jueves 4 de febrero de 2010

De Córdoba a Gijón (IV)

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CAPÍTULO 4

¡PÓKER!!!


De lo que no me pude desenganchar fue del póker, era emocionante y no se me daba mal. Además de sacar un provecho económico, aquello era un curso acelerado de psicología. Los nervios, las reacciones de los contrincantes cuando entraba jugada, la manera de apostar para sacar el máximo…, y los faroles, que intervenían en el juego más que las cartas. Sí, porque con baraja completa y sin comodines es muy difícil que entren buenas jugadas y una pareja de ases –no digamos un trío– valían su peso en oro. Así que lo más importante era conocer a los contrincantes, sus formas de apostar, ser decidido cuando había que serlo, y saber retirarte cuando no tenías tu día. Parece sencillo y fácil, pero os aseguro que no lo es.

Yo, la noche de los viernes al sábado era un fijo de aquella partida, el único de primer curso, todos los demás del último. Recuerdo una noche que me pelaron. Llegué a las tres de la madrugada a la habitación rajando por lo bajini, abrí el cajón de la mesa para coger la calculadora, un bien escaso y muy apreciado en aquella época; había acordado vendérsela al que iba ganando por mil ochocientas pesetas.

─ ¿Si? ─pregunto el moro, mi compañero de habitación

─ Soy yo.


Mientras removía el cajón buscando yo continuaba quejándome.

─ ¿Pero, qué pasa?

─ Estoy buscando la calculadora.


─ ¿Ahora?


─ Si, la voy a vender.


─ ¿Vas perdiendo?


─ La estoy palmando y bien, no me entra ni media jugada.


─ Pues déjalo, no es lo que siempre dices que hay que hacer en esos casos.


─ Estamos en mitad de la partida, voy a intentar al menos recuperar.


Por lo general esa es una de las peores decisiones que se pueden tomar y yo lo sabía, pero cuando te empecinas –que al jugador de póker le ocurre con asiduidad– es difícil decir basta y asumir la pérdida. Los juegos en los que median las apuestas económicas continuada, son los juegos de la esperanza, primero de ganar, y después de recuperar lo perdido. Así que volví. Hasta la seis de la mañana que se terminó la partida estuve.


Aquella noche mis naipes no cambiaban de signo pero iba manteniendo las mil ochocientas pesetas que me había proporcionado la venta de la calculadora y había recuperado unas doscientas pesetas a base de riesgo, pero por lo demás mi suerte en las cartas que me repartían no había cambiado.


En una de las jugadas, el que va de mano –al primero que le echan cartas– había puesto un dos por cuatro (pone dos duros y el que quiera ir tiene que poner cuatro sin poder revocar; él tiene la potestad de preguntar a cada uno de los que entre a por cuantas cartas va a ir en el descarte, para a continuación él tomar la decisión de ir o no: que no va, pues pierde los dos duros; que va, pues pone los dos duros que faltan e incluso puede revocar quedando esta opción ya libre para todos los que vayan). Yo era penúltimo y cuando vi las cartas aprecié una pareja de ochos, bueno, una pareja es una pareja, y ya había entrado uno. Los dos siguientes pasaron, así que cuando me tocó a mí, decidí ir y puse mis cuatro duros, el siguiente y último, que estaba a mi derecha dando las cartas, también fue.

─ A por cuantas vas a ir –preguntó el mano al primero que había entrado.

─ A por dos.

«Trío o pareja apoyado con un as».
─ Y tú –me preguntó después.

─ A por tres –contesté.

«Pareja» pensaron todos y, efectivamente, era lo que llevaba.
─ ¿Tú?

─ A por una –contestó el que me seguía y repartía.
«Doble pareja, a por color o a por escalera».

El mano se quedó mirando el montón de duros en el centro de la mesa, pensativo.

Después bajó la cabeza y dijo.

─ Pongo mis dos duros que faltaban y subo diez duros más.

Las monedas sonaban cuando se unían al montón formado en el centro. Tenía que hablar el siguiente..., pero no habló de inmediato, algo le estaba pasando. Aunque la luz era pobre, amarillenta, y el ambiente estaba cargado por el humo de los cigarros que constantemente fumábamos, pude ver claramente que se estaba poniendo pálido, pero que muy pálido, como siempre le ocurría cuando le entraba jugada y veía que allí podía sacar tajada.

