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CAPÍTULO 3
“ER CAI”
CAPÍTULO 3
“ER CAI”
Mi amigo Porcel, que no es mi amigo, y yo, no volvimos a coincidir. Yo no me acerqué a él, ni él se acercó a mí, posiblemente porque me viera algo suficiente ante la vida que llevábamos allí; y él, en su calidad de jefe natural, siempre estaba centrado en ayudar a los que consideraba que lo necesitaban más.
Recuerdo que al año siguiente, en San Alberto, tuvieron que dar nuevas becas porque con el apriete que pegaron allí como consecuencia de la huelga del 72, es que se quedaban sin alumnos (para que quede constancia diré que de los que comenzamos en Juan de Mena en el año 1970 llegamos a COU exactamente 30, lo sé porque fui aula por aula contando. A estos habría que añadir los pocos, 10 o 15, que tiraron por la recién creada FP). Aquellos nuevos compañeros se tuvieron que adaptar rápido a una vida a la que nosotros ya estábamos habituados, y no solo eso, la preparación que traían era muy dispar. Hubo asignaturas en las que lo pasaron muy mal, por ejemplo Matemáticas. Uno de aquellos nuevos becarios, Er Cai –era de Jimena de la Frontera, Cádiz-, se llevó un sonoro cero en el primer examen. Para él aquello era misión imposible, así que Porcel, después de los dos estudios de por la tarde y de la cena, se ponía junto a él y comenzó a explicarle desde el principio, pero no desde donde comenzaba aquel curso esta materia, ¡qué va!; comenzó desde el principio del principio, y es que no tenía la más mínima base, y así, poco a poco, noche a noche, tirando del hilo lógico que tiene esta materia, fue consiguiendo que aquel compañero fuera subiendo lentamente la nota –recuerdo que en el segundo examen sacó un 3 y, es que. aunque no estaba en mi clase, aquel curso todos estábamos pendientes a ver en que terminaba todo aquello- hasta que llegó a aprobar por la mínima. Pero ahí no se detuvo, llegó a ser, después de Porcel, el que mejor nota sacó en Matemáticas.
Sí, vi a Porcel durante todo aquel curso acompañando, enseñando. Recuerdo infinidad de veces pasar a su lado y escuchar su voz que trasmitía pasión, ilusión, le gustaba lo que hacía, siempre con un gesto de alegría en su cara. Estaba claro que no le costaba ningún trabajo, y estoy seguro de que le producía satisfacción.
En COU –Luis de Góngora- seguí viendo a Porcel apoyando a otros compañeros, a veces en grupos reunidos en torno a él escuchando sus explicaciones. Aquel año yo tomé como optativas Matemáticas, Historia y Filosofía, estas dos últimas las elegí para poder escuchar al Padre Erviti, lo que eran las materias no me interesaban, el profesor sí, y la mayoría de los compañeros que tuve en aquella clase de COU-4, curso 1974/75, procedían de San Rafael, se le daban mejor las asignaturas de letras, flaqueaban sobre todo en Matemáticas, y como a mí en la Filosofía me pasaba exactamente igual, pues se me ocurrió crear unas clases de recuperación a las que tendrían que ir los que hubieran suspendido algún trimestre o se viera que habían aprobado por los pelos. Pero mi idea requería de la autorización del Director del Colegio, el Padre Ismael, que por lo que fuera a mí no me caía bien.― Padre, quiero crear unas comisiones de estudio ―fue el nombre que le di.
― ¿Qué?
― Si, tengo compañeros a los que les va a costar mucho trabajo aprobar algunas asignaturas.
― Pues que estudien más.
― Padre, no es cuestión de estudio, es cuestión de comprender. Los que vienen de San Rafael tienen problema con las Matemáticas y yo que vengo de San Alberto, con la Filosofía.
― ¿Y qué es lo que propones?
― Que nos podamos ir al aula por la tarde los que lo necesitemos para repasar.
― ¿En la hora de estudio?
― Sí.
― No.
― Padre, hay que hablar, en el estudio no podemos.
― No.
El Padre Ismael lo tenía claro, todos en el estudio y controlados desde el hall. No quería que hubiera alumnos sin controlar.
― Padre, yo le hago todos los días una lista de los que estemos en clase repasando, serían los lunes y los jueves.
El Padre Ismael no era muy expresivo, yo esperaba su respuesta mientras miraba su nariz arqueada y afilada.
― Lo pensaré.

Me marché, pero a los dos días ya estaba yo de nuevo demandando respuesta, y tras varias advertencias, me dio permiso.
Las clases las daría el que mejor estuviera preparado de cada materia, pero para dar la clase de Matemáticas mi decisión estaba tomada desde el principio. Lo busqué y lo encontré, y me dijo que sí, aunque no se trataba de un compañero de aula. Sí, se lo pedí a Porcel.
Estuve en la primera clase para verlo, allí arriba sobre la tarima rápidamente tomó la tiza y limpió el encerado, abajo, una quincena de compañeros medio obligados y seducidos por mí y mis ocurrencias. Disfruté de aquella clase, Porcel era decidido en sus explicaciones, hablaba alto, inmediatamente se dirigía a uno y a otro para preguntarle, para ver su nivel de conocimiento y si lo comprendían, para después embaucarlo y llevarlo a aprender esa asignatura maldita para algunos.
