo, si tienes problemas de salud, amarilla; para la meditación y paz espiritual, violeta; para el trabajo y los negocios, celeste.
- ¿Tú no serás pitonisa?-dijo el joven sorprendido y con una sonrisa.
- ¿Qué significa pitonisa?
- Pitonisa. Algo así como que... adivina el futuro.
- Nooo-ella rió.
- ¡No he dicho bruja!
- ¡Con escoba!-comentó ella riendo-. No, lo que te acabo de decir lo sabe mucha gente, y además también hay mucha gente que cree en los poderes de las pirámides. Además de en Egipto, las pirámides están presentes en muchas civilizaciones, los Aztecas, los Mayas.
Los estudios no habían sido su fuerte y, en los pocos que había realizado, su aprovechamiento tampoco fue muy exhaustivo. Algún profesor ya le había dicho aquello de “subcultura galopante” a alguna de sus respuestas en clase. En cambio había desarrollado ojo a la hora de analizar a las personas, tanto por sus rasgos físicos como por pequeños detalles que viera en su comportamiento. La observación y la experiencia habían preparado a aquel joven para la vida.
- Déjame adivinar-comentó él-. El negro para que le pasen cosas malas a las personas que tú quieras.
- ¡Correcto!
- ¡Oh!, ¡esto es fácil! En un minuto me has convertido en experto en pirámides.
Los dos rieron. Estaban parados y la gente caminaba a su alrededor. Un grupo de turistas japoneses detrás de su guía hizo que la chica se acercase más al joven y, para no echarse encima, apoyó la palma de su mano sobre el bíceps de él que miraba al variopinto grupo, ella miró hacia arriba buscando su rostro. No tenía el labio leporino, sólo una pequeña deformación y una cicatriz. Lo miraba con una suave sonrisa, los ojos ilusionados repasaron el rostro del joven: las cejas negras, pobladas, bien definidas, una cara juvenil pero impregnada de una armonía y fuerza que le pareció felina. Era aquel gesto despierto y su rostro, que rápidamente se hacía familiar, el que debía llamar la atención, porque muchos de los turistas japoneses le saludaban al pasar y el correspondía.
- ¿Has entrado ahora?-preguntó él.
- Acabo de llegar.
Él miró el reloj, eran las 13:30 h. y acababa de salir de unas de las salas del Carrousel del Louvre donde se celebraba una feria de productos textiles de Islas Mauricio. Había estado allí viendo fabricantes, casi todos de origen hindú, durante todo el día anterior y, con lo que había trabajado aquella mañana, era suficiente para obtener los contactos e información que él necesitaba. Sabía que los precios en feria eran muy superiores a los que después podía obtener, y más con fabricantes hindúes. Las ferias eran solo un contacto inicial que después había que desarrollar y trabajar.
- Pues yo llevo metido aquí desde ayer y tengo ya la cabeza como un bombo.
Ella le miró extrañada.
- La cabeza, que me duele.
- ¡Ah!, mucha gente hoy, ¿no?-dijo ella.
- Perdona, en el Museo no sé. Yo estoy aquí por negocios, en el Carrousel -señalaba hacia la zona en la que estaba situado
- ¡Ah! Perdona, que tú estás por una convención.
- Bueno, algo así.
- Pero, eres muy joven-comentó ella.
- ¿Yo?, veintiocho años.
- Pues aparentas menos.
- Bueno, igual algún día me vendrá bien…
Y la próxima semana, un poco más…
Antonio Bustos Baena.
Espero con curiosidad el siguiente extracto.
ResponderSuprimirUn abrazo desde Málaga.