CAPÍTULO 6:
SANTI Y EL HIJO DE PUTA
Pero lo que siempre estaba en ebullición era el ambiente político. En Asturias incluso se llegó a declarar el estado de excepción. SANTI Y EL HIJO DE PUTA

Las huelgas de las minas de La Camocha creaban un revuelo que llegaba hasta la Laboral ya que muchos internos que allí estaban eran hijos de mineros. Se realizaron asambleas en el teatro para decidir si se realizaban manifestaciones por aquel motivo, como se realizaron cuando Los sucesos de Vitoria. Aquellas asambleas eran moderadas por un jesuita (sin hábito, como siempre) que iba dando el turno de palabra.
Mis compañeros de Córdoba eran más prudentes que yo, esperaban a que pasara el examen de turno, pero por la tarde se marchaban de vez en cuando a Gijón, a despejarse, ir al cine, de bares por Cimadevilla, la zona del casco antiguo que se concentra en subida al final de la playa de San Lorenzo.
Caminaban como siempre, juntos, se detuvieron en un quiosco y comentaron algunas portadas de revistas. No se dieron cuenta que a sus espaldas se detenía un SIMCA 1200 de color verde del que se bajaron dos hombres, los que iban en el asiento de atrás, y se dirigieron hacia ellos.
No les dijeron buenas tardes, sino...
─ Policía, documentación.
Los tres, sorprendidos, echaron manos a sus carteras. Santi, el más alto de nuestros compañeros, se percataba de que uno de ellos, rubio, no le quitaba ojo de encima, pero es que el otro, mayor, bajito, hizo unos movimientos que le hizo pensar: «este tío es cojo», por lo que acto seguido se hizo la pregunta lógica: « ¿un policía cojo?, esto no me cuadra».
De todas formas les entregaron la documentación y efectivamente, el rubito tenia preferencia por él.
─ ¿Tú que vives, en Almería?
─ Si
─ Entonces, ¿qué haces aquí?
─ Estudio en la Universidad Laboral.
No tenia ojos nada más que para él. Lo repaso de arriba abajo mientras nuestro compañero desviaba la vista y miraba a Serna y a Serrano que tenia la boca abierta, este intentó tragar saliva pero no pudo, se le había secado en un segundo; los dos estaban tensos, pálidos, como imaginó que debía de estar el mismo.
Y cuando de nuevo volvió a mirar al frente, allí le estaba esperando.
─ Tú te vienes con nosotros.
─ Pero por qué ─consiguió decir Santi, los otros dos no hablaban, aunque en esos momentos él sabía por qué le podían estar escogiendo, el rubio tenía una pinta de marica que no se aclaraba y Santi…, entre nosotros, era un guaperas, el que más ligaba, ninguna se le resistía, y a veces estas cuestiones tienen sus inconvenientes, ejemplo sea.
─ Porque lo digo yo.
─ Pero yo no sé si ustedes sois policías de verdad.
A Santi aquellos dos no les daba la imagen.
─ ¿No te he enseñado la placa? ─dijo el bajito y cojo, confirmado.
Efectivamente, cuando llegaron y se identificaron como policías le había enseñado una placa vieja, mohosa, que como mínimo creaba dudas. Además, ni él ni los otros habían visto anteriormente otra, ellos qué sabían. Todas las dudas del mundo se le acrecentaron en aquel momento.
Santi se vio en la tesitura que muchos españoles se vieron en aquellos años oscuros. A uno de los que aguardaba en el coche le debió de parecer que la conversación se alargaba ya mucho, por lo que salió y se dirigió al grupo donde Santi se resistía a obedecer a aquellos dos, pero el recién llegado no dudó.
─ ¡Metete ahora mismo en el coche o te voy a dar dos hostias que te vas a acordar toda tu vida!
Fue convincente, a Santi solo le quedó decir a Serrano y Serna que informaran en la Laboral de lo que estaba sucediendo, y ellos no perdieron tiempo.
Fotografía tomada del álbum de Francisco Sevillano. De pie, los tres protagonistas de esta historia. Comenzando por la izquierda, Serna (le sigue Aurelio, que aparece en el relato “Una historia entre miles”), Santi –el más alto y con gafas- y Serrano.
Dos policías delante y detrás, Santi, entre los otros dos, el rubio y el cojo. Solo le faltaba oír la voz del que conducía, con el que en ese momento se cruzaba la mirada a través del espejo retrovisor, este no perdió su oportunidad de poner su granito de arena y dejó caer su frase para no ser menos. ─ Así que tú eres el bombero.
