lunes 25 de enero de 2010

De Córdoba a Gijón (II)

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CAPÍTULO 2:

No, no, ¡vamos, que no!

Todos lo hemos visto en repetidas veces, la voz temblorosa…: ”españoles, Franco ha muerto”. Y dio un gipio final.

Nos metieron a todos en autobuses, algo de dinero a los que teníamos trayectos más largos y cerraron la Uni. A los del sur nos dejaron en Madrid, y para venir a Málaga nos fuimos, Antonio Valverde y yo, a sacar un billete a la estación de Atocha…, y no encontramos plaza. Aquellos días toda España se estaba moviendo, así que encontramos una extraña pensión cerca de la estación, con un extraño posadero que nos mosqueaba un rato. Pasaron dos días hasta conseguir el billete, con un frío…, un hambre…, el dinero en las últimas, pero conseguimos llegar a nuestro destino conservando nuestra virginidad.

Aquel corte hizo que, al menos la mitad de los exámenes del primer trimestre los hiciéramos cuando volvimos de las vacaciones de Navidad, y después, claro está, llegaron las notas. Suspendí tres. La decepción fue mayúscula; primero no estaba acostumbrado a suspender, segundo no estaba de acuerdo con las notas, tercero apretaban de lo lindo con cada profesor trasmitiéndonos que su asignatura era la más importante, compitiendo entre ellos a ver cuál era el que nos echaba más materia para sacar adelante por las tardes, unos volúmenes que eran imposibles por más horas que echaras, las materias sin gustarme… y yo que necesitaba moverme; una, dos horas de estudio pero a partir de ese momento no aguantaba en el asiento. Iba de aquí para allá inventando…, y los fines de semana para eso estaban. Además ¿el domingo no es festivo?, pues dejadme tranquilo. A la discoteca o donde fuera, bueno, mejor a la discoteca…, chicas, ya sabéis. Para después poder estudiar yo necesitaba divertirme también, ¿qué querían que estuviera absolutamente todos los días de la semana, del primero hasta el último estudiando, del uno al siete? No, y por lo que estaba viendo ni así se conseguía hacer lo que ellos pretendían. No, no, ¡vamos, que no!

Yo no comprendía aquello, ¿qué querían, reventarnos? Los seis que subimos de Córdoba éramos veteranos, estábamos contrastados a la hora del estudio… y todos suspendimos, toda la clase suspendió. Yo quería comprender aquello así que escuché y observé buscando una explicación, y la encontré.

─ Vamos a hacer la mejor escuela de Empresariales de España.
«Viva tu madre».

Los otros alumnos de Empresariales de años anteriores a nosotros se tenían que examinar en Gijón, como libres. Nosotros éramos la primera promoción oficial tras ser reconocido el centro. El experimento se iniciaba con nosotros…, y al día siguiente la profesora de Economía comentaba el examen de Tito.

─ Cuando terminé de leer la cuarta pregunta su nota era de sobresaliente, pero cuando leí la quinta ─que era la última, pues sólo había cinco─ su nota se convirtió en suspenso.

Y lo suspendió porque se equivocó en una sola respuesta. Aquellas palabras me hicieron comprender, o al menos así lo vi en esos momentos, porque más tarde averigüé que también había unas tremendas luchas internas entre los profesores por el puesto de Director de los Colegios Mayores.


Colegios Mayores de la U. L. Gijón.


Estuve varios días dándole vueltas a la cabeza hasta que tomé una decisión. Después de comer, me tomé el café solo rematado con la copa de ponche Caballero, y salí de la cafetería dirigiéndome al pequeño habitáculo con teléfono que quedaba a unos pasos, fuera.

─ Quiero llamar a Málaga a este número de teléfono ─le dije al empleado que estaba a cargo de aquello mientras escribía el número de teléfono de la casa de mis padres. Abrí la puerta de aquella cabina forrada de madera, sólo, con el teléfono sobre un pequeño estante, frente a mí, miré el reloj y pensaba si mi padre estaría aún en casa o se habría marchado ya al trabajo, esperé y finalmente sonó el timbre.

─ Ya puedes hablar con Málaga.

─ Gracias.


─ ¿Si?


─ Mamá.


─ Hola hijo, ¿cómo estás? ─dijo mi madre con alegría.


─ Bien, ¿está papá por ahí?


─ No, hace dos minutos que se ha ido a trabajar.


─ Ah, ya.


─ ¿Pasa algo?


─ No, quería hablar con él.


─ Pero, ¿tú estás bien?


─ Si.


─ Te noto la voz cambiada ─y durante unos segundos callé─ hijo mío, ¿estás bien?


Escuché la voz de mi madre preocupada, con frecuencia cuanto más duro aparentas por fuera más ternura guardas en tu interior y nada como la voz de tu madre para romper esa barrera que a veces en la vida necesitamos crear, y en aquellos momentos yo había levantado un muro a mi alrededor los días previos para salvaguardarme de todo lo que no comprendía.

