CAPITULO 2:
DOS HOMBRES Y UN DESTINO
DOS HOMBRES Y UN DESTINO
Son las 12:30, con el Sr. Velasco nos vamos a tomar unas cervezas a un bar donde él suele ir. Allí nos sentamos, frente a él, prefiero verlo así.
Hay un poco de jaleo. Él, con su forma de hablar rápida y su acento del norte -aunque es de Valladolid tiene ritmos vascos, de Bilbao- nos va contando cómo ha cambiado la Laboral después del año 75, cuando yo salí.
Sus ojos van mejorando, las bolsas disminuyen, pienso que debe ser de estar fijando la vista en la pantalla, en el detalle, una hora detrás de otra, y ahora lo veo más joven que en la fotografía. Salvo el pelo que se ha convertido en blanco perfecto, con el frontal que ya entonces apuntaba a que se le iba a despejar, está muy bien, se mantiene en el mismo peso, y el tiempo y las arrugas han sido generosos con él.Hablamos de lo que supuso para él venir a Córdoba en 1960 junto con D. Pedro Chico, su amigo, su vecino de Valladolid, con él que estudio, compartió trabajo, ¡hasta sus D.N.I. tenían el numero seguido!, y el que le dijo que había unas plazas de profesor de taller en Universidades Laborales, junto al que se presentó, se examinó, y un día llegaron los dos juntos a su casa… encontrando una carta que decía que había aprobado, y no solo eso.
─ Oye, tú, que aquí dice que hay que estar en Córdoba tal día.
─ Vamos a mi casa a ver si a mí me ha llegado otra también.
Ni se habían planteado que los pudieran enviar tan lejos.
«Córdoba…».
Y efectivamente, en la otra casa había otra carta que, salvo el nombre, contenía idéntico texto.
─ Pues vámonos para Córdoba, a ver qué pasa.
Y así, de casualidad, dos jóvenes castellanos inician un futuro que va a durar el resto de sus vidas.
El señor Velasco nos comenta sus primeras impresiones cuando llega, el pueblo adormecido, sin conciencia política.
─ Me entraban ganas de pegar un golpe en medio de la mesa a ver si se despertaban.
Él, desde Valladolid, iba con frecuencia a Bilbao, a los altos hornos donde se fundían sus modelos. “Iba porque me mandaban, por si había algún problema”, y con sus características y su juventud el señor Velasco ha bebido de aquellas fuentes, se le nota. Le digo, porque es verdad, que él fue a la primera persona que escuché rajar de Franco, recuerdo perfectamente su comentario en Febrero de 1973.
Nos habla de la influencia de la iglesia católica en su familia, en él, cuando era joven…, el rosario, y los primeros años en la Laboral. Le digo que yo de todo eso me escapé, que nunca fui a misa ni me obligaron, salvo en dos o tres ocasiones, o un domingo que habíamos salido como todos los fines de semana a la montaña y se presentó en los confines de trassierra el Padre Tapia a decir misa, ¿Quién le hacia el feo?, tampoco pasa nada, en la web está la fotografía, unos firmes, otros concentrados; y yo en medio…, aburrido. Ni me di cuenta de que estaban haciendo esa foto.
─ Pues tuviste suerte.
La tendría. Yo hablo sobre lo que viví, también es verdad que todos los años nos daban las normas del colegio y yo nunca las leía ya que el primer año, en Juan de Mena, comencé su lectura y conforme pasaba cada línea me iba sintiendo más encorsetado, así que paré… y nunca volví a leer una norma más. Lo único que tenía claro era que tenía que cumplir un horario y cada principio de curso pillarme una cama al lado del radiador para que cuando llegara el frío me diera calor. A partir de ahí, fácil, no hacer el mal a nadie, y qué digo, como buen scout, hacer tres BEAS –tres buenas acciones diarias-, y si hacia alguna travesura o perdía el último autobús y volvía de madrugada, a escondidas, lo único que tenía que procurar era que no me pillaran…, y nunca me pillaron. De todas formas aquello eran temas menores.

─ Antonio, vosotros erais educados, no veas lo que vino después.
Las universidades laborales fueron absorbidas en uno de los cambios del gobierno y reformas educativas de turno. El internado desapareció, los profesores fueron reciclados, el Sr. Velasco pasó a dar clases de tecnología y dibujo. Hasta la ya antigua Laboral llegaban los excedentes de los distintos centros de enseñanza de Córdoba, los que tenían peores notas y no tenían cabida donde les correspondía en base al lugar donde vivían.
─ Salvo tres o cuatro que se ponían en clase sentados delante, los demás tenían un desinterés total.
Pienso lo que debió de suponer para él, un hombre inquieto, con unas inmensas ganas de enseñar. Pensad que es una persona que aun quiere aprender. La frustración debió ser inmensa, y sus palabras me lo confirman.
─ Cuando aún me quedaba un año de dar clase me fui para la Delegación y le dije al que me atendió allí: “¿Dónde tengo que firmar para jubilarme?”
─ Pero le va a quedar un 8% menos.
─ Da igual, ¿dónde tengo que firmar?
─ Es el primero que lo hace.
Y firmó. Podía haber aguantado un año más, total… qué más da, no le habrían quitado ese 8% de su pensión, y sin embargo firmó convencido, y se quedó tan ancho y tan a gusto. El Sr. Velasco me da una nueva lección después de treinta y cinco años.
Si, es el Hombre que yo pensaba que era. Son algo más de las dos y media de la tarde. Nos tenemos que marchar, está alegre, jovial, me habla de una pastillita que se tiene que tomar de vez en cuando; no le haga mucho caso a los médicos.
─ ¿Qué, se marcha para casa?
─ No, para la peña de dominó, voy a echar allí un rato.

Las nubes han dejado por un instante de soltar lluvia, estamos en la calle, delante de la puerta del bar, y ahora soy yo el que lo quiero abrazar al despedirnos, pero él no se está quieto. Nos decimos varias veces adiós mientras nos separamos, lo veo marchar. Allí va Don José Luis Velasco de la Fuente por la acera mojada de este día lluvioso en Córdoba, lleva consigo algo de lo que queda muy poco, y además, nadie le puede quitar, se llama dignidad.
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