Si, era un buen tipo, ¡qué digo!, lo es, y tampoco lo quiero dejar en una expresión. Pongan ustedes todos los adjetivos calificativos que quieran según se exprese en vuestra tierra a esa clase de personas de las que hay muy pocas. ¿Qué me estoy pasando?, yo os digo que no. Ya he repetido varias veces que mi amigo Porcel no es mi amigo…, no nos felicitamos en Navidad, ni por nuestro santo, no nos vemos con nuestras respectivas los fines de semana, solo nos hemos cruzado muy de vez en cuando, con muchos años de por medio a pesar de vivir cerca. Sí, pero a pesar de eso ustedes siguen pensando que me paso. Pues no, yo no pongo a nadie por la nubes porque por allí solo están los ángeles y yo en esos seres ¿alados? no creo, por tanto caerían rápidos a tierra.
Señores, yo creo en lo que veo, y si lo veo y lo oigo, ¿qué queréis que haga, qué me lo calle?, pues lo que cuento a continuación lo llevo callado treinta y cuatro años de calendario:
Pasaba yo por el estudio solitario, solo unos cuantos alrededor de Porcel que estaría explicando… pues eso, Matemáticas o Física. En aquel momento hacía un inciso y decía a los que le escuchaban, “yo lo que os agradecería es que si veis algo en mi que no os gusta, me lo digáis, porque quiero mejorar, yo lo que quiero es ser mejor persona”.
Atrás quedaron los compañeros en torno a Porcel. Yo repasé las palabras que acababa de escuchar. Sentí vergüenza. Me ponía en lugar de él diciendo aquello y sentía vergüenza. Yo no tenía la valentía ni era capaz de decir esas palabras. Imaginaos, teníamos dieciocho años, éramos tíos de los de entonces, a mi me sonó a blandengue; vamos, una mariconada. Me extrañó que a él no le pasara igual, yo conozco la cera de aquella promoción, si un accidente te tira pero no te mata y tienes que volver a aprender andar, lo haces; te vuelves a levantar y sacas a tu familia adelante -¡bravo Pepe Almansa!-. Recapacité, y después de darle varias vueltas llegué a verlo desde otro punto de vista. Esas palabras estaban muy meditadas, y sobre todo le salían de dentro. Realmente tenía una necesidad personal de mejorar para llegar a decir aquello que rápidamente podía ser tomado por el lado equivocado.
Creo que esto es un fiel reflejo del crecimiento personal que se dio en la mayoría de los que tuvimos la suerte de formar parte de todo aquello. Algo irrepetible, y cuando lo vemos desde la situación actual nos preguntamos, ¿tan difícil es llevar a los alumnos de hoy una educación en condiciones?, con los cambios y evoluciones lógicas, pero que se formen; además, hay más medios.
Ya sé lo que me vais a contestar, que lo importante no son los medios, y que esto no hay quien lo arregle. Bueno…
Nota del autor: Cuando volví al Colegio Luis de Góngora después de finalizar COU para “prepararme” los exámenes de Selectividad –primer año que la impusieron-, me encontré en el pasillo al Padre Ismael que dirigiéndose a mi sonriente me felicitó: “ Enhorabuena Antonio, tus comisiones de estudio han dado resultado, habéis aprobados todos los de COU-4 todas las asignaturas en Junio. Es la primera vez que ocurre esto en la Universidad Laboral”.
No sé si esa puntualización que me hizo y que en mi recuerdo resumo como “Todos Todas”, es cierta, lo expreso porque esas fueron sus palabras. Lo que sí os digo es que yo en aquel momento lo asumí como que la cuestión fue fácil, muy fácil. Ha sido después, ante las dificultades de la vida y visto lo visto, cuando en mi interior poco a poco ha ido tomando cuerpo y grandeza: “Todos Todas”, así, con mayúsculas las dos, me encanta, y ahora… permitidme que sea yo el que sienta satisfacción de todo lo que vivimos aquel año.
Manuel Porcel (15-06-2009)
ResponderSuprimirGracias de nuevo Antonio. Al andar se van marcando senderos, haciendo caminos como diría Gago en nombre de su amigo Machado, se van dejando marcas, unas buenas y otras malas. Ninguna se olvida, pero prevalecen las buenas.
De nuevo me haces trasladarme al pasado. Lo que no recuerdo muy bien eran las clases en las aulas, pero sí recuerdo tu proyecto, y que funcionó, pero no recordaba que yo había intervenido.
En cuanto a la frase que mencionas, (“yo lo que os agradecería es que si veis algo en mi que no os gusta, me lo digáis, porque quiero mejorar, yo lo que quiero es ser mejor persona”), sí es verdad, totalmente verdad, lo que me extraña es que te acuerdes, ¡es tan poco importante para otras personas, y lo importante que era para mi!.
Pertenece a la época de las inquietudes, a la del afán por ser cada día mejor. Sentía en mi interior como una especie de insatisfacción, tal vez por la serie de detractores que también tenía, hay que reconocerlo.
Por eso intuí y decidí que la mejor manera de observar mis defectos era el mediante el efecto espejo, verme desde fuera, y la única forma de hacerlo era pedir la colaboración de algunos de vosotros, de forma muy selectiva. Era algo muy intimo. Aprendí. Hoy seré lo que sea, pero mi vida y mi carácter se forjaron en esa época.
No se lo que aún tendrás guardado, para mi con lo que has escrito me basta. He retrocedido 35 años con verdadero cariño.
Gracias por todo.