viernes 27 de marzo de 2009

2055 ALGUIEN ESTÁ DECIDIENDO TU FUTURO (III)

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Cuando llega el momento de escribir el capítulo 2, la realidad se impone. Los antiguos Laborales vamos teniendo ya nuestra edad…, algún achaque aparece. Esta novela se desarrolla en un periodo largo de tiempo, años; y salvo en un par de ocasiones, en una estación concreta: otoño.


2055

ALGUIEN ESTÁ DECIDIENDO TU FUTURO


CAPITULO 2

«Los franceses saben vender mejor y más caro que nadie el producto, pero Notre-Dame no es para tanto, hay no una, sino varias catedrales en España e Italia que la superan, y con creces», al menos, eso pensaba Alex cuando salía por sus puertas después de visitarla con Isabelle.

Hacía frío en París aquella mañana de octubre, y allí, en medio del Sena, encima del punto cero -desde el que se miden todas las distancias en Francia-, con la humedad y algo de viento, el día se hacía desagradable.

Había un mercadillo delante de la puerta principal, a unos metros, con los clásicos pañuelos de señora, cinturones de caballero, guantes, gorros, camisetas, sudaderas y demás abalorios de cualquier mercadillo de cualquier ciudad europea. La mayoría de los vendedores eran africanos. Se acercaron a uno de los tenderetes. Alex miró unas bufandas mientras Isabelle cogía un gorro. No había muchos clientes. Él se volvió y miró de nuevo la fachada de la Catedral. Subió la vista y se paró en el rosetón central, «así que esto es lo que tú ves todos los días» pensó hablando con el rosetón, «con lo interesante que te pintan en las películas». Seguía aquella mañana con el espíritu crítico.

- ¿Qué tal me queda?

Al girarse vio a Isabelle con un gorro negro puesto y mirándolo con una sonrisa, los brazos algo abiertos con las palmas de las manos hacia él y el pie derecho adelantado, apoyado sobre el tacón. Esperaba una respuesta.

- Pues te queda bien. A ti siempre te queda todo muy bien -le contestó mientras esbozaba una sonrisa. Y era verdad.

- Eso son los ojos con los que tú me miras.

Isabelle estaba alegre y, con eso, Alex era feliz.

- Vamos a Galerías Lafayette, a ver si te puedo hacer un buen regalo -le dijo él.

Tomaron por la Rue d´Arcole. Cruzaban el puente sobre el Sena. Debajo quedaba la Voie Georges Pompidou, llamada así en honor al Presidente de la República que murió antes de terminar su mandato cerca de donde se encontraban en ese momento, en un estudio situado en la isla que les quedaba a la derecha, la Ile Saint-Louis. Aquel hombre de pelo blanco y gesto afable consiguió ganar las elecciones al mítico General de Gaulle, y supuso el final de la carrera política de éste. Pompidou, amante de la poesía y del arte moderno -escribió incluso “Anthologie de la Poésie Française”-, no llegó a ver inaugurado el famoso museo que hoy lleva su nombre, pero en el poco tiempo que estuvo al frente de Francia le dio un giro y un fuerte empuje a la economía mejorando notablemente las infraestructuras. Aquel vial sobre el que pasaban subía a lo largo del borde del río y desahogaba el tráfico de París.

Andar. A Isabelle le gustaba andar por la ciudad y ver a la gente en su vida diaria. Bien abrigada, totalmente vestida de negro, su color favorito, con la mochila colgada y un plano en la mano. Caminar, observar, escuchar hablar… Una leve sonrisa mientras recorrían cualquier ciudad denotaba que era feliz así. Habían llegado por la Rue Montmartre al Passage des Panoramas. Al girar, Alex sintió un desvaído, tuvo que forzar su cuerpo para poder realizar el giro, si no hubiera seguido recto.

- Isabelle, estoy como mareado, pero no es exactamente un mareo.

