viernes 25 de septiembre de 2009

ENCUENTROS DE ANTIGUOS ALUMNOS (5 de 6)

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CAPÍTULO 5

ADIOS

«El pueblo unido jamás será vencido». Esta frase me lleva “a galopar” con Paco Ibáñez, y las veinticuatro canciones que cantó en el Olimpia de Paris que yo las oí, repetidamente y a escondidas, con otros compañeros en la Laboral de Gijón, y que más tarde, ya casado, con los hijos pequeños, siempre se las ponía en los viajes en coche…, y a ellos les encantaba.

También me lleva a la facultad de Filosofía y Letras de Málaga, a escuchar cantar a Rosa León acompañada solo de su guitarra la canción “Al alba”, de Luis Eduardo Aute; y al polideportivo de Carranque, también en Málaga, con Jarcha cantando “libertad, libertad, sin ira libertad”, y los furgones llenos de grises en la puerta. ¿Dónde ha ido todo ese clamor?, ¿estos son sus frutos?
Continúan algunas intervenciones más, el acto llega a su fin mientras los pensamientos me llevan por derroteros de lo que ha podido ser y no es por el egoísmo de unos pocos.

Varios antiguos alumnos nos dirigimos a saludar al Padre Gago, espero a que terminen los que han llegado antes. Se forma un círculo a su alrededor, le escucho reír.

─ Ji, ji, ji ─se le ve satisfecho.

─ Hola Padre.

─ ¡Hola chaval!

─ Usted seguro que no se maneja por internet.

─ ¡No, me niego!

─ Pues es un camino interesante.

─ No lo dudo, pero es que no tengo tiempo… ─me comenta bajando la voz.

─ Pues allí, en la web de la Uni, escribo pequeños relatos de vez en cuando.

─ ¡Ah!, ¿sí?

─ Ahora estoy a punto de terminar uno que se titula “Mi libro de lengua de COU”.

─ ¡Jo, qué bueno!

─ Y como me olía que usted de internet nada, le traigo impreso el último capítulo ─le enseño y le entrego “El bulevar de los filósofos”─ por si a usted le apetece leerlo en algún momento.

─ ¿Y tú quién eres, chaval? ─me toma la identificación que llevo sobre el pecho─ Bustos Baena, me suena, me suena.

─ Imposible Padre.

─ Ji, ji, ji ─se me acerca de nuevo y me vuelve a hablar bajito, casi al oído─ disculpa, es que habéis sido más de seis mil alumnos.

─ Lo comprendo.

─ Lo leeré con sumo gusto.

─ Cuando usted pueda, y si le apetece.

─ ¡Gracias, chaval!

Me retiro, salgo del círculo. Los demás también quieren estrecharle la mano, oírle hablar. Atrás queda el Padre Gago con unos cuantos folios escritos por mí, sin mi nombre, un alumno cualquiera que agradece a estos Hombres lo que hicieron.
Salimos de la Iglesia y nos dirigimos a dar una vuelta por nuestra remodelada Universidad. A mí lo que más me llama la atención son las escaleras contra incendios exteriores, aparatosas, que modifica la visión de los colegios. Magnifica la abertura practicada en la biblioteca para recuperar los sótanos de cara al exterior…, y los antiguos talleres, chapó, una remodelación moderna, sencilla y elegante.

Nos reunimos todos en el antiguo cine de la Laboral en torno a las dos y media. Hablo con Iñaki, le felicito por su libro. Me habla del Padre Gago, cuando lo vio por primera vez en Bilbao, en el autobús que fue a recogerlos allí y los bajo al sur. Un viaje largo y duro, en 1960. Pararon por primera vez en Valdepeñas, en medio del campo, al lado de la carretera y bajaron a estirar las piernas, aliviar la vejiga, y claro, estando donde estaban… lo que tenían en frente eran viñedos, en aquellos tiempos, con aquel hambre. Algunos…, bueno, también él estiró las piernas metiéndose en la viña…, y alargando las manos todos comenzaron a comer uvas. En aquello estaba absorto y pensando en que el Hombre del hábito blanco no lo viera…, acostumbrado como estaba a los curas de su ciudad que siempre hablaban de la tentación, el pecado rondado en cualquier descuido…, a esto que escucha una voz grave a su lado que dice:

─ ¡¿Pero dónde están las más grandes?!
Se sorprendió cuando vio que era el Padre Gago que estaba haciendo lo mismo que él, y además no se conformaba con cualquier uva.