─ Mamá, no quiero seguir aquí.

─ ¿Qué?


─ Me quiero marchar para casa.


─ Pero, ¿por qué…?


─ No sé, pero no quiero seguir aquí.


─ Pero Antonio, perderías la beca… ¿y tus estudios?, nosotros somos pobres.


─ Lo sé mamá.


─ Antonio, ¿cómo vas a hacer eso, lo has pensado bien?


─ Si mamá, le llevo dando vueltas a la cabeza bastantes días antes de llamaros hoy, lo tengo decidido.


─ Pero estamos a final de Enero, ¿Qué vas a hacer aquí?


─ No lo sé.


─ Tú estate tranquilo, hijo, haz lo que puedas.


─ No mamá, yo aquí he terminado.


─ ¿Pero qué es lo que te pasa?


─ Que aquí estudiando no voy a aprobar.


─ ¿Cómo va a ser eso? Tú no eres tonto.


─ Ni tonto ni listo mamá, no sé bien como explicártelo.


─ Deja pasar unos días a ver si ves las cosas de otro modo.


─ Mamá, esto lo llevo pensando ya muchos días.


─ Pero ahora no te puedes venir para casa…, perder la beca, Antonio aguanta, haz lo que puedas.


─ No mamá.


─ Vale, vale, bueno hijo, tú ya eres mayor, pero quédate ahí, al menos te darán de comer.


─ Bien mamá, adiós.


─ Adiós hijo, cuídate, que te queremos mucho.


─ Adiós mamá.


Y colgué. Tuve que esperar un rato, recomponerme, secar las lágrimas que me habían corrido por las mejillas sin que me hubiese dado cuenta. ¿Habéis visto alguna vez a alguien llorar sin todas las gesticulaciones y expresión de sentimientos que conlleva?, pues así lloré yo aquel día, duro por fuera y roto por dentro, sobre todo cuando recordaba las palabras de mi madre: «pero quédate ahí, al menos te darán de comer».


Esa era la situación en mi casa, como la de otros muchos que estábamos en Universidades Laborales aquellos años. Sin embargo yo ya no era aquel joven que unos años atrás hablando con el Padre Eustaquio respecto a un compañero que iba a perder la beca, y que hubo un momento en el que yo me puse en su pellejo planteándome que fuera yo el que la perdiera, el cataclismo que sería para mí, y ahora, tres años más tarde, mis sensaciones habían cambiado, no sería el fin del mundo, es más, me sentía capaz de salir adelante, con beca o sin ella.

Enero de 1971 ---------------------- Octubre de 1975


De todas formas, lo pase muy mal aquellos días, dejé de ir a clase.

─ Venga Antonio, levántate, son ya las once, te he traído un bocadillo de tortilla.
Era Antonio Valverde, el moro, mi compañero de habitación que se preocupaba por mí.

Piyu, no te puedes quedar en la cama que crías mala sangre, venga alégrate, vamus a hacer una quiniela.


Era la limpiadora, una mujer bajita de unos cuarenta años y gafas de pasta color burdeos.


─ Sporting - Oviedu.


─ Gana el Oviedo ─le decía yo para enfadarla.


─ De esu nada, Piyu, gana fiju el Sporting que va de roju, esos azules no pueden con nosotrus.


─ Pero, ¿cómo va a ganar el Sporting si no mete goles?


─ ¿Qué nu?, con Churruca y Quini, el mejor centrucampista y delanteru que hay en España.


─ En el Principado.


Nu, en España.


─ Bueno, pon una equis.


Y la ponía, así partido a partido y cuando terminaba la primera columna estábamos a la mitad porque todavía quedaba la otra y de nuevo la discusión.


Piyu, este domingu te vienes a mi casa a comer, te invitu ─la miré con cara de extrañado─ hagu unas fabes para chuparse los dedus.


─ Ya veré.


Ella no apartaba la mirada de la quiniela pero tenía una sonrisa especial en la cara.


─ Tienes que venir, quieru que conozcas a mi hija.


Ahora era yo el que decía «tierra trágame» y no mi amigo Aurelio de Granada.


─ Pero no dices que tengo cara de pillo, ¿para qué quieres que conozca a tu hija?


─ Más vale lu malu conociu ─y ahora fue ella la que me miró a los ojos antes de continuar─ es muy guapa, te va a gustar ─dijo orgullosa.


─ Ya veré.

Nunca fui, me resistí y no pocas veces.

2 comentarios:

  1. me gusta lo que escribes, sigue que te leo casi todo, Emilio Palma

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  2. Soy el que le dió el pase a Tito en aquella final. Parece que te estoy viendo en aquella cabina llamando por teléfono. Ratos malos de esos pasamos todos. Te sigo leyendo.

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