jueves 28 de enero de 2010

De Córdoba a Gijón (III)

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CAPÍTULO 3:
200 PESETAS CADA DOS SEMANAS

Así que allí me encontraba yo, sin ir a clase, escuchando a Paco Ibáñez cuando me sentía guerrero o a The Carpenters cuando la nostalgia y la pena interior me acompañaban, y digo interior porque yo procuraba que no se me notara, y creo que lo conseguí, aunque cualquier persona con más experiencia en la vida que nosotros se habría dado cuenta por lo que pasaba aunque actuara como si me importaran poco muchas cosas.

Bebía más de la cuenta en las frecuentes salidas a las discotecas, y para aquellas dos cosas hacía falta dinero, y de casa, por aquel entonces, me enviaban 200 pesetas cada dos semanas, vamos, ni para empezar, así que había que ingeniárselas. Antonio Valverde comenzó a trabajar en la cafetería y yo, que ya estaba entrenado en el póquer desde Córdoba, busqué dónde se producían las timbas más fuertes y, claro, éstas eran las del último curso, los compañeros de más edad, y por allí me dejé caer una noche de viernes, después de ver el un-dos-tres con Kiko Ledgard de presentador.


Nos encerramos seis en una habitación, dos mesas juntas, una manta sobre ellas, baraja completa y sin comodines, y a jugar. Era el más joven, ninguno de nuestro curso se atrevió nunca con esas partidas… y cuando yo hacía apuestas aquello se meneaba un poco más de lo normal; un pardillo al que iban a desvalijar el resto. Jugábamos al duro –con los de mi curso jugaba a la pesetilla–, pero pronto se subía y aparecían los cinco duros y más en cada revoque. Y yo con mis 20 duros por toda fortuna.

Gané mil pesetas la primera noche. Me dijeron que era la primera vez que un novato ganaba por aquellos lares, así que a las seis de la mañana abandoné aquella habitación con otra medalla puesta sobre mi pecho, y lo más importante, con mil cien pesetas en el bolsillo, una fortuna.

Y venga discoteca, y venga whisky, y en medio de la semana con todos en clase… pues me busqué un amigo: Mío.

─ Mío, ven, venga vamos.


Y Mío, un precioso pastor alemán que había sido entrenado por un jesuita chino y que una vez tuvo que regresar a su país, acompañaba al guarda de por la noche, se ponía a mi lado y me acompañaba en las salidas que hacía por Somió. Sidrerías con mesas y bancos de madera fuera donde poder coger cualquier rayo de sol que consiguiera filtrarse por entre las nubes siempre corriendo y presentes.


─ Una sidrina y un bocadillo de chorizo picante.

Y me salía fuera a tomármelos en aquellos bancos.

─ Siéntate.

Y se sentaba dócil a mi lado.

Y ligaba, ¡cómo ligaba el perro!, más que el acompañante.
─ Que bonito es, ¿cómo se llama?

─ Mío.


Cogía cualquier corcho de los muchos que había por el suelo, lo lanzaba y Mío salía disparado. La vuelta la hacía tranquilo, se acercaba, ponía el corcho en el suelo a mi lado, y daba tres pasos atrás. Yo volvía a coger el corcho y de nuevo lo lanzaba.

─ Es una maravilla.

─ Sí, y está perfectamente entrenado.


─ Tú no eres de aquí.


─ No, soy andaluz, de Córdoba.


─ Mira, aquí lo trae de nuevo.


Y lo soltaba a mi lado, de nuevo los tres pasos atrás, y yo se lo volvía a lanzar.

─ Y ¿vives por aquí?

─ Sí en la siguiente casa.


─ Ah, pues nunca te había visto.


─ Vienes con frecuencia por aquí.


─ Sí.


─ Pero tú qué eres… de la Laboral.


Mío regresaba con el corcho en la boca, de nuevo lo soltaba a mi lado y daba sus tres pasos para atrás.

─ Sí.

La chica era Asturiana de las guapas, o sea, muy guapa; el pelo ondulado, rubio natural, ojos azules, bien alimentada; vamos, un cuerpazo, y yo… un laboral canijo. Mío se impacientaba, se acercaba al corcho y le daba con el hocico acercándomelo más, y volvía a dar sus tres pasos atrás. Yo no me enteraba mientras hablaba con la chica, pero el animal era paciente… y repetitivo, y volvía a acercarme más el corcho.