─ Voy –dijo finalmente después de mucho pensárselo, haciendo el paripé.

Yo, desde que le vi el cambio de color en el rostro sabía que iba. Ahora me tocaba hablar a mí, y pensé algo que nunca se debe de pensar en el póker: «de perdidos al río».


─Voy –dije mientras ponía mi dinero.

El que me seguía, el último, no se hizo esperar. Estaba deseando de que terminara de poner mi dinero.

─ Pongo lo diez duros y veinte duros más –dijo decidido.

Me sorprendió. Era al que peor podía ver el rostro por estar junto a mí, pero me percaté de que estaba tieso como un palo.
«Ostras, ya se ha formado el lío».

El mano y rostro pálido fijaron su mirada en él. Mutis…, ni pestañeaba el tío.

El mano se lo pensaba, parecía tranquilo pero de eso nada, podía notar cómo apretaba el maxilar una y otra vez, repetidamente. Iba a tomar una decisión, dudaba, después se reprimía.

Cuando tú has metido un revoque te gusta ir dominando y arrastrando a los demás hasta llegar al final, salirte con la tuya. Te gusta mandar y que nadie te salga respondón, justo lo que le acababa de pasar.


Yo creía que iba, lo que se estaba pensando era si revocar a su vez él, era lo que le pedía el cuerpo: «chulo tú, más chulo yo». Pero el que acababa de revocarle lo había hecho sin saber a por cuantas cartas iba a ir él, por lo que muy fuerte debía ir o albergaba grandes esperanzas de ganar…, o… ¿se estaba marcando un farol y esperaba que nos tiráramos todos para llevarse lo que había ya en la mesa que no era poco?


─ Voy –dijo finalmente poniendo sus cien pesetas mientras daba dos apretones más de maxilar que se le marcaban en el lateral de la cara.

Frente a mí, rostro pálido estaba blanco, pero blanco…, blanco. Fue sin rechistar. Si llega a revocar yo tiro las cartas porque estaba cantado que llevaba trío de ases.

Ahora me tocaba a mí, no había que volver a mirar las cartas para asegurarme. Una pareja de ochos es insulsa y no te entra la duda de que lleves algo más que no has visto en el primer vistazo. Eché cuentas, si iba y no me salía nada más perdía lo que había puesto que era más o menos lo recuperado después de vender la calculadora.

Vuelta a empezar, pero por lo que estaba viendo, allí se iba a formar un fregao de los buenos en el que quería participar.

─ Voy.

Y puse mis veinte duros.

─ Cartas –dijo el que daba sin cambiar su rigidez.

─ Una.


El mano podía llevar la misma jugada que él. «Doble pareja, a por color o a por escalera», pensamos todos.


Le echó la carta, yo pendiente de cuando la mirara y la reacción de su rostro, pero las mezcló con las suyas y comenzó a marearlas.

─ Dos –dijo rostro pálido recordándole las que le tenía que echar, cosa que hizo a continuación.

─ Tres─ dije sin mirar al que daba, estaba pendiente de los otros dos. El primero seguía moviendo las cartas y rostro pálido pendiente de él, yo pendiente de los dos.


El último se echó su carta y recogió todas las de los descartes. Las unió a las que habían sobrado en la baraja, las amontonó y las apartó.

Rostro pálido se disponía a mirar las cartas que le habían entrado desplazando mínimamente una sobre otra. Lo hacía lentamente, sin prisas, tardó lo suyo, me daba tiempo a repasar a los demás. Todos estábamos completamente concentrados. El maxilar del mano se volvió a marcar con dureza, lo vi yo y el que daba cartas, que a su vez también lo miraba. Se dio cuenta que estábamos pendientes de él. Aparté la vista y entonces vi el gesto de rostro pálido, pasaba la palma de las manos por el borde que hacía la manta con la mesa, se limpiaba el sudor a pesar de que allí no hacía calor.
«Ha cogido jugada y fuerte», pensé mientras me pareció escuchar algo dentro mi.
─ Doscientas pesetas –dijo el mano cortando con su voz el silencio, abría las apuestas cuando yo esperaba que pasara, era lo lógico.

