martes 19 de enero de 2010

De Córdoba a Gijón (I)

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INTRODUCCIÓN

Fuimos muchos los alumnos que estuvimos en, al menos, dos Universidades Laborales. No todas eran iguales, cada una tenía sus características. En la de Gijón, la majestuosidad arquitectónica imponía, y allí nos debatimos seis veteranos de Córdoba en unos momentos trascendentales para la Historia de España…, y para la nuestra.



CAPÍTULO 1: DE CÓRDOBA A GIJÓN

Una tarde de la primavera del año 1975 pasé por el hall del colegio Luis de Góngora y vi un póster en el tablón de anuncios con la imagen de unos edificios impresionantes con fachadas de piedra, una torre más alta que la Giralda… aquello no parecía España, y sin embargo sí que lo era, y correspondía además a una Universidad Laboral, la de Gijón. En un folio que estaba al lado se nos informaba que allí podíamos cursar los estudios de Empresariales, así que en ese mismo instante decidí mi futuro ya que yo no tenía una vocación definida, lo único que sabía era lo que no quería ser: Militar, médico o cura.

Cuando una mañana del mes de Septiembre subí en Málaga al tren que me llevaría a Asturias, yo no sabía que me iba a encontrar allí con otros compañeros de Córdoba, pero fuimos seis los que habíamos tomado la misma decisión: Lucio Serna, Rafael Santiago, Juan Tito Navarrete, Antonio Valverde, Francisco Serrano y yo. El viaje duraba prácticamente 24 horas, o sea, que salí de Málaga por la mañana y llegué al Principado a la mañana siguiente: medio día de viaje hasta Madrid, cambio de estación de Atocha a Chamartín que la inauguraron precisamente aquel año, algo de espera, y otro medio día hasta mi destino.

Recuerdo cuando me desperté aquella mañana, los cristales estaban empañados, los túneles se sucedían. Al salir de uno me acerqué a la ventanilla y pasé la mano en círculo para poder ver fuera. Allí estaban los prados de Asturias, de un verde especial, como nunca había visto.


El mar parece cercano, pero había que caminar un buen rato hasta llegar.


Serían las siete de la mañana, apenas había dormido por el traqueteo del tren, me dolía todo el cuerpo, estaba cansado y soñoliento pero pronto me despertó una imagen que contemplé desde el tren que en esos momentos discurría lento: una fila de cuatro casas en medio del campo con fachadas medio blancas, sin encalar desde hacía bastante tiempo, y una mujer tendiendo la ropa en unos cordeles delante de las viviendas. Llevaba puesto un vestido oscuro de mangas cortas a pesar de la hora y de la temperatura que debía hacer allí fuera, y nada más pensar en el frío que podía estar pasando aquella mujer, me desperté.

A medida que avanzaba el tren las instalaciones industriales se iban haciendo más frecuentes, la cuenca minera daba sus frutos y las cintas transportadoras techadas corrían de unas naves a otras como si fueran caminos aéreos, todas con una uniformidad de color por la negritud que trasmitía el carbón a todo lo que tocaba; incluso las riberas de los arroyos que se abrían camino en las idílicas praderas verdes eran negros, un contraste que me llamó la atención, se daba esa conjunción, al mismo tiempo, de los más bello unido a lo más feo.

Pocos días después comprobé que algo parecido ocurría con las mujeres de aquella zona de España, que no se moleste nadie, pero allí vi chicas de una belleza impresionante, vamos, que no te atrevías de lo alto que estaba el listón…, y al poco te girabas todavía con aquella imagen en la retina y de pronto te encontrabas con los callos más inesperados. Yo me preguntaba, ¿cómo puede ser esto?, y me acordaba del Padre Gago: «Aquí qué predomina ¿la geografía o el paisaje?, hay paisajes magníficos, pues eso, pero estaban nada menos que los Picos de Europa, pues eso también».
Resumiendo: no había ese término medio alto que hay por el sur, o eran guapas muy guapas, o feas a más no poder.