Un nuevo escalofrío recorrió su cuerpo que ya los albergaba por capas, frío sobre frío, ni el mejor de los abrigos le habría quitado el temblor que comenzaba a notar en sus manos. Bajó la mirada, no dijo nada, se preguntó a qué venía todo aquello, salvo que estuviera en un coche con cuatro maricones en cuyo caso se iba a enterar él y ellos, pero sobre todo él, aunque estaba decidido a vender cara su derrota o como lo queramos llamar.
Pero digamos ya, y aquí, que Santi en esta primera interrogante tuvo suerte, aquellos cuatro eran policías de verdad. Nuestros compañeros estaban paseando aquella tarde cerca de un colegio de monjas al que llamaban con frecuencia diciendo que habían puesto una bomba, para que lo desalojaran y así se suspendieran las clases.
Cualquier novio de una de las chicas que estudiaban allí o algo parecido debió de ser. El caso es que nuestro compañero, en comisaría, y con la primera duda resuelta se tranquilizó un poco, él no había hecho nada, nada tenía que temer. Lo que no sabía era que una vez que entras allí también hay que tener suerte, porque si tu físico encaja con la descripción que ha hecho alguien o hacía falta encontrar un culpable rápido para que el comisario se fuera tranquilo a pasar el fin de semana con el caso resuelto, lo podías pasar mal, pero que muy mal.
El interrogatorio dentro de un despacho oscuro no se hizo esperar.
─ ¿Tú qué eres, marxista, leninista…?, o solo comunista…
Todo lo que Santi se había recuperado le sirvió solo para volverlo a perder.
─ Yo no soy nada de eso ─contestó aguantándole la mirada, cosa que no era fácil.

─¡Ya!
Aquel hombre algo mayor, con gesto asqueado, mirada cruzada y despectiva, te decía, sin decirte, una gran verdad: «tú aquí no eres nadie, aquí mando yo; y yo, chaval… soy Dios», y el interrogado lo percibía de inmediato. Estaba acostumbrado a hacer su trabajo, meter el miedo en el cuerpo todos los días al que se sentara delante, y su aspecto, su pelado a cepillo, el bigote recto y la cara agria le ayudaban.
─ Igual eres las tres cosas a la vez, sabemos que la Universidad Laboral está llena de rojos, ¡ya tenía ganas de tener a uno de vosotros aquí!
A Santi aquello le pareció increíble y surrealista, lo mismo que cuando su madre le dijo antes de iniciar el primer viaje a Gijón:
─ Rafa, tu dedícate solo a estudiar, no te vayas a meter en la ETA ─ (Alguna madre de las nuestras dijo esto, y posiblemente no fue solo una, pienso que diciéndolo ellas se quedaban más tranquilas).
─ Pero mamá, ¿tú te crees que la ETA es un equipo de fútbol?
Increíble pero real, y además le estaba ocurriendo a él.
─ A ti se te va a caer el pelo ─le soltó despacio, con toda la mala leche que siempre tenía calentita y preparada para servir.
Santi asumió que se le venía encima un tema duro, se preparó para aguantar. Se olía que la primera hostia no iba a tardar mucho. «Igual así me caliento un poco». Pero curiosamente, ahora no se sentía preocupado por él, por lo que le pudiera pasar; estaba preocupado por su padre, tan lejos, y que le iba a dar un tremendo disgusto cuando se enterara.
Si, así fue. Creo que esto recoge cómo éramos, cómo la vida y nuestros padres nos habían educado en aquellos tiempos, cómo los hijos captábamos la preocupación de ellos que, vivido lo que habían vivido, con frecuencia nos decían: “hijo, tú no te vayas a señalar, haz lo que haga la mayoría”. Las necesidades que teníamos nos hacía marchar a muchos kilómetros de distancia a estudiar en un internado porque en casa aquello no nos lo podían pagar. Sin hablarlo comprendíamos padres e hijos que había que asumir unos riesgos en aras de un mejor futuro.
Aquello duró un buen rato, el interrogador queriendo meter a nuestro compañero en el Partido Comunista y él que no quería entrar. El policía no tenía prisas, le dijo que esperara en el pasillo, que se lo pensara, y allí estuvo Santi, preocupado, viendo pasar policías de un lado para otro; incluso uno de ellos, mayor, que viéndole la cara (Santi tenia la tez limpia y clara, con las mejillas sonrosadas) peor que pálida, se interesó por él, le preguntó. Aquel hombre le dijo que tenía un hijo de su misma edad, y Santi le contó los pormenores.
Acababa de conocer al policía bueno, que también existe, como en las películas, y le dio ánimos diciéndole que ya vería como no le pasaba nada y se arreglaba todo.