Rostro pálido tenía sus dos manos sobre la mesa, tapando las cartas. Entre estas y su pecho, los montones de monedas apiladas sobre los billetes. Miraba cómo el primero ponía las doscientas pesetas. Después llevó una de las manos sobre el montón de monedas de diez duros, hizo varios montones de dos monedas y de pronto levantó el rostro mirado al que había repartido mientras inspiraba profundamente, los labios también se le habían puesto lívidos.


Este ya me había dado toda la información, iba cargado, así que decidí entonces mirar mis cartas. Había puesto los dos “ochos” sobre las tres cartas que me habían dado, e hice lo que siempre hacía, pasé una de ellas abajo, la ponía última, así quedaban las que me habían servido en medio…, y a ver, despacio, lo que me había deparado la suerte. Comencé a desplazar lentamente aquel ocho rojo que tenía delante. Buscaba ver el pico con el número o la letra de la siguiente carta, y pronto vi aquella línea curva que parecía un tres invertido. Respiré y abrí un poco más para asegurarme, la cosa no estaba para equivocarse en ese momento. Efectivamente, era un ocho.


«Suerte Antonio», pensé mientras me puse a desplazar la siguiente carta.

El palote recto con el pico de arriba hacia fuera me informó de que aquello era una “K”, un rey, buena carta, que me abría más posibilidades de mejorar la jugada, inmediatamente pensé en un full.

─ Voy –dijo rostro pálido poniendo sus doscientas pesetas.

Levanté la mirada unos segundos para apreciar su actitud, después de soltar el dinero miró al que había dado cartas. Comencé a saber qué era lo que me había parecido escuchar en mi interior. Mi corazón bombeaba cada vez más fuerte.
Volví a lo mío, me quedaba una carta por ver, tenía un trío de “ochos” y un rey, con un poco de suerte podía estar a la altura de mis contrincantes así que comencé a desplazar la siguiente carta lentamente, ahora me tocaba hablar a mí… y vi de nuevo aquella línea curva del tres invertido.
«¡Dios, es un ocho!»

Dudé si había abierto correctamente las cartas y se trataba del ocho que había dejado abajo. Las separé bien. Las miré de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, no había duda, allí estaban los cuatro “ochos”.

«¡Póker de ochos!»
Levanté la cabeza, todos me miraban. Reaccioné rápido.

─ Venga, voy –y solté rápido mis doscientas pesetas intentando llamar la atención lo menos posible.

“Bum”. “Bum”. “Bum”. Mi corazón golpeaba fuerte y noté el cuello más ancho que nunca.

La calculadora mental comenzó a funcionar rápido.

«Vamos a ver, póker de ochos y tengo un rey, ¿de qué cartas me descarté?, una “J”, un “cinco” y un “tres”, por lo tanto no puede haber póquer de esas cartas».
En esos pensamientos estaba yo cuando habló el que faltaba:

─ Pongo las 200 pesetas y 500 más.

Seguía derecho, adelantado, sin reposar la espalda en el asiento. Los demás, incluso los que no habían ido, sí que nos removimos.
«Este va bien cargado, además revocó antes, y ha ido a por una, a ver si lleva también póker, pero si lo lleva… no es normal que vaya a por una, dice servido para que piensen que lleva escalera o color, dos jugadas inferiores al póker. Vamos a ver ¿qué probabilidades tengo a favor de que haya un póquer que me gane?». Repasaba mentalmente: «AS, Q, 10, 9».
« ¿A cuántos les gano?: 7, 6, 4, 2»
« ¡Maldita sea!, si hay otro póker en la mesa tengo las mismas probabilidades de ganar como de perder»

Le tocaba hablar al que iba de mano y que valientemente había comenzado apostando. Miraba fijamente al tieso, este a su vez continuaba fijo en el montón de dinero que había sobre la manta, en el centro de la mesa. No cabía duda de que estaba tenso, aunque procuraba que no se le notara nada, ni blanco ni negro; pero os aseguro que su rostro era peor que el que tenía en una fotografía suya que me había enseñado en una ocasión donde aparecía corriendo delante de un toro, a medio metro de los cuernos, girando algo la cabeza, viéndolo ahí…, y él solo con sus piernas para correr y un periódico en la mano como última defensa. Este compañero de 3º los tenía bien puestos. y estaba metiendo un revoque que acongojaba un rato.


