Cuando llega el momento en el que queremos expresar por escrito esas cuestiones que durante bastante tiempo te han estado rondando por la cabeza, te encuentras con un folio en blanco que sin hablar te dice: aquí me tienes, ¿y ahora, qué?
En mi caso no fue difícil, pronto fluyó la idea, la situación. Sin saberlo la tenía interiorizada. En el relato “Recuerdos de Gran Capitán” os hablaba de un Hombre, concretamente escribía:
“El último curso de estar en la Uni, alguien me habló en voz baja del Padre Eustoquio, me dijo que llevaba los apellidos del lugar donde nació: Hospital del Amo. No pregunté nada, pero no pude evitar pensar que esa circunstancia podía deberse a que fuera huérfano, un hijo no reconocido, no querido, no lo sé, ya digo que fue una sensación, no quiero molestar, tal vez no sea así, lo expreso aquí porque me hizo pensar en él con más aprecio aún”.
“El último curso de estar en la Uni, alguien me habló en voz baja del Padre Eustoquio, me dijo que llevaba los apellidos del lugar donde nació: Hospital del Amo. No pregunté nada, pero no pude evitar pensar que esa circunstancia podía deberse a que fuera huérfano, un hijo no reconocido, no querido, no lo sé, ya digo que fue una sensación, no quiero molestar, tal vez no sea así, lo expreso aquí porque me hizo pensar en él con más aprecio aún”.
Sí, todo esto lo tenía grabado en mi interior, y pensé en él, en otros que han llevado el apellido Expósito, De la Cruz (aunque a veces se les ponía el apellido del lugar de nacimiento o del benefactor, del que hacía donaciones a los orfanatos para que salieran adelante. En Málaga, por ejemplo, a principios del S. XIX muchos de estos niños se apellidaron Heredia en reconocimiento a D. Manuel Agustín Heredia). Y dándole vueltas a esta idea, también apareció en mi mente la figura de la madre que un día dio a luz a ese hijo, deseado o no, sabe Dios en qué circunstancias. Seguro que se habría acordado del hijo en infinidad de ocasiones, o tal vez no tantas, quién sabe. Lo que sí estaba seguro era de que en un momento concreto de su vida lo habría recordado.
Juan Antonio, te envío el Capitulo 1, así comienza la novela, paseando por las plazas y calles de Málaga, buscando a esa mujer y ese momento.
2055
ALGUIEN ESTÁ DECIDIENDO TU FUTURO
CAPÍTULO 1
En Málaga se encuentra la Plaza de la Merced, donde nació Pablo Picasso. En un lateral se abre recta, hacia arriba, la calle de la Victoria hasta llegar al pequeño Jardín de los Monos, y desde allí ya se ven, al fondo, las escalinatas que suben hasta el Santuario de la Virgen de la Victoria creado para conmemorar la reconquista y entrada de los Reyes Católicos en la ciudad en 1487. Adosado en el lado izquierdo estaba el antiguo Hospital Militar. Sacado a concurso en mayo de 1991 fue comprado por D. José Manuel Pascual, siendo a partir de ese momento de propiedad privada y pasó a llamarse “Hospital Pascual“. La entrada al centro sanitario tiene una estructura exterior igual a la del Santuario; las puertas están cercanas, bajo la misma galería de soportales, por lo que mucha gente no sabe que está allí.
- ¿Has avisado a Conchi?
- Sí.
- ¿Viene ya para acá?
- Sí, no te preocupes.
Eran las dos de la madrugada y tenía entrelazadas las manos sobre el pecho. Estaba encendida la luz suave que se utiliza por la noche para atender a la enferma y no molestar a la otra paciente que había en la habitación. Miraba fijamente el techo mientras la hija observaba a su madre. Podía ver sus ojos perfectamente negros, aún era muy guapa. Decían que era el prototipo de belleza de la mujer andaluza y muchos volvían la cabeza por donde ella pasaba. Su hija lo sabía porque vio en muchas ocasiones como, no sólo los hombres, también las mujeres, miraban a su madre cuando iba por la calle con ella y su hermana cogidas de la mano. Y lo sabía porque ella también se volvía a su vez, le llamaba la atención cómo las miraban.
- ¿A qué hora llegará?
- Para las diez estará aquí.
- ¡Ah! Bueno, le da tiempo.
La hija sonrió.
- Le da tiempo ¿a qué, mamá?
- Pues a qué va a ser, a mi entierro -dijo la madre, levantando la voz y con expresión de como si fuera evidente el motivo.
- Pero ¿qué pasa?, ¿te has muerto?
- Sí - dijo, mientras afirmaba con la cabeza.
- Y ¿cómo estás?
- Yo estoy bien…, bien -repitió, abriendo las manos y volviéndolas a entrelazar.
El cáncer y la medicación estaban haciendo su efecto. Desde el tiroides se le había extendido hacia todo el cuerpo, incluso al cerebro. Los trastornos eran cada día más frecuentes y ya nada cabía esperar salvo que no sufriera.