Pero nuestro compañero tuvo que entrar de nuevo a aquel despacho, como entró otro policía cuya carta de presentación fue sacar la pistola y ponerla en lo alto de la mesa. El corazón y los ánimos de nuestro compañero eran una noria, y al poco rato… otro policía más. «Estos ya son muchos, y… ¿todo esto por mí?». Si, era demasiado para un joven de diecinueve años, asustado, preocupado por el mal rato que le iba a dar a su padre y que además no había hecho nada. Menos mal que el último se puso delante de una máquina de escribir y por fin la pistola fue guardada en el cajón de la mesa. Nada más tomar sus datos y comenzar la declaración, un nuevo policía entró y habló al oído del jefe.
De inmediato la ira asomó a su rostro. Informado de lo que fuera hizo un gesto para que el mensajero se marchara. Cerrada la puerta, aquel tipo se levantó y paseo lentamente hasta ponerse al lado de nuestro compañero que mantenía la mirada puesta en la mesa. Por el lateral vio como aquel hombre se subía aun más los pantalones y estrechaba el cinturón con fuerza.
─ Bueno chaval ─resopló.
Y a Santi le pareció escuchar su mala leche en ebullición mientras se le acercaba. No se atrevió a mirarlo.
─ Vete ya ─dijo como con pena.
Nuestro compañero no se lo creía.
─ No te quiero volver a ver más por Gijón.
«Entonces sí me puedo ir», pensó cuando escuchó estas palabras que reafirmaban.
La alegría le inundó, le impulsó a levantarse rápidamente, sin pedir permiso, pero el tipo quería que no se olvidara de él.
─ ¡ Eeehhh!, mírame…, ¡mírame niñato de mierda! ─y Santi lo miró girando un poco su vista a la izquierda.
El hijo de puta se le acercaba con gesto de “hombre”, de “macho”, tal y como alguna autoridad entiende esas palabras, hasta que ya no podía verlo porque se le puso detrás, se le acercaba al oído.
─ Metete en la Laboral y no salgas más, ¡¿me has oído?! ─Santi bajó la cabeza─, quédate allí metido para siempre, que no te vuelva a ver yo más por Gijón.
Aguantó el tirón con la cabeza baja y sin contestar lo que el cuerpo le pedía, era lo más inteligente.
Santi buscaba la salida de la comisaría pensando de la que se había librado, con una inseguridad metida en el cuerpo como jamás la había sentido hasta entonces. Es fácil que quien aprende así, y en peores situaciones, lo que es la injusticia ejercida, además, por la autoridad, se meta en lo que sea. A Santi, lo que le pedía el cuerpo en esos momentos era meterse en el Partido Comunista aunque no compartiera sus ideas, o en cualquier otro, el que pusiera las cosas en su sitio y acabara con los abusos.
Ya cerca de la puerta comprendió todo, se encontró con el Decano, un jesuita que, como todos los que conocimos aquel año, nunca llevaba sotana. Serna y Serrano habían contado lo ocurrido y aquel hombre rescató a nuestro compañero, y no solo físicamente… Santi siempre le agradecerá a aquel hombre, cuyo nombre no recuerdo, su forma de proceder, y lo que le dijo después de contarle todo lo ocurrido.
─ Bien, pues tú mañana te vienes a Gijón y te paseas delante de la comisaría.
A Santi de nuevo se le aceleró el corazón.
─ ¡Pero cómo voy a hacer eso!
La cara del hijo de puta se le vino a la mente. No, no quería, normal, y aquel hombre lo comprendió; pero también sabía que nuestro compañero era su responsabilidad, y quería limpiar de su mente lo que habían tratado de implantarle: miedo, ese miedo.
─ Bueno, pero mañana, obligatorio, ¿me escuchas?, es obligatorio que hagas lo que te voy a decir ─Santi asintió con la cabeza─. Mañana, sin falta, te vienes a Gijón y haces lo que quieras, lo que te apetezca, paseas, una tarde normal, y como te vuelvan a detener al que se le va a caer el pelo va a ser a él ─le dijo con seguridad, dándole fuerzas, las que le hubieran venido bien unos instantes antes para contestarle a aquel individuo.
Aquella noche Santi y yo cenamos en la misma mesa, estábamos sentados frente a frente. ¡Qué pálido estaba!, aún no le había subido el sonrosado habitual de sus mejillas…
Pero Santi, al día siguiente, paseó por Gijón.

Santi lo de la noche de La Cabra cuando El Golondrino nos tuvo hasta las tantas en un pasillo en pijama pasando frío y sueño, no tiene punto de comparación con esto. Menudo trago. Qué alivio he sentido cuando he visto que acabó bien.
ResponderSuprimirEste Bustos me ha tenido en vilo hasta el final. Un abrazo para ambos de parte de quien le dió el pase a Tito en aquella final.