─ Mira, quiere que se lo vuelvas a tirar.

─ Ah, sí.


Aparte el corcho, me levanté y cogí un palo para tirarlo lo más lejos posible, a ver si me dejaba tranquilo y más tiempo con la chica. Con tantas ganas lo hice que llegó hasta la parcela de al lado, y allí que se lanzó Mío a toda velocidad.


─ ¡Les vaques!
El prado de al lado estaba lleno de vacas pastando tranquilamente y cuando vieron llegar al perro lanzado se asustaron y varias salieron corriendo al camino.

─ ¡Pitonisa! ─ gritó a una de ellas mientras se iba corriendo.

«Ya la he fastidiado». Sí, les vaques y el prau eran de su familia…, y cuando recogió a los animales, no volvió.

Por la tarde nos juntábamos todos en la cafetería, partido de futbito en el polideportivo, ping-pong, póquer a la pesetilla, partidas de mus en las que con Antonio Valverde hacia buena pareja y nos divertíamos de lo lindo; ya sabéis, se juega mucho de farol y con pase de señales al compañero; era relajante y emocionante a la vez, aunque hubo una partida que fue durísima. Tito, buen relaciones públicas, se enrolló con uno de tercero que era el jefe de la cafetería y se lo llevó de pareja para jugar contra nosotros dos. La partida fue en nuestra habitación y Tito no me dio un respiro… ni a mí ni a su compañero de partida. Tito me señaló.

─ Ten cuidado con este, a la primera que te descuides le pasa la señal ─le dijo a su compañero, que a partir de ese momento no me quitó ojo de encima.

No recuerdo su nombre pero su cara no se me olvidará nunca, con algunas marcas de viruela y barba, apenas si miraba sus propias cartas de tanto estar permanentemente pendiente de mí.

─ ¡No le quites ojo que lo conozco como si lo hubiera parío! ─y el otro que le hacía caso, una y otra vez, ya me tenía aburrido, siempre con los ojos clavados en mí, en tensión…, y cuando decía alguna tontería para que se riera, relajarlo, despistarlo un poco, y lo conseguía…, pero Tito que me conocía como… estaba siempre alerta. Y decía nervioso: ¡No piques!, ¡No piques!... que lo conozco como si lo hubiera parío…, y el otro le hacía caso.

«Uff, Tito».

Aburrido, me estiré un poco para relajarme y me pasé la mano por el pelo.

─ ¡Lo ves, ya le ha pasado una señal! ─dijo rápidamente Tito.

No recuerdo quien ganó aquella partida pero mi compañero de Sabiote consiguió que no pasara ni una sola señal. Vaya tarde que me dio, pero bueno, ya me vengaría yo de él, o ¿era él el que se estaba vengando de mí?

Aquel año fue difícil en todos los sentidos. Continuas huelgas y enfrentamientos con la policía. Los sucesos de Vitoria hicieron de detonante para una serie de días en los que la zona norte de España quedó en estado de excepción con manifestaciones incluso dentro de la Laboral por parte de los alumnos que recorrieron la carretera que
unía las edificaciones de arriba con las nuestras. Esa carretera interior terminaba desembocando en la nacional Gijón-Santander, y allí, al otro lado de la valla metálica, nos observaban los mandos policiales desde los autobuses llenos de grises perfectamente pertrechados.



Trabajadores en huelga durante varios días en la ciudad de Vitoria terminaron teniendo un violento enfrentamiento con la policía nacional –los grises, como se les llamaba entonces popularmente por el color del uniforme- llegando incluso a refugiarse dentro de la Iglesia de San Francisco de Asís, eso no fue impedimento para que la policía entrara e incluso dentro utilizaran armas de fuego. El resultado final fue de 5 manifestantes muertos y 150 heridos, 20 de ellos de gravedad. El derecho de huelga, manifestación o reunión aún no estaba reconocido. Al frente del Ministerio de la Gobernación –como se llamaba entonces el Ministerio de Interior- estaba Manuel Fraga, quien lo tenía muy claro, fue cuando dijo esta frase: “la calle es mía”.

