CAPÍTULO 3
EL ENCUENTRO
EL ENCUENTRO
1 de Noviembre de 2008.
Es sábado, llegamos a la Laboral sobre las 10:30 y aparcamos nada más entrar, a la derecha, junto a la Iglesia. La noche la he pasado fatal. Los ruidos de la lluvia, el viento, mi resfriado y una tos que me ha acompañado buena parte de la madrugada agrian mi carácter, menos mal que parece que no va a llover.
Caminamos hacia el paraninfo, hay gran cantidad de personas en la plataforma de arriba, esperan para recoger sus acreditaciones. El color oscuro de las ropas predomina sobre la fachada clara, y yo no tardo un segundo en identificarlo en la lejanía.─ El Padre Gago.
─ ¿Dónde?
─ Allí, con capa negra.
Mi esposa mira detenidamente mientras yo avivo el paso.
─ No lo veo.
─ No importa.
─ Pero, ¿cómo lo puedes ver tú y yo no?
Cuando le voy a explicar donde está, los antiguos alumnos le rodean, solo sobresale algo su cabeza.
─ Es él, seguro, ya te lo indico cuando estemos allí.
Hay una inmensa cola alegre que comentan, comparten, se miran, se revisan, se abrazan con los que van llegando después de gestos de sorpresa. Veo a la Sra. Manchado que se acerca y habla con otra señora que tenemos justo delante. No recuerdo de qué daba clase ella, nunca nos dio a nosotros, lo que si recuerdo era el coche que llevaba, tirando a deportivo, de color azul claro y matricula de Melilla. Unos metros más adelante el grupo sigue rodeando al Padre Gago, se lo indico a mi esposa.
─ Mira, ahí está.
Me fijo en su rostro, en el color de la piel, pálida.
«Le falta el sol de Andalucía».
─ Voy a ver si lo puedo saludar.
Camino junto a la pared del paraninfo y escucho una voz que me llama, es Juan Encinas que está hablando con Francisco Zafra al que conozco solo de la web. Él entró cuando yo salí. Nos estrechamos la mano. Después, durante las horas que pasaremos allí, compartiremos otros momentos en los que me comentará el cariño que le tiene a la Uni.

─ Hasta ahora.
Me acerco al grupo del Padre Gago, todos quieren hablar con él. Ahora le veo sonreír con una risa que es nueva para mí, al menos en clase nunca se la vi. En mi época solo hacia un leve movimiento que más que una sonrisa era un gesto de satisfacción alegre, y ahora se ríe y se le escucha. Ha perdido pelo y el que le queda se le ha vuelto gris, pero su físico, con el hábito blanco sobre el que lleva la capa negra, sigue imponiendo. Veo que se conserva bien y seguro que con un poco de color en la piel seria la envidia de la congregación. Las gafas tienen las mismas características de las que llevaba entonces, son al aire, los cristales solo cogidos por arriba, pero ya no son perfectamente negros como entonces, tienen un leve degradado y son algo más grandes.
Siento satisfacción nada más de verlo. Ahora lo escucho hablar, de nuevo se produce un choque en mí. Su voz se ha vuelto más débil, más fina, ha perdido la gravedad, aunque el ritmo y el énfasis son iguales. Me hace pensar, recordar aquel torrente de voz que llegaba hasta la pared del final del aula, y yo sentado el último, recibía aquel cogotazo cuando rebotaba en ella, y me despertaba, me ponía alerta…, y a disfrutar de su clase.
No hablo con él, me vuelvo con mi esposa, voy recapacitando sobre la voz del Padre Gago, sobre su cambio. Y llego a la conclusión que me parece más lógica: este Hombre se ha dejado la voz en las aulas, intentando inundar a sus alumnos de poesía, de pasión y espíritu luchador. Si, un día y otro, un año tras otro, y son mucho años, muchas clases, muchos alumnos…, y en Salamanca, con el frío que hace que hasta el Tormes se hiela de vez en cuando. Es entonces cuando sin pretenderlo mi pensamiento dialoga con él.
«¿Porqué se fue?».
«Porque nos echaron».
«¿Y no se pudo quedar por aquí?».
«No, además… Salamanca está más cerca de León y tu intuías como echaba de menos mi tierra».
«Si Padre, pero el color de su piel…, necesita este sol».