- ¿Lo mismo que me dijiste que te pasó el otro día, cuando te bajaste del coche?

- Sí, algo así.

- Eso son las cervicales, a mi hermana le pasa lo mismo cada dos por tres.

Continuaron andando tranquilos, solos, Alex observando cómo le bailaban los cercanos extremos de la calle conforme caminaban. Miró al suelo, «¡vaya borrachera que llevo!».

Alex acababa de cumplir, y de sufrir, la crisis de los cincuenta. Medio siglo de vida. Lo había llevado muy bien hasta los cuarenta y ocho años. Nunca se había planteado la cuestión de la edad, y en ese punto, eran más bien los conocidos y las amistades los que se lo recordaban con insistencia y, efectivamente, a base de fijarse cuando se miraba en el espejo se dio cuenta de que había iniciado un deterioro importante en poco tiempo. A él, que siempre le habían echado menos edad de la que tenía, le estaba ocurriendo lo que a todos, que en un momento determinado los años te dicen que aquí están. Pero a Alex lo que más le molestaba era cuando iba en el coche y entraba en una población. El disco redondo con borde rojo y fondo blanco con el número en medio “50” de limitación de velocidad. A ambos lados de la carretera, “50” y, un poco más adelante, otra vez “50”. Le recordaban constantemente que iba a cumplir cincuenta años. Aquello lo ponía de mala idea, reparaba en la gran cantidad de “50” que había, los veía por todos lados. Los dos meses antes de cumplirlos cogió enfados monumentales, se acordaba de los antepasados de las autoridades de tráfico y de los progenitores de los alcaldes de las ciudades por las que circulaba. Cuando cumplió los cincuenta se le pasó.

Levantó la cabeza a ver si iba mejor. Observó que venía hacía ellos un hombre de color, medía más de 1,90 metros y pesaría unos 120 o 130 kilos, y éste sí que venía borracho o ¡sepa Dios qué! Los tambaleones que daba eran tremendos. Paralela al negro, a unos dos metros y pegada a la pared, una mujer también se aproximaba. Alex, pendiente del hombre, apenas había reparado en ella, pantalón beig, suéter rojo, pelo recogido y grandes gafas de sol. La señora parecía que no quería mirar, que no veía al negro o que no lo quería ver. Alex buscó la cara y la expresión del elemento esperando ver cómo iba a resultar aquel cruce. El negro no advirtió su presencia, o le daba igual, dos pasos laterales a su izquierda y, sin decir nada, se echó sobre la mujer, la retuvo contra la pared aprisionándola con su antebrazo izquierdo mientras, con la mano derecha, le cogía tranquilamente el bolso que llevaba sobre el hombro. El negro no decía nada y la mujer tampoco, o no podía, porque en su cara se podía ver el pánico, el dolor y la asfixia que le producía la opresión del brazo de aquel energúmeno, un poco más abajo del cuello.

«Alex, te ha tocado». Se dirigió directamente hacia donde el hombre tenía apresada a la mujer. Entre la sensación de mareo que ya traía y la descarga de adrenalina que le había subido, andaba ligero, y se sentía como si estuviese a bordo de un velero en medio de las olas. Isabelle se había quedado parada con una mano en la boca y Alex ya estaba por delante, a tres pasos de ella, y con el rumbo puesto.

- ¡Alex!-exclamó bajito.

-¿Qué voy a hacer?-casi susurraba-, no puedo hacer otra cosa. Pase lo que pase ni te acerques. ¿Me has oído?, ni te acerques, y si tienes dudas, sales corriendo. No te acerques ni le digas nada. Si crees que tienes que marcharte, lo haces. Ya apareceré por el hotel.

Durante un segundo mantuvo una mano atrás, para que a Isabelle ni se le ocurriera dar un paso adelante.