Cuando llegué a la Universidad Laboral de Gijón comprobé que aquel póster que vi en el tablón de anuncios de Luis de Góngora no sólo correspondía a la realidad, sino que ésta incluso la superaba. Era impresionante, las instalaciones increíbles; y los medios, todos. La comida era buenísima, uno de nuestro tendón de Aquiles en Córdoba (¿os acordáis de las patatas con carne?, no carne con patatas como oficialmente se decía, o todos los viernes macarrones con tomate, que no he vuelto a probar desde que salí de allí). Además, nosotros, los de Ingeniería y Empresariales estábamos aparte, en una especie de colegios mayores. Una habitación para dos, con cuarto de baño completo, mesas para el estudio y asiento individual en cada una de ellas. Después teníamos la prensa diaria, tele en color, magníficos sillones, biblioteca, polideportivos, campos de deporte con césped por todos lados. Muy posiblemente eran las mejores instalaciones públicas o privadas dedicadas a la enseñanza que había en España, el cine estaba climatizado, ¡los asientos del cine eran de piel y reclinables!, la pantalla quedaba entre columnas corintias de mármol moteado…



La iglesia de base elíptica, es la más grande del mundo con esas características.


Nos quedamos con la boca abierta, y cuando la cerramos, Antonio Valverde o yo dijimos: “¿nos ponemos juntos en una habitación?”. Y el otro contestó: “vale”.
Tomada la posición, con nuestra edad, pronto salimos a inspeccionar la nueva ciudad que nos acogía y aterrizamos en una discoteca –natural– que quedaba cerca de la Laboral, en la zona de Somió. Se llamaba, y se llama “El Jardín”, enorme para lo que estábamos acostumbrados en Córdoba. Los dos triunfamos, no diré que ambos cortamos las dos orejas y el rabo porque ninguno de los dos hemos tenido nunca tipo de torero, y lo del rabo se puede mal interpretar; sólo diré que al final de aquella primera noche, cuando volvíamos a la Uni caminando, íbamos alegres, felices, no se nos resistía ninguna… y nuestro acento andaluz, entre otras cosas, hacía estragos entre el sexo femenino.

“Nos vamos a poner las botas”, dijo uno de los dos.
La aclimatación a la vida diaria fue rápida, por decirlo de alguna manera, todo era mejor que en Córdoba, pero pronto descubrí que lo más importante no son las cosas materiales.

Y comenzaron las clases. En el traslado de expediente de Córdoba a Gijón, o bien el administrativo que preparó los listados de los alumnos de nuestra aula cometió un error, en mi primer apellido se comió la última “s”. Así que cuando pasaban lista los profesores los primeros días para ir conociéndonos, llegaban a mí y leían lo que tenían puesto.

─ Antonio Busto Baena.

─ Aquí ─dije, levantando la mano─, pero a mi primer apellido le falta una “s” al final.


─ ¿Cómo?


─ Que no es Buhto que es “Buhtoo”.

Pronunciaba como siempre lo había hecho en la vida, como andaluz que soy…, no llegaba a pronunciar las eses y la del final lo que hacia fonéticamente era abrir más la “o”.

─ ¿Cómo? ─el profesor no se enteraba.


─ B-U-S-T-O-S ─ deletreé en voz alta─ Buhtoo ─repetí decidido.


Nada, que no se enteraba.

─ Bustos ─conseguía pronunciar haciendo un tremendo esfuerzo para que sonaran las eses, afinando la pronunciación de una manera que a mí me parecía una mariconada.

Después de muchas historias y con ayuda de los compañeros que hablaban más fino que yo… se conseguía aclarar. Pero a la hora comenzaba otra clase y de nuevo la aclaración con otro profesor; de nuevo se repetía la historia, yo sin estar dispuesto a perder la última “s” de mi apellido, y otro profesor que no se enteraba –es que eran torpes–. Con lo fácil que era comprender lo que yo decía, pues nada, que no, y en el aula ya comenzó el cachondeo. Aclarado el segundo entuerto prosiguió la lectura de la relación de alumnos, y llegaba a otro que también producía risas.


─ Juan de Dios Morcillo Santos ─y nadie contestaba.


─ No está ─dijo alguno─, no se ha incorporado ─aclaró entre las risas que producía el apellido “Morcillo” en nosotros; bueno, en ellos, porque yo tenía el punto de mosqueo ya cogido.


Así que en la tercera clase del día, Matemáticas, más de lo mismo, pero en esta ocasión la cosa se incrementó porque la profesora, con su carrera de Exactas recién terminada, era la primera vez que daba clase y estaba más nerviosa que nosotros. Era morena, pelo corto, muy guapa y joven, apenas cuatro o cinco años más que sus alumnos, y la pobre con treinta y tantos de nosotros allí en frente.


─ Buhto no, Buhtooo ─y todo el aula partiéndose el pecho. Le deletreaba el apellido

─B-U-S-T-O-S.


─ ¿Cómo?


─ Maldita sea, tan difícil es entender lo que digo, Buhtoss ─dije con gran esfuerzo para que me saliera la última “s”.