- Y el niño, ¿dónde lo habéis dejado?
- Mamá, yo no tengo ningún niño y Conchi tampoco.
- No, tu hijo no. Mi niño, mi niño -se daba palmadas sobre el pecho-. ¿Con quién está?
- Así que estás muerta, ¿no?
- Sí.
- Entonces, ¿qué haces aquí hablando conmigo?
Bajó la mirada del techo y la fijó justo en el ángulo que hacía éste con la pared, buscaba una respuesta.
- ¡Anda, es verdad!-dijo llevándose una mano a la cabeza y pasándosela por el pelo.
- Mamá…, estabas soñando.
Explosiones de cohetes. Aún no habían dado las doce de la mañana, y las carretas salían en procesión hacia la aldea del Rocío después de recibir la bendición. Aquel día casi veraniego del mes de mayo, la urna de cristal enfriaba el cuerpo desnudo bajo la sábana blanca. Las hijas y demás familiares pasaban los primeros momentos después del fallecimiento recogidos en su dolor. Las puertas del pequeño tanatorio dan a la alta explanada donde está la entrada al Santuario. La multitud se agolpaba a escasos metros, de espaldas al cadáver, aplaudiendo alegre la salida de las Hermandades que iniciaban un largo camino no exento de alegrías, penas, devociones, exhibiciones, exaltaciones, manifestaciones religiosas; con los rocieros vestidos de gris, la espalda recta, el pantalón ajustado y la chaquetilla corta; montados a caballo, al paso, golpeando en su pecho la medalla de la Virgen y, en algunos, también, el catavinos. Sonaba la flauta y el tambor por las calles Fernando el Católico y Cristo de la Epidemia.
- ¿Has avisado a Conchi?
- Sí.
- ¿Viene ya para acá?
- Sí, no te preocupes.
Eran las dos de la madrugada y tenía entrelazadas las manos sobre el pecho. Estaba encendida la luz suave que se utiliza por la noche para atender a la enferma y no molestar a la otra paciente que había en la habitación. Miraba fijamente el techo mientras la hija observaba a su madre. Podía ver sus ojos perfectamente negros, aún era muy guapa. Decían que era el prototipo de belleza de la mujer andaluza y muchos volvían la cabeza por donde ella pasaba. Su hija lo sabía porque vio en muchas ocasiones como, no sólo los hombres, también las mujeres, miraban a su madre cuando iba por la calle con ella y su hermana cogidas de la mano. Y lo sabía porque ella también se volvía a su vez, le llamaba la atención cómo las miraban.
- ¿A qué hora llegará?
- Para las diez estará aquí.
- ¡Ah! Bueno, le da tiempo.
La hija sonrió.
- Le da tiempo ¿a qué, mamá?
- Pues a qué va a ser, a mi entierro -dijo la madre, levantando la voz y con expresión de como si fuera evidente el motivo.
- Pero ¿qué pasa?, ¿te has muerto?
- Sí - dijo, mientras afirmaba con la cabeza.
- Y ¿cómo estás?
- Yo estoy bien…, bien -repitió, abriendo las manos y volviéndolas a entrelazar.
El cáncer y la medicación estaban haciendo su efecto. Desde el tiroides se le había extendido hacia todo el cuerpo, incluso al cerebro. Los trastornos eran cada día más frecuentes y ya nada cabía esperar salvo que no sufriera.
- Y el niño, ¿dónde lo habéis dejado?
- Mamá, yo no tengo ningún niño y Conchi tampoco.
- No, tu hijo no. Mi niño, mi niño -se daba palmadas sobre el pecho-. ¿Con quién está?
- Así que estás muerta, ¿no?
- Sí.
- Entonces, ¿qué haces aquí hablando conmigo?
Bajó la mirada del techo y la fijó justo en el ángulo que hacía éste con la pared, buscaba una respuesta.
- ¡Anda, es verdad!-dijo llevándose una mano a la cabeza y pasándosela por el pelo.
- Mamá…, estabas soñando.
Explosiones de cohetes. Aún no habían dado las doce de la mañana, y las carretas salían en procesión hacia la aldea del Rocío después de recibir la bendición. Aquel día casi veraniego del mes de mayo, la urna de cristal enfriaba el cuerpo desnudo bajo la sábana blanca. Las hijas y demás familiares pasaban los primeros momentos después del fallecimiento recogidos en su dolor. Las puertas del pequeño tanatorio dan a la alta explanada donde está la entrada al Santuario. La multitud se agolpaba a escasos metros, de espaldas al cadáver, aplaudiendo alegre la salida de las Hermandades que iniciaban un largo camino no exento de alegrías, penas, devociones, exhibiciones, exaltaciones, manifestaciones religiosas; con los rocieros vestidos de gris, la espalda recta, el pantalón ajustado y la chaquetilla corta; montados a caballo, al paso, golpeando en su pecho la medalla de la Virgen y, en algunos, también, el catavinos. Sonaba la flauta y el tambor por las calles Fernando el Católico y Cristo de la Epidemia.
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