Texto de la grabación policial: «Intento comunicar, pero nadie contesta. Deben estar en la iglesia peleándose como leones. ¬¡J-3 para J-1! ¡J-3 para J-1! Manden fuerza para aquí. Ya hemos disparado más de dos mil tiros. ¬¿Cómo está por ahí el asunto? ¬Te puedes figurar, después de tirar más de mil tiros y romper la iglesia de San Francisco. Te puedes imaginar cómo está la calle y cómo está todo. ¬¡Muchas gracias, eh! ¡Buen servicio! ¬Dile a Salinas, que hemos contribuido a la paliza más grande de la historia. ¬Aquí ha habido una masacre. Cambio. ¬De acuerdo, de acuerdo. ¬Pero de verdad una masacre».


Pero a pesar de estas constantes convulsiones, el ambiente de estudio aparecía y mis compañeros se aplicaban, entonces yo buscaba a uno de los dos educadores que estaban a cargo nuestro, tenía una habitación como la nuestra para él solo. Por la mañana era profesor de Filosofía en un instituto femenino de Gijón, y por la tarde con nosotros, con habitación y manutención pagadas… Vamos, que ganaba una pasta al mes. José Luis tenía sobre treinta y pocos años, un mini color marfil con techo negro, y era feo de narices, quiero decir que la tenía muy aplastada como los boxeadores muy golpeados aunque él nunca se había subido a un ring, y por si fuera poco, doblada para la derecha conforme lo veía yo de frente.


Llamé a su puerta.
─ Pase.

─ ¿Qué hay, qué haces? ─tenía un montón de folios delante de él.


─ Aquí, corrigiendo exámenes.


─ Dame la mitad.


Me sentaba a la mesa frente a él y cogía un boli rojo

─ ¿Cuántas preguntas has puesto en el examen?

─ Cinco.


─ Bien.

«Vamos a ver, esta de entrada ha contestado solo tres», y comenzaba a leer. «Buf, no tiene ni idea, un tres, siguiente».

Apenas habían pasado unos meses y la Filosofía que había aprendido con el Padre Erviti ya me estaba sirviendo… para corregir exámenes. Tengo que decir que en varias ocasiones revisó las notas que puse y jamás las cambió.

─ Venga, ya hemos terminado, vámonos para Gijón.

─ No, es temprano aún.


─ No hay problema, dentro de tres días hay examen de Derecho y están todos empollando.


─ Espera media hora.


─ Venga, vale.


Y a la media hora estábamos camino de Gijón montados en el Mini que tenía un agujero en la chapa, en el suelo, junto a donde quedaba la larga palanca del cambio, y que me permitía ver lo cerca que íbamos del asfalto.


Siempre me invitaba, recuerdo sobre todo la cafetería del Consulado de Suecia.

─ Que van a tomar los señores ─y uno de ellos era yo.

─ Una copa de 1800.


─ Igual.


Nos pusieron los dos copones más grandes que yo había visto en mi vida, ni en las películas. Eran tan grandes que parecía que apenas tenían coñac dentro, pero sí, sí que había, porque cogí un colocón que la sonrisa no se me fue de la cara hasta que me acosté y me dormí bastantes horas después.


Pero cuando llegaba el fin de semana, salvo pocos –recuerdo a uno que era de Logroño, le llamábamos el golondrino porque se parecía a un Dominico de Córdoba al que bautizamos con ese mote, incluso las gafas eran similares, que sólo bajó en una ocasión a Gijón– todos íbamos de marcha.



El Dragón Rojo, Cuprum, El Jardín -que nos quedaba muy cerca- eran las salas que visitábamos. A bailar, a beber. De vez en cuando se formaban unos tinglados de los buenos, pocas veces nos vimos envueltos. Pero es que los asturianos eran bravos, apretados, y no les hacía falta ayuda exterior para una pelea. Las sillas volaban, los vasos de los cubatas eran cogidos por el extremo abierto, por la boca, dedo gordo dentro e índice fuera, y así golpeaban la cabeza del contrario por la parte del culo, la más dura.

¡Cloc!, sonaba el golpe, oscuro y seco. Cuando pillaba a uno por detrás que no se lo esperaba ni lo veía venir, no veas los respingos y la cara que ponían las víctimas. A veces se rompía el vaso, pero en una ocasión vi a un experto en el golpe de culo de vaso que pilló a varios en paralelo y de espaldas y en un segundo repartió tres “cloc” que no veáis como picó aquello. Todo esto que os cuento yo lo veía desde la barrera, o lo que es lo mismo, parapetado tras una columna y sin perder de vista lo que pudiera venir por detrás.

