miércoles 3 de marzo de 2010

De Córdoba a Gijón (VII)

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CAPÍTULO 7

LECCIONES DE LA VIDA


Después de las vacaciones de Semana Santa estuve a punto de no volver a Gijón, pero en casa de mis padres no me sentía libre…, echaba de menos las partidas de póker… Al final me incorporé varios días tarde, total, daba igual, ¿o no? El destino a veces quiere provocar coincidencias, cruces positivos o negativos que hacen que las cosas caigan de un lado o de otro; en resumen, la vida.


Salí temprano de Málaga, y a las 10 de la mañana del día siguiente ya estaba en la Laboral dispuesto a acostarme para descansar algo tras largas horas de traqueteo ferroviario, pero antes quise fumarme un último cigarro tranquilamente… y no tenía cerillas. Fui por las habitaciones para pedir fuego. Todas estaban vacías, habían comenzado las clases y mis compañeros estaban en el aula. Entré en la del Golondrino, no sé por qué, ya que ni él ni su compañero fumaban, y nada más abrir la puerta lo vi allí en frente, acostado, dormido. Reparé en mi error y me volví sin hacer ruido, pero a medida que salía pensé: «este, el más empollón, que no se pierde una clase…». Volví sobre mis pasos y me acerqué.
─ Fulano.
No se movió
─ Oye, despierta que te has quedado dormido.
Nada.
Le puse una mano sobre el hombro y lo moví decidido al tiempo que lo volvía a llamar por su nombre.
Nada.
«Ostras»
Miré al lado, sobre su mesa solo la lámpara. Abrí el cajón y entonces lo vi. Un pequeño frasco de pastillas de color marrón y tapón blanco. Lo cogí, era transparente, estaba vacío.
El corazón se me aceleró. Lo moví con fuerzas llamándolo de nuevo, esta vez a voces…, y no respondió.
Busqué sus latidos en la yugular, pero lo que sentía era mi corazón desbocado. Tiré de la ropa de la cama hacia atrás y acerqué mi oído a su corazón, y el que seguía oyendo con toda claridad era el mío que tapaba todo. En mi nerviosismo y ante esas dos pruebas fallidas, no supe averiguar con seguridad si aún vivía, solo el hecho de que no estaba frio me dio esperanzas.
Salí lanzado de allí. Corrí por el pasillo pensando para donde tiraba. La primera puerta de ayuda que encontré a mi paso fue la de Román. Pedí a Dios –posiblemente la única vez en mi vida- que estuviera allí. Toqué y giré el pomo, la puerta se abrió.
─ Fulano está en la habitación dormido pero he intentado despertarlo y es imposible. Este bote de pastilla vacío estaba en su cajón ─dije de corrido.


Román se ponía las gafas para poder leer mientras yo pensaba en mi compañero, lo bien hecho que era para todo; en ese momento yo daba por sentado que se había tomado todas las pastillas del tirón… y había vuelto a cerrar el frasco con su tapón, guardándolo en su sitio. ¿Cómo una persona en esas circunstancias puede estar pendiente de ese detalle? Y después me sorprendí de mí mismo, pensando en un detalle como ese a pesar de los momentos que estaba viviendo.
Nueva carrera de vuelta a la habitación. El educador intentaba pillarle el pulso, no sé si se lo cogió o no, también él estaba acelerado.
─ Quédate aquí con él, voy a pedir ayuda.


Un Seat 124 blanco salía lanzado de la Uni conducido por el Decano, de nuevo al rescate. El Golondrino, detrás, en medio, entre Román y yo sosteniéndolo.
Estuvo varios días hospitalizado. Cuando salió, una jornada tras otra lo vi caminar por los pasillos, inexpresivo, a veces pendiente de las chicas. Cuando se cruzaba conmigo bajaba la cabeza, no me miraba ni decía nada…, y yo le daba vueltas a la cabeza pensando en cómo se puede tomar uno un bote de pastillas diciendo adiós, kaput, forget me, lo que sea…, para después volver a poner el tapón y colocarlo en su sitio en vez de estrellarlo contra la pared de enfrente…, el último golpe, el último ruido. No comprendía aquel simple detalle, se me pasó muchas veces por la cabeza, hasta que varios días después, en uno de los cruces, sin mirarme, dijo una palabra, muy bajito.
─ Gracias.
Fue entonces cuando creí encontrar sentido al detalle del cierre del tapón…, quería seguir viviendo aunque igual ni él lo sabía… Tenía que seguir comportándose como él era, educado, correcto en sus acciones…, incluso en los pequeños detalles.
Aquel último trimestre algunos compañeros lo convencieron para que bajara de marcha a Gijón, lo hizo en una ocasión, la noticia corrió entre nosotros como un hito histórico.