«¡Ay!, ¿sabes tú como me ha alimentado Salamanca?, pasear por las mismas calles que Unamuno, contemplar los mismos edificios, hablar en las mismas aulas que un día acogieron su voz».
«Padre, esta tierra también tiene que tener algo cuando hace mil años la distracción, mientras dos hombres paseaban, era que uno iniciaba un verso para que el acompañante lo completara».
«Ya estuve un periodo suficientemente largo en Córdoba».
«Si, comprendo lo que me dice, pero…, ¿no se da cuenta?».
«¿De qué?».
«Su voz».
«¿Qué le ocurre a mi voz?».
«Padre, ha perdido fuerza, ya no retumba».
«¿Tú me escuchas cuando hablo?».
«Si, claro, pero…».
«Lo otro son fuegos de artificio, para llamar la atención. Lo importante es el mensaje, y yo ya tengo más personas de las que nunca hubiese imaginado escuchándome».
«Padre, si…, pero no».
«Hace años buscabas ritmos distintos a los míos en la poesía de Unamuno, y ahora… Tú siempre buscándole tres pies a mi gato».
«Padre no son suficientes los que escuchan su mensaje».
«Pues son más de los que nunca pensé».
«Aumente esos deseos, sea ambicioso».
«Nunca lo fui, ahora menos».
«Tiene que serlo, no solo por usted, es por nosotros».
Me miró desde arriba, hizo un gesto afirmativo de los suyo y me dijo poniendo el énfasis de siempre:
«Explícate».
«Padre, esta sociedad va al caos».
«¿Y…?».
«Hacen falta Hombres como usted».
Sonríe y me pone una mano sobre el hombro
«¡Ay!, ¿tú me has visto, sabes qué edad tengo?»
«Pues claro que lo veo, y le digo que solo le falta este sol del sur».
«¡Ojalá fuera así!, pero a partir de ahora cada año que pase me pesará como cinco, pronto se pronunciará la cuesta abajo, y además de los años tengo un pesado lastre».
«No le comprendo».
Se coge del escapulario del hábito y se tira de él.
«Este».
«¿Su hábito?».
«Así es».
«No tiene porqué».
«Todo lo que provenga de mí y moleste… será tachado de sectario».


Le quiero decir que yo nunca fui creyente y que eso no me ha impedido escucharle…, pero comprendo sus pensamientos, lo que me dicen los míos que son suyos.
Hace mucho tiempo que habló Sócrates, Platón, Aristóteles y ¿dónde estamos? Siempre que el hombre encuentra un camino este es secuestrado por el poder político que prefiere al pueblo adormecido, atontado, reliado, harto de escucharlos en reyertas y riñas de patio de colegio de niños de párvulos; pero también ciudadanos vendidos por un plato de lentejas…, orgullosos de pillar en esa asquerosa podredumbre.
Entiendo que además, este Hombre pertenece a una orden religiosa. También por ahí puede encontrarse con problemas, criticas, envidias. Sin embargo vemos que la iglesia católica, la evolución que ha tenido, ha sido gracias a personas como él. Desde abajo han creado corrientes de opinión que han conseguido ascender hasta la jerarquía eclesiástica; y más frecuentemente, expandirse horizontalmente entre la población acogiendo los ideales de libertad y democracia que toda persona lleva dentro…, y que terminan siendo deformadas, apagadas, secuestradas de nuevo por la clase política de siempre, que no saben lo que es una democracia ni por el forro. Eso sí, siempre la tienen a mano en sus discursos teóricos vacíos de contenido real, porque es en los hechos donde vemos quienes son, los unos y los otros, y en manos de quien estamos. Si el Régimen de Franco no hubiera cambiado, a muchos de estos “demócratas” de los unos y los otros los estábamos viendo también en los mismos puestos dirigentes.
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