¡Dios!, el Padre Gago, está ahí, lo estoy viendo mientras come, tiene buen saque, para mi es una imagen que creía nunca la iba a volver a presenciar. Habla con unos, con otros. Me da la impresión de que se siente a gusto. Ahora se le acerca el profesor de música, el que mejor se conserva, la música debe tener más cosas buenas de las que creemos, y cuando pasa un ratillo me acerco de nuevo, conservo una distancia prudencial, pero Don Chopen se da cuenta y como siempre, prudente, súper educado, cede espacio y yo doy dos pasos más.

─ Padre, me parece increíble estar viéndole aquí.

─ ¡Gracias, chaval!

─ Ella es mi esposa ─la señalo, está cinco o seis metros más allá─, y cuando lo ha visto recitar me ha dicho que no sabía si era usted…, o yo.

─ Ji, ji, ji, ¿no me digas?

─ Si, se lo aseguro.

─ Eso es bueno.

─ Sabe que en los capítulos del relato “Mi libro de lengua de COU” aparecen también los diagramas de las poesías “Hombre” y “En un cementerio de lugar castellano”.

─ ¡No me digas, ¿las conservas?!

─ Si.

─ Bien…, bien… ─se separa y me mira de arriba abajo.

─ La poesía de Unamuno la recité en clase y le clavé el mismo tiempo que usted, dos minutos cincuenta y cinco segundos.

─ Y yo diría: ¡secretario!
Nos reímos los dos.

─ Así aparece en el relato, y la crítica…, la contra critica…

─ Que bueno, chaval, ¿te acuerdas?

─ Pues claro que me acuerdo, y la poesía que nos ha recitado hoy, Padre, la base está en aquellos versos que nos enseñó.

─ Ji, ji, ji ─ríe mientras asiente.

─ “Adolescencia”, Padre, éramos nosotros, de donde usted partía a principio de curso, y ya estaban allí el cielo y los luceros.

─ Muy bueno, chaval ─me dice mientras asiente de nuevo.

Noto que se acercan otros antiguos alumnos, me separo algo. ─ Gracias Padre.
─ ¡A ti, chaval! ─y me dedica una última sonrisa.

Vuelvo con mi esposa, con Zurita Acosta, Chamorro, Pérez de Arenaza, Jiménez Bracero, Pérez Hatero, hablamos, nos observamos. Miro hacia fuera, el patio central, la alta cruz al fondo, y aquí…, tras la ventana, el mismo barrote pintado igual que entonces, de verde, y algo más allá, en el suelo, las losas de chinos compactados, las mismas que pisé treinta y ocho años antes por primera vez.


Me parece increíble. Camino entre los que están allí. El sonido de las conversaciones y risas bajan, me aisló, llego a la altura desde donde comienza el pasillo, completamente solitario, toda la gente a mis espaldas. Recuerdo la fuerte impresión que me causó la primera vez que lo vi, como a todos, después lo recorrí una y otra vez, cientos de veces. Ahora veo este pasillo que tengo delante como una manifestación de lo que fue mi paso por esta universidad laboral, desde el principio hasta el final, el camino que tuve que recorrer…

«Y de lo que te queda por delante»

«Es muy largo, Padre»
«Mejor que sea largo a que no tengas ninguno por recorrer».
«Está solitario»

«Tampoco hace falta mucha gente, tienes un hogar, esposa y dos hijos, ¿qué más quieres, chaval?»

«Padre, usted tal vez nos vea como entonces, pero… ya tengo cincuenta y dos años»
«Ya no eres un chaval, ¿no?»
«¿Usted que cree?»

«Pues por eso está el pasillo vacío, ahora debes de ser tú el que debe de caminar primero por él».


Continuo pensando:
«Si, la vida es así, poco a poco van desapareciendo las referencias, nuestros padres fallecen…, también personas apreciadas, incluso de tu misma edad, y llega el momento en el que tienes que ser tú la proa del barco abriendo camino».

«Entonces, Padre, ¿no nos volveremos a ver? »

«Si no es muy necesario…, no».

«Adiós, Padre».
«¡Adiós, chaval!».

Adiós.

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