Y la vida continúa…
─ ¡Piyu!, ¡Piyu!
Era lunes por la mañana, primera hora
─ ¡Piyu!, ¡Piyu!
Yo escuchaba voces lejanas, entre sueños. Antonio Valverde se asomó a la puerta de la habitación, como los demás, a ver de dónde venía aquel alboroto. Después se acercó a mi cama riéndose.
─ Antonio, la limpiadora viene buscándote.
─ ¿Qué?
─ ¡Piyu!, ¡Piyu!, ¡que nu ha tocau! ─entraba acelerada, agitada, colorada, en la habitación, mientras yo me incorporaba sin estar bien despierto aún.
─ ¡Qué nu ha tocau!
─ ¿El qué?
─ ¡La quiniela…!, ¡nu ha tocau!, ¡nu ha tocau! ─extendía hacia mí su mano temblorosa con el boleto sellado.
─ ¿Cuánto?
─ ¡Nu sé!, ¡muchu!, ¡muchu dineru!
─ Pero, ¿cuántas hemos acertado?
─ Trece.
─ Bueno, tranquilízate que entonces no es tanto.
Casi preferí no haber acertado catorce porque a aquella mujer le hubiera dado un infarto.


17.000 pesetas aproximadamente, o sea, 8.500 pesetas para cada uno, o lo que es igual, el equivalente a dos o tres pagas de ella limpiando habitaciones. Un dinero inesperado para aquella señora pobre, como la mayoría de los españoles, seguro le hacía muchísima falta. Si se hubiera callado yo no me hubiera enterado. Una nueva lección de la vida, la honradez de esta mujer.
Seguimos manejando dinero, yo con mi suerte y el moro con su trabajo. Una de las tardes que bajamos a Gijón entramos en una tienda y nos compramos unos pantalones, los dos iguales, de pana fina y color beige. Unos Wrangler de corte vaquero, cintura baja y muy pegados a la pierna, estrechos por abajo, justo para quedar por encima de mis botas camperas… y con el tres cuartos de paño, azul oscuro, tipo marinero, anduve por aquellas tierras.
La primavera en Asturias es preciosa. Por fin levantamos la persiana de nuestra habitación y entró la luz, la vida…, las dos juntas. Somió, las sidrerías, les vaques me vieron pasear con más frecuencia con Mío al lado, siempre pegado a mi pierna derecha. Cuando regresábamos de dar una vuelta por aquellos prados, en un lateral del camino se nos asomaba un enorme perro negro que nunca estaba cuando íbamos. Los ladridos y el animal acongojaban un rato, y yo siempre igual.
─ Mío, tranquilo, quieto.
Y Mío pasaba de aquel perro ladrador que, a decir verdad, nunca salía de su parcela.
─ Mío, quieto bonito.
Increíble, os imagináis, a tres metros de distancia y mi perro se hacía el sordo, como si los ladridos no fueran ni con él ni conmigo.


Una de las veces que regresábamos y se repitió la escena, mientras hablaba con Mío calmándolo, miré a aquel perro negro cómo nos mostraba su cara de mala leche y los colmillos afilados mientras nos ladraba. Me detuve. Bajé la cabeza mientras Mío levantaba la suya mirándome. Me agaché y acerqué la cabeza a la de mi amigo, lo acaricié varias veces con la mano. El perro negro se enfurecía más, entonces extendí el brazo y con el dedo índice señalando a nuestro enemigo, dije: “Mío, ¡ataca!”
En décimas de segundo Mío salió lanzado subiendo la breve elevación que hacia el terreno junto al camino. Los ladridos se silenciaron al mismo tiempo que se escuchó mi orden. Cuando llegué arriba vi a Mío lanzado como un poseso detrás del perro negro que había bajado su estatura intentando correr más en sus largas zancadas. De nuevo las vacas dispersándose asustadas ante aquella embestida que llegaba, y un hombre intentando correr sobre unos zancos artesanales gritaba levantando una enorme vara.
─ ¡Fuera perru!
─ ¡Quieto Mío!
El animal frenó de inmediato derrapando unos metros, y se volvió tranquilo hacia mí, como si no pasara nada, mientras que el otro perro seguía aún corriendo para desaparecer a lo lejos.
─ ¡Malditu perru!, ¡Tie peligru el bichu!, ¡no lu pue lleva sueltu! –me grito el hombre señalándome con la vara.
─ ¡Ate usted al suyo y yo ataré a este! –le contesté–. Venga, vamos –le dije a Mío, mientras le acariciaba orgulloso de él.
Y el perro negro no volvió a aparecer al borde del camino.
Sí, Mío fue un amigo fiel aquellos días en los que me dio muchas horas de compañía, como una persona.

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