Alex medía 1,75 metros, pesaba unos 80 kilos y estaba claro que aquel hombre era más joven y más fuerte que él. Conforme se iba acercando Isabelle lo veía cada vez más bajito y más delgado mientras que al negro cada vez lo veía más grande, seguro que incluso superaba el 1,90. Tendría unos treinta y tantos, y aunque siempre le costaba echarle la edad a esa gente, seguro que no llegaba a los 40. Era una mole. Isabelle tenía miedo. ¡Dios, aquel viaje que habían dejado pendiente tantos años podía terminar en tragedia!

Sin embargo, a Alex nada de eso se le pasaba por la cabeza. Pese al vaivén, iba muy concentrado y atento, se encontraba ya a unos cinco metros.

«¿Izquierda o derecha?, con la derecha tengo más precisión, pero con la izquierda tengo más pegada».

El hombre de color había notado su llegada pero seguía sujetando a su presa, aún bloqueaba a la mujer contra la pared cuando se giró hacia él. Alex no dijo ni buenos días.

- «¡Derecha!».

- ¡Auugfff!

Sonó como cuando se abre un colchón hinchable bien lleno de aire. La patada le había alcanzado de lleno en los testículos. Al negro se le aflojaron las piernas, una rodilla hacia dentro, y cayó sobre sí como una masa de carne inerte. Dudó de rematarlo ahora con la izquierda pero el tipo estaba bastante mal, incluso parecía que hubiese perdido el conocimiento. La mujer corrió hacia Isabelle mientras Alex se inclinaba para recoger el bolso que había quedado en medio de la calle. En cinco segundos estaban los tres juntos.

- Come on -dijo Alex.

Rápidamente alcanzaron la Rue Vivienne y buscaron la amplitud de la avenida que tenían enfrente. La atravesaron, y ya más tranquilos, Alex señaló una cafetería que se encontraba a la derecha.

- Do you need water or another thing? -Alex, cuando se encontraba en el extranjero, siempre hablaba en inglés, independientemente del país o de quién fuese su interlocutor.

- Not, thank you very much.

Continuaron hablando en inglés.

- ¿Se encuentra bien?-preguntó Isabelle a la señora.

- Sí, gracias, gracias.

- Madame, en París, o en cualquier otra parte del mundo donde se encuentre, procure no andar por calles solitarias cuando vaya sin compañía -le comentaba Alex con la respiración aún agitada.

- Gracias.

- Tenga cuidado.

Isabelle la seguía mirando preguntándose si estaría realmente bien.

- Thank you, thank you sir -y la vieron marcharse, más blanca que la pared -como dirían en España-, con el susto del año, nerviosa, y sin intentar recuperar la calma y el resuello.

- Bueno, decíamos que a Galerías Lafayette, ¿no?

- Alex, ¡qué miedo he pasado! Cuando te vi junto a ese hombre… ¡es que era el doble que tú!

- El doble o el triple, todos tenemos el mismo punto flaco, a no ser que hubiese sido un travestí, y de eso no tenía pinta.

Isabelle no sonrió. Alex solía bromear cuando ocurrían situaciones desagradables, era un forma de aliviar la tensión e incluso de cambiar de tema.

Galerías Lafayette no estaba de rebajas. Alex conocía muchos de los artículos que estaban ojeando. Los materiales, los acabados, los forros y los complementos. Sabía sus costes, y aunque se podían permitir comprar cualquier prenda, le dolía pagar los márgenes tan enormes, con frecuencia superiores al 1.000%.

- Esto es ganar dinero y lo demás es tontería.

Alex no se encontraba bien, seguía medio mareado, y la sensación se le acentuaba más cuando pasaba la vista de un artículo a otro.

- ¿Has visto algo que te guste?

- Pues la verdad es que no, parece todo algo anticuado -Isabelle ponía cara como de extrañada-. En Italia o España, en cualquier comercio encuentras cosas más actuales. ¿Tú no ves?, lo de siempre, y además el colorido tan triste..., es todo muy apagado.

- Entonces vámonos para fuera, que entre unas cosas y otras me estoy poniendo malo.

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