─ ¿Cómo? ─dijo enrojeciendo mientras miraba una tiza y se dirigía al encerado para escribir.


─ ¡Bustoooo! –y a mí que no me salía.



En la película “Fuga de cerebros” pusieron césped artificial sobre el patio central y la hicieron pasar por Oxford.

Las risas se extendían por todo el aula. Miré desesperado a un lado y a otro. Vi a dos que me quedaban próximos, a la derecha, en la fila de atrás, se estaban partiendo el pecho mirándome. Fijé mis ojos en el que estaba más cerca de mí.

─ Y tú, ¡¿de qué coño te ríes?!─ le espeté en voz alta señalándolo.


─ Hostias… ─se le escapó en voz baja al tiempo que se agachaba a un lado para perderme de vista, bueno, más bien para que yo no lo viera. Entonces pasé mi mirada al siguiente, moreno, con el pelo largo cayéndole a ambos lados de la cara.


─ ¡Y a ti después te voy a coger y te voy pelar!


Se acongojó, él y la profesora, la primera clase de su vida y a los dos minutos de entrar por la puerta se le iba a montar el follón. Al final, los que hablaban fino, o sea, todos menos cinco (a Serna lo dejo fuera) le explicaron cómo era correcto mi apellido; y siguió pasando lista hasta llegar al otro que también producía risas.


─ Juan de Dios Morcillo.


─ No está, no se ha incorporado.

Pronto pasaron las dos primeras semanas, todos menos uno aprendiendo a convivir y creando nuevas relaciones. Tito, su fútbol y sus goles era el que más facilidad tenía para conectar con los del norte, aunque de una forma u otra, de los seis siempre, al menos cuatro, nos sentábamos juntos a la hora de comer en la mesa –era la cabida–, y los otros dos, pues por allí al lado.

Nos comportábamos de una manera menos salvaje a como estábamos acostumbrados, quiero decir que en Córdoba hablábamos más alto, la liábamos cuando llegaba el pan tierno después de tres días…, (memorables algunos saltos de cabeza al centro de la cesta recién llegada y ya rodeada por una docena de nosotros).

Frente al comedor quedaba la cafetería que gestionaban los alumnos, los mayores. Pronto cogimos la costumbre de nada más salir de almorzar, irnos allí a tomar nuestro café solo y una copa de Ponche Caballero mientras hablábamos y nos relacionábamos con las chicas que ocupaban un aula al lado de la nuestra; una treintena de jóvenes de nuestra edad, todas externas, que estudiaban algo así como Secretariado.
Pasadas esas dos primeras semanas, un lunes a primera hora, con mi apellido ya rectificado en todos los listados, comenzaba la primera clase.

─ Juan de Dios Morcillo.


─ ¡Presente! ─dijo una voz fina que sonó a femenina pero más rara, algo chillona, como la de Gracita Morales, solo que no era ella, sino él, Juan de Dios Morcillo Santos, que escuchó la risotada general de toda la clase. Ya estábamos todos, incluso Morcillo, un excelente compañero procedente de Vigo, y entonces comenzó a llover…, y cómo llovía… Lo del cambio climático no se había producido aún y aquel otoño e invierno no paró. La hierba crecía con una velocidad que nunca había visto, como tampoco había contemplado nunca cortarla con la guadaña, todo un arte, y los prados verdes siempre eran acompañados por una nieblecilla que llenaba los días de un ambiente gris, plúmbeo, al que no estaba acostumbrado.


Eché en falta la luz de Andalucía, las materias a estudiar no me gustaban, y además hubo en mitad del trimestre un incidente que hizo que de la noche a la mañana nos enviaran a todos a casa: murió Franco.


3 comentarios:

  1. Capítulo I:
    Leído
    Muy disfrutado
    Impreso para releerlo y disfrutarlo cada vez que quiera.

    "Donde vaya un andalú.....TRIUNFA!!

    ENHORABUENA, SR. BUSTOS.
    la anónimA.

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  2. yo soy de nacido en Córdoba, viví en Córdoba hasta los 15 años, pero el día que llegue a Gijón, cambio mi vida, ahora me considero Asturiano, no es que reniegue de Córdoba, es que Asturias es un paraíso.
    Por ciero, mi padre era profesor de metrologia y tatamientos termicos - resistencia de materiales. Sr Aller.

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  3. Saludos desde Sevilla, de un compañero tuyo en escuela de D. Juan.

    Un abrazo, Julio

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