viernes 17 de abril de 2009

2055 ALGUIEN ESTÁ DECIDIENDO TU FUTURO (y V)

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En el relato “Mi libro de lengua de COU” escribía:
“Recuerdo que aquellos días, con dieciocho años, había otras cuestiones que yo quería comprender. Por ejemplo, varias veces, cuando estaba atardeciendo, vi salir al Padre Gago del recinto del internado y caminar con sus pasos largos hasta una pequeña loma que había cerca, al otro lado del canal. Escuché decir que allí arriba había una piedra sobre la que él se sentaba y se orientaba hacia León, tierra en la que había nacido. Si, quería comprender aquello, no quedarme en el simple pensamiento de que era fruto de la nostalgia, que también podía ser…, pero…, a posteriori, ante las dificultades de la vida, he llegado a pensar que el Padre Gago, a pesar de sus conocimientos, posiblemente también necesitaba de vez en cuando encontrar referencias para… ¿poder seguir viviendo?”.
También sabéis de la pasión del Padre Gago por Don Antonio Machado. Los alumnos de COU del curso 74/75 memorizamos la poesía Parábola I, que comenzaba así:

Era un niño que soñaba
un caballo de cartón.
Abrió los ojos el niño
y el caballito no vio.
Con un caballito blanco
el niño volvió a soñar;
y por la crin lo cogía...
¡Ahora no te escaparás!
Apenas lo hubo cogido,
el niño se despertó.

El sueño en la poesía de su idolatrado Machado, aquella piedra sobre la que se sentaba el Padre Gago… aparece en mi novela. Cuando la estaba escribiendo en el año 2007 sin saber aún que había sido de él, era mi pequeño homenaje, que evidentemente, para cualquier lector pasa desapercibido, pero a mí me llenaba de satisfacción el poder hacerlo.
Sí, esta novela tiene gran cantidad de claves internas, a lo largo de estas semanas os he comentado algunas de ellas. Hay muchas más que vosotros, los antiguos alumnos de Universidades Laborales podéis encontrar y comprender mejor que nadie, porque los que estuvimos allí en los años 50, 60, 70 u 80, tuvimos unas vivencias muy similares, y también esa sensación de lo que puede ser y no es… por el egoísmo y la avaricia de unos pocos.


2055
ALGUIEN ESTÁ DECIDIENDO TU FUTURO

CAPÍTULO 5n

A medio camino de subida a Trasierra, entre las Ermitas y Medina Azahara, esperaba el amanecer. La calavera le vino por detrás.

“Como te ves yo me vi,
como me ves te verás”

Se volvió para verla, cara a calavera, pero ella continuaba buscándole la espalda. Le volvía a repetir.

“Como te ves yo me vi,
como me ves te verás”.

Con la llegada de la primera luz del día se abrían las flores de los almendros y, al este, la gran bola del sol enmarcaba la silueta de la iglesia y la alta cruz de la antigua Universidad Laboral. Amanecía en Córdoba y una línea de niebla marcaba el curso del río Guadalquivir hacia el sur.

Entró en el patio, antesala de la iglesia de San Antonio Abad. Las paredes encaladas, blancas; en los laterales, pequeñas hornacinas con los bordes pintados en ocre, y dentro de ellas, figuras de santos. Muchos fieles, mayores y jóvenes, hombres y mujeres rezaban con gran recogimiento y fervor delante de la imagen más pequeña, la de San Judas, también es la que tiene más ramos de flores y velas encendidas. Deseaba con todas sus fuerzas que aquellos sentimientos de fe le inundaran para acogerlos en su seno, y poder seguir su vida impregnado en ellos. Lo deseaba y lo necesitada. Pero nada.

Salió y anduvo por las callejas. Podía tocar con ambas manos a la vez las dos paredes de las estrechas calles solitarias. Se cruzó con una madre que llevaba cogida de la mano a su hija. Se las veía felices. Siguió caminando y le llegaron rumores de cante. Un albañil hacía remates mientras entonaba por soleares canciones que hablaban de su suegra que se comía al lobo. Rió, aquel albañil tenía arte. Más adelante se cruzó con un hombre moreno, más bien bajo, pantalón y camisa ajustada, de pelo largo muy rizado y repeinado hacia atrás, engominado. Hablaba por teléfono.

- ¡Qué íse illo, te quié í ya!, ese niño é un cabrón… cusha, que te digo yo que ese niño é un cabrón…sí, sí, pero ese niño é un cabrón.

Notó la brisa, tomó por la callejuela que lo llevaba hacia ella, y lo vio, el Puente de Triana lleno de caballistas con mujeres vestidas de gitana sentadas a la grupa. El gentío, de acá para allá, atravesaba el puente y la línea de densa niebla que emergía del río cortaba la visión por la mitad. Parecía que toda Sevilla estuviera allí. Debía ser Abril. Y la vio a ella, a Isabelle, en dirección al telón de niebla vestida de gitana, con un vestido de volantes estampado en blanco y rojo, con su sonrisa y su gesto tímido, a la grupa de un caballo tordo sujetándose a la cintura, y pegando su cabeza a la espalda de un hombre enorme, vestido de gris, con pelo muy negro, pintado, y sin sombrero cañero. Sintió el agobio en su pecho y la necesidad de correr hacia ella. Esquivaba como podía a la gente y a los caballos, la angustia se acrecentaba por momentos, tenía que intentar llegar hasta ella antes de que entrasen en la niebla. Un caballo le pisó el filo del zapato y lo perdió, después se le salió el otro. Los calcetines le desaparecían y corría descalzo. Isabelle penetraba en la niebla y él apenas iniciaba su andar por el Puente de Triana. Le llevaba ventaja. ¡No podía perderla! Consiguió penetrar, también él, en la niebla. Una intensa humedad se apoderaba de su cuerpo. Allí se diluía casi todo, solo quedaban unos pocos caballistas que tomaban hacia izquierda y derecha, al frente un tramo de suelo terrizo, tan ancho y largo como el mismo cauce del río. Le pareció ver al fondo gente que se perdía. La angustia le impedía pensar con claridad. Tomó la decisión de ir al frente pero, cuando iba a comenzar a andar, una gran cantidad de serpientes, miles, cientos de miles, llenaban el espacio. Un río de reptiles de todas las especies, pequeñas y grandes, nerviosas, en continuo movimiento. No le importó. Corrió sobre aquel mar. Resbalaba al pisarlas. El contacto de sus pies desnudos con la piel fría y húmeda de las serpientes le hacía sentir asco y repugnancia. Se le erizaba el vello. Al otro lado no había nada, solo una pequeña roca en el suelo, un asiento. Isabelle se había diluido. Se sentó sobre la piedra y metió la cabeza entre sus manos. Atrás, el ruido de las serpientes moviéndose sin parar cambiaba de tono. Habían comenzado a engullirse las unas a las otras. A Alex aquello ya no le importaba, le daba exactamente igual.

En su interior, unas lágrimas le recorrían la garganta. Estaba llorando por dentro, hasta que notó, al fin, otra lágrima que hacía el pequeño recorrido sobre el puente de su nariz, apenas un centímetro, hasta caer sobre la almohada.
Despertó.

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