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CAPÍTULO 5
EL VAGABUNDO DE LAS ESTRELLAS
CAPÍTULO 5
EL VAGABUNDO DE LAS ESTRELLAS
Antonio Valverde entró en la habitación y encendió la luz, yo me giré en la cama.
─ ¿Qué hora es?
─ Las once y media, te he traído un bocadillo de tortilla –dijo mientras lo depositaba en la mesa.
─ Gracias.
─ Qué…, anoche la palmaste, ¿no? ─sonreía.
─ Que va… ─le contesté mientras me incorporaba.
─ Pero si llegaste rajando que no veas, buscando la calculadora para venderla
─ Sí, pero después los limpié ─tiré del cajón de la mesa─, aquí está la calculadora.
─ ¡Anda ya!, ¿ganaste?
─ Qué pasa, ¿no te lo crees?
─ No –me dijo con inseguridad, cambiaba su gesto, él era el compañero que mejor me conocía.
─ Mira –cogí el pantalón vaquero que estaba sobre la silla y metí la mano en uno de los bolsillos y saqué un montón de billetes de cien pesetas y alguno de quinientas que os imagináis cómo relucían, además de monedas.



─ ¡Que maricón eres…! , pero es mucho dinero.
─ Sí y en el otro bolsillo hay más, no lo saqué cuando llegué para no despertarte. El palo más fuerte que se ha dado nunca aquí lo metí yo anoche, recuperé la calculadora que había vendido y ahí hay unas seis mil pesetas.
─ Pero ¿en una jugada?
─ Sí.
─ ¿Qué llevabas?
─ Póker de ochos
─ ¿Y los otros?
─ Entró uno con un full de ases, otro con color de diamantes, y otro más con un póker de doses.
─ ¿Un póker de doses?
─ Si señor.
Aquella mañana por fin me sentí tranquilo y medio feliz, harto como estaba de tantos días con la procesión por dentro. Sí, porque ni las salidas a la discoteca, ni hacer el vago, ni las escapadas en el Mini, ni montar un cachondeo a las primeras de cambio me servían para aminorar la insatisfacción que sentía.
La lucha conmigo mismo era dura. Con frecuencia me preguntaba si era correcto lo que estaba haciendo porque los demás compañeros seguían allí dale que te pego, responsables, como mi madre me decía que fuera yo en todas y cada una de las cartas que me envió desde que entré en la Uni: “Hijo, que seas responsable y trabajador”.
Esta frase nunca faltaba. Y cuando veía a Serna que era de nosotros el que le metía más fuerte a los estudios no podía evitar pensar:
«Antonio, ¿te has ido de ligero en tu decisión?».
Y volvía a analizar aquello intentando ser objetivo, como una jugada de póker, repasando la información que tenía y viendo mis probabilidades. Siempre llegaba a la misma conclusión: mi decisión era la correcta.
Ya no era un niño, la formación que había recibido aquellos años dejaron una huella profunda, tomaba por mi mismo decisiones no exentas de riesgo, asumía las consecuencias. Aún así, las dudas persistían, no sabía si estaba haciendo lo correcto, y de tanto escribírmelo mi madre lo había interiorizado: ¿Estaba siendo responsable?
No tenía ni ganas de leer, pero hubo una novela que circuló por allí y que tuvo bastante éxito entre nosotros. Recuerdo su pasta perfectamente blanca, solo las letras del título: El vagabundo de las estrellas.
De alguna manera yo sentía cierta conexión con el espíritu del protagonista. Un hombre encarcelado, condenado a cadena perpetua, solo en una celda…, sigue rebelándose contra el único hombre con el que tiene contacto, su carcelero, quien intenta doblegarlo aprisionándolo aún más poniéndole una camisa de fuerza con la que lo inmovilizaba totalmente… Apenas podía respirar, pero a base de meditación conseguía liberar el alma del cuerpo, salía de la prisión, era libre, incluso se convertía en distintas personas, tenía distintas vidas.