Pero esto no era siempre así, había bastantes más días de calma que de bronca… y detrás de un whisky venía otro. Una noche me pasé bien, salí ya bastante cargado del Jardín, y justo en frente, haciendo esquina, había un bar. En un lado de la barra estaban unos cuantos laborales tapeando y bebiendo, una botella de vino tinto estaba algo más de media, y sin decir nada me fui directo a por ella…, me la bebí de un trago. Cuando salimos del bar vi a un grupo de hippies que me observaron con cara extraña.
«Cuando estos me miran así cómo tengo que ir yo».

Me tuvieron que llevar a la Uni entre dos, yo colgado en medio, uno de ellos era, como no, Antonio Valverde, el otro no lo recuerdo, lo que sí tengo grabado es lo que uno de ellos dijo mientras me llevaban: “El mamón este…, con la borrachera que lleva y no se mete en un solo charco, y a nosotros nos está metiendo en todos”.
A partir de aquí lo que ocurrió aquella noche y que ahora reproduzco lo expongo tal y como me contaron que pasó, yo no lo recuerdo. Cuando llegamos… pues lo de siempre, revuelo general, el show, yo diría alguna tontería, voces, cachondeo… y uno llegó corriendo diciendo que venía Román (nombre inventado), otro educador, mayor, en torno a los 60 años, delgado, pelo blanco. Este hombre nos había invitado, en una ocasión a Antonio Valverde y a mí a pasar a su habitación. Cuando se dispuso a abrir la puerta, nosotros detrás nos empujábamos para intentar que fuera el otro el que entrara primero, el forcejeo se estaba notando así que desistí y seguí a aquel hombre que amablemente nos llevó hasta su mesa y allí abrió un cajón del que extrajo un buen montón de fotografías. Me estaba poniendo en paralelo a él seguido por el moro, ya confiado… y cuando llegué a medio metro del educador di un paso atrás, hueco, cogí a Antonio Valverde por el hombro más alejado y lo empujé acercándolo a nuestro anfitrión. Mientras, yo me situaba al otro lado bloqueándole la escapatoria…, y comenzó a enseñarnos su colección de fotos.

Allí aparecían muchos negros, vamos, todos, el único blanco era él. Con frecuencia era acompañado por un sequito en el que él aparecía siempre el primero, bajo un paraguas abierto sobre su cabeza, y sostenido por un hombre que permanecía detrás. Allí estábamos los tres viendo aquellas interesantes fotos, Román, Antonio Valverde –en medio– y yo oyendo como nos contaba que él había sido rey de una tribu. Comenzaron a aparecer fotografías donde un negro sonriente caminaba junto a él, ambos cogidos de la mano. Nosotros no dijimos nada, pero cuando pasaron tres o cuatro fotos de la misma índole, él nos informó de que los amigos, en aquella tribu, se cogían de la mano así, como veíamos, y como se la cogió al moro. Yo, medio segundo antes de que ocurriera me lo olí, así que le metí el hombro para bloquearlo más y no perderme detalle de su gesto, todo cortado, con la cara que enrojecía del subidón que le dio.

Con estos antecedentes, y nerviosos por la llegada del educador, mis compañeros intentaron silenciarme y meterme en la habitación.

─ Venga Antonio, vamos para la cama que viene el Román.

─ Y a mí qué coño me importa.


─ Métete en la cama y cállate.


─ A mí el Román me la reflanfinfa ─me dijeron que dije en voz alta.


─ ¡Hostias!


─ ¡Román!, ¡maricoooón!


Estampida general, laborales en fuga. Hasta Antonio Valverde se largó corriendo de la habitación y buscó refugio en otra…, en la que incluso durmió porque cerré la puerta de un fuerte golpe que hizo que el seguro se echara solo, las ventanas estaban cerradas y las persianas echadas abajo, como siempre, y me acosté. Cuando el moro quiso entrar, no pudo.


¿Y Román?, os preguntareis. Pues cuando me escuchó hizo lo más inteligente, se dio la vuelta y se marchó. A mí nadie me dijo nunca nada respecto a aquella noche.

Al día siguiente me dolió la cabeza de lo lindo. Tenía un sabor de boca que no había forma de quitármelo, cinco veces me lavé los dientes, la lengua… no se me iba el sabor. No volví a probar el whisky aquel año… ni nunca más.

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