El mano se lo pensó mucho, seguramente estaba haciendo cuentas del dinero que estaba sobre la mesa. Bueno, si él no lo estaba haciendo, yo sí. Con las quinientas pesetas que acababa de poner el de Tudela había exactamente 1.980 pesetas. Dio varios apretones de maxilar y habló.


─ Veo –dijo, mientras añadía sus 500 pesetas al montón central.

Rostro pálido estaba cogiendo un colorcillo tirando a morado.
«Y este como mínimo llevaba un trío, casi seguro, y continua yendo. Hay bastantes probabilidades de que haya trincado más, si va a las quinientas seguro que lleva más»

─ Yo también veo.

Ahora me tocaba a mí, y si mis cuentas no fallaban allí había en aquellos momentos 2.980 pesetas, jamás en todo aquel año se había llegado a una apuesta como esta, ni que se le acercara. También pensaba en las jugadas que llevaban los otros, escalera de color sin comodines lo daba por imposible; pero allí había otro póker, casi seguro, y eso sí que me preocupaba porque había calculado que tenía las mismas probabilidades de ganar que de perder con mi póker de ochos.
Levanté la cabeza y todos me miraban.

“¿Vas a ir o no?”, parecía que me decían con sus ojos. Todos estaban impacientes por ver el desenlace…, y sobre todo por ver quién se llevaba la pasta.

El jugador de póker siempre sueña con una jugada como esta, con mucho dinero de por medio y dándole el palo a todos; solo que en ese sueño se lleva escalera de color o póker de ases como mínimo…, y esa, precisamente, no era mi jugada… Pero ¡ojo!, un póker es un póker.

─ Ahí van mis quinientas pesetas…, y mil pesetas más ─dije.

Me la jugaba, y los latidos golpeaban ya mis sienes.

─ ¡Hostias…, hostias…, hostiaassss…! ─exclamó uno de los que no había ido mientras que el otro se reía nerviosamente.


Cercanas las cinco de la madrugada, seis jugadores fumando insistentemente en torno a la mesa. Los cuatro que habíamos entrado en aquella mano íbamos a degüello…, y entonces fui yo el que hizo mutis por el foro fijando la mirada en el montón de dinero.


Hasta el tieso se rebulló por fin en su asiento cuando vio que le había copiado la pose. Pero no se lo pensó mucho.


─ Veo –dijo poniendo las mil pesetas.


─ Yo también –dijo el siguiente.


─ Y yo también veo –dijo el último, con el rostro tan morado que me preocupaba ya tanto como ganar o no ganar aquella partida.


Sí, todos queríamos ver, pero ninguno quería enseñar sus cartas el primero.



3 comentarios:

  1. Antonio, gracias por recordarnos viejos tiempos con magnificos cuadros literarios, como este capitulo. Tambien me ha llamado la atención el anterior, te mueves de un lado a otro, las dudas, creo que no lo haces así por casualidad, ¿has querido reflejar la indesición que había en España en esos momentos? O el primero, un movimiento circular en un cristal y nos llevas a otros lugar y a tiempos que aun duros, creo que todos añoramos.
    Aunque mi relato preferido es el bulevar de los filosofos. Cuando he ido a ver la pelicula Agora, me sonaba el nombre, pero no sabia de que. Cuando comenzó recorde tu relato. La esencia de media pelicula esta tambien recogido en tu relato, un antiguo laboral, uno como yo. La he leido varias veces y cada vez que lo hago siento satisfacción.
    Gracias compañero,
    Jose Antº Jimenez

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  2. Antonio, con tu estilo has procurado que viva la partida de cartas, sin ser un jugador. Has sabido transmitir la tensión de la situación in crescendo. Ya al final ha sido más relajante, y sobre todo cuando no has permitido,al final de tu relato, que nadie enseñase las cartas.
    Para el próximo relato,habremos de reeler este para culminar la noche.....
    Te felicito.
    Manuel Porcel.

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  3. Solo él logra -hace- que uno esté ahí, en la partida, en el tren... en los pasíllos de la uni, o en el comedor...
    Tiene el enorme don, de saber comunicar.. y así, los que le leemos, aprendemos.
    Felicidades, por tu inteligencia, tu sensibilidad, y porque eres muy "pillu"...
    Saludos también, a tu esposa.

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