Yo fui prácticamente el último en leerla. Tan presente estaba en nuestras conversaciones que una tarde, cuando estábamos reunidos un buen número de nosotros, dije: “voy a ver si consigo hacer meditación trascendental”, para lo cual pedí que no hicieran ruido…, había que concentrarse…, y les pedí que hicieran algo especial: “No sé, lo que vosotros veáis…”
─ ¿Cuánto tiempo se necesitará?
─ Por lo menos un par de horas –dijo alguno.
Serían las seis de la tarde, la persiana estaba bajada, como siempre desde que comenzó a llover…, y cerraron la puerta de la habitación.
Allí dentro me quedé, a solas y a oscuras. «Cómo llueve…», y me quedé dormido. Al cabo de la hora me desperté, la lluvia seguía, pero a los cinco minutos parecía que había parado. Me levanté y subí despacio la persiana de madera, caía un leve sirimiri.
Abrí el ventanal y salté fuera. El tejado tenía un ala que me cubría lo justo, así que me agaché alejándome el equivalente a seis o siete habitaciones…, y volví poco a poco mirando por entre las rendijas de las persianas, sin ser visto. No estaban haciendo nada fuera de lo común, estudiar, alguno tocando la guitarra…, hasta que llegué a la habitación de Tito, que estaba sentado a la mesa, estudiando; pero su compañero, valenciano, estaba sacando todos los cajones del armario y los estaba amontonando en medio de la habitación. En la oscuridad una sonrisa debió de iluminar mi rostro porque de inmediato me dije: «Ya lo tengo», y me fui con más sigilo, si cabía, para mi habitación.
Dentro, persiana abajo con cuidado…, y comenzó a llover con más fuerza que antes, así que me eché sobre la colcha y Morfeo medio me acogió otra vez.
Mis compañeros no se habían olvidado del tema, a las dos horas clavadas hicieron acto de presencia. Yo realmente estaba adormilado, tumbado sobre la cama, pero cuando vi la legión que entraba tuve que hacer un verdadero esfuerzo para que no me diera la risa.
─ Qué, ¿cómo ha ido eso?
─ Ostras, nada, me he quedado dormido.
─ Entonces, ¿no has hecho la meditación trascendental?
─ ¡Qué va!, tanta meditación me ha dejado frito, ni me he dado cuenta, y no veas que sueños…, que tonterías.
─ ¿Si?
─ Sí, pasaba como sobrevolando las habitaciones, todos estabais estudiando o de aquí para acá, además este –señalé al valenciano– estaba sacando todos los cajones del armario y los amontonaba en el centro de la habitación.
Teníais que haber visto las caras que pusieron cuando dije aquello.
─ Mírale las suelas de los zapatos que de este no me fío –dijo Tito.
Dos para una suela y dos para otra.
─ ¡Están secas!
Me incorporé. Tito miró para la persiana y estaba completamente bajada, como siempre…, y ¡cómo llovía! Bocas abiertas de sorpresa.
─ ¡Ha hecho meditación trascendental!
─ ¡Qué va!, me he quedado dormido, he soñado…
─ ¡Que no!, ¡que lo has conseguido!, este estaba poniendo los cajones en medio de la habitación, como tú has dicho…
Yo bajé la cabeza, miré la colcha como reflexivo, concentrado… para que no se me escapara la risa.
Aquello se extendió como un reguero de pólvora: “El Bustos ha hecho meditación trascendental”.

Después, en el comedor, durante la cena, el tema se terminaba de poner en conocimiento de los que no lo sabían. Me miraban con asombro mientras cuchicheaban.
Al día siguiente, en el mismo comedor y a la hora del almuerzo, estábamos sentados en la mesa cuatro de Córdoba, no es seguro pero posiblemente seriamos Santi, Serna, Antonio Valverde y yo. Comíamos con cierta prisa, el más lento era yo, como siempre, no sé si por una experiencia que tuve una noche unos años atrás con un bocadillo de calamares y que me había enseñado que la comida había que masticarla bien, o porque sencillamente era el más lento; el caso es que yo siempre me llevaba el peor filete o la naranja más chuchurría, y ¡no dijeras nada!, era peor. De alguna manera, en nuestra mesa y en las del resto de aquel comedor todos los días se daba una competición no hablada a la hora de comer, algunos incluso más que comer lo que hacían era engullir. Así que en aquellos momentos estábamos en plena competición para acabar primero el primero, y fue cuando pensé en aclarar la cuestión.
─ Por cierto, lo de ayer por la tarde, ni meditación trascendental ni nada.
─ ¡¿Cómo?!
Levantaron los tres las cabezas sorprendidos y serios.
─ Que ni meditación trascendental ni nada –dije mirándolos como si fuera una cuestión evidente.
No me creían, preferían lo otro. Yo ya tenía experiencia con el Padre Eustoquio que por más que insistí una tarde diciéndole cómo eran las cosas en otro entuerto, no creyó mi verdad tres años atrás, y ahora me estaba ocurriendo lo mismo
─ Pero, ¿cómo os podéis creer eso? –dije sonriendo irónicamente al tiempo que movía negativamente la cabeza.
─ ¿Cómo lo hiciste?
─ Salté por la ventana.
─ Pero si tenías la suela de los zapatos secas.
─ Y yo que sé…, pues se habrían secado. Lo que os digo, y me parece increíble que no me creáis, es que de meditación nada, que salté y os vi a todos desde fuera.
Me levanté. Mi primer plato no estaba ni medio pero me dirigí al carrito, en el centro del comedor, donde estaban las bandejas con los segundos platos. Cogí la que consideré que tenía mejores filetes y volví tranquilamente a la mesa. Allí estaban mirándome, serios, sorprendidos. Me acerqué a la mesa y sin sentarme cogí mi tenedor, miré los filetes y cuando decidí cual era el mejor, dije: “Y este filete es el mío” mientras le dejaba pinchado el tenedor y bajaba la bandeja depositándola en el centro de la mesa. Los compañeros reaccionaron, salieron del letargo que les habían producido mis palabras. A toda velocidad cogieron sus tenedores y buscaron para pinchar, el que tuvo menos reflejos se quedó con el peor. Os diré que al cabo de una semana todos en el comedor estaban preparados con el tenedor en la mano, en alto, esperando la llegada de las bandejas, solo el que iba a por ella se llevaba el mejor filete… y a partir de entonces comí más tranquilo.
P.D.: “El vagabundo de las estrellas” es una novela de Jack London. La mayoría de la extensa producción literaria de este magnífico escritor está basada en experiencias personales, y aunque esta novela sea de las más fantásticas, posiblemente también sea de las más autobiográficas, su madre era espiritista y él estuvo encarcelado por vagabundo.

¿vagabundoo??
ResponderSuprimir¿de las estrellas???
¡¡ pero qué "bícho" !!!!