DESTINO: CÓRDOBA.
Viernes, 31 de Octubre de 2008.
Viernes, 31 de Octubre de 2008.
No, el tiempo no va acompañar en este viaje.
Con mi esposa salgo de Málaga sobre las 9:30 de la mañana, después de desayunar.
La lluvia no cesa, solo aumenta de intensidad por tramos. Con frecuencia hay que poner la ventilación para desempañar los cristales y eso no le viene bien a mi resfriado. Si no fuera por el motivo de este viaje, el segundo encuentro de antiguos alumnos de la Universidad Laboral de Córdoba al que sé que va a asistir el Padre Gago, y porque también he quedado en verme con el Sr. Velasco, era para darse la vuelta y quedarse en casa.
No es bueno proyectar demasiado los viajes, hay que dejarse ir y después tomar lo que nos han enseñado, lo que ha deparado el destino. Mi idea es pasear por la judería, tomar algunas fotos, entrevistarme con el que fue mi profesor de taller, Don José Luis Velasco, del que fui alumno durante dos cursos académicos seis horas diarias todos los lunes, miércoles y viernes, en una especialidad, modelos para la fundición, que poco tiempo después dejó de impartirse allí.
No, el hotel tampoco me gusta. Con esto de internet a veces se acierta y otras se falla, en esta ocasión ha sido lo último. La lluvia no para y me resulta más fácil convencer a mi mujer para que me acompañe a ver a mi antiguo profesor. Ella no quería: “Antonio, ¿qué pinto yo allí?, son cosas vuestras”. “Si, pero no”, le contesto.
No me cuesta ningún trabajo encontrar el lugar donde me comentó que pasa buena parte de su tiempo: “Sigo haciendo cosillas” me ha dicho cuando le he llamado por teléfono para quedar.
Al barrio de Cañero se lleva fácil, otra cosa es aparcar, pero tengo suerte. Paraguas abierto, llegamos al comercio que me ha indicado. Empujo la puerta, no hay ningún cliente, solo una señora de mediana edad que está hablando por teléfono junto al mostrador y una chica joven, de aspecto resuelto, con pantalón corto a la rodilla; está parada en medio de la tienda con los brazos cruzados.
─ Buenos días, ¿el señor Velasco, por favor?
Ella se gira un poco, y sin cambiar el gesto dice con seguridad:
─ Velasco, aquí te buscan.
«Señor Velasco, chica, señor Velasco».
En el testero de atrás hay una pequeña ventana. Alguien se mueve allí, distingo un rostro, unos ojos.
«Es él».

Le veo salir, aproximarse, tiene los ojos como llorosos y las bolsas bajo ellos muy pronunciadas, como las tenía mi padre. Hace un gesto de satisfacción al vernos frente a frente. Le observo, tengo en la mente una fotografía actual que ha colgado en la web pero ahora me está dando la impresión de que está más mayor que en esa foto, también más delgado. Se acerca, no respondo correctamente a un abrazo que él me da, de alguna forma estaba viéndolo, recordándolo, y me he quedado parado sin reaccionar adecuadamente.
Le presento a mi esposa, ya sabe como se llama, lo ha visto en el listado de asistentes al II encuentro. Sigo escuchándolo, reconociendo sus gestos. Hay algo que no me hace conectar con él, la idea de hombre que era, que proyectaba, que yo intuía y que hace que lo tenga entre las personas que positivamente han influido en mi, que me han enseñado a mirar y ver, incluso más allá de lo que resulta evidente. Y entonces es cuando nos dice:
─ Venid, os voy a enseñar lo que hago.
Inclina el cuerpo hacia delante, y con los dos brazos pegados sale disparado para la trastienda. Reconozco ese gesto y me alegro.
Un sitio para cada cosa recorre la línea de la pared.
─ Aquí la impresión láser, aquí la manual, aquí diseño y allí…
Son setenta y cinco años, tres cuartos de siglo, y le encanta la informática, los programas como el Freehand para el diseño creativo, otros para el cálculo matemático, o el Soulseek para bajarse música.
─ Antonio, esto es una maravilla, cosas que antes tardabas días en hacer y ahora le das a la tecla y ahí lo tienes.
Está admirado, y yo, de ver cómo ha evolucionado. Este es Don José Luis Velasco, el que yo intuía, con carácter, genio, iniciativa, y de vez en cuando… un toque de humor.

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