jueves 11 de marzo de 2010

De Córdoba a Gijón (VIII)

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CAPÍTULO 8

UN PASEO EN BICICLETA


Se acercaba el final de curso. Mis compañeros concentrados en los estudios y yo siempre buscando más novedades...
Había una puerta siempre cerrada cerca de la entrada a nuestras habitaciones, con frecuencia pasaba y le daba un giro al pomo, nada, cerrada, pero… una vez se abrió y…, allí estaba la bicicleta del guarda de por la noche…, y con el buen día que hacía, pues eso, la cogí, me monté. Un leve roce de la cadena pero iba bien. Y entonces me acordé de que, a esa hora, mis compañeros estaban haciendo el examen final de Economía, ya sabéis, con aquella profesora que le dijo a Tito que lo pasaba de un sobresaliente a un suspenso en un plis-plás…, y para allá me dirigí montado en la bicicleta.


A diez metros de las ventanas del aula estaba la carretera interior que nos unía con los edificios majestuosos de arriba. Por allí me paseé, para arriba, para abajo, rápido, despacio, apoyado en el manillar, suelto de manos, lleno de alegría.
«Qué, ¿me ves?».
Hasta que me cansé.

Al día siguiente, por la tarde, me fui en busca de José Luís. Mis compañeros estaban empollando y yo, por allí escuchando música, lo único que hacía era molestar. Llamé a la puerta y entré.


─ Hola Jose, ¿nos vamos a Gijón?

─ No, tengo un montón de exámenes por corregir.
─ Dame unos cuantos –le dije mientras me acercaba.
José Luís me miraba, yo le noté algo distinto. Me senté frente a él y le pregunté lo de siempre.
─ ¿Cuántas preguntas has puesto?
─ Cinco.
─ Vale.

Comencé a leer el primer examen. Aquella chica no tenía ni puñetera idea.

─ Fulanita de tal, ¿es guapa?
─ ¿Qué?
─ ¿Si la chica es guapa?
─ Ah…, del montón.
─ Pero si aquí el montón es de guapas o de feas…─ le comentaba mientras lo miraba fijándome en sus narices, analizándolas. No me di cuenta de que él a su vez me estaba estudiando a mí.
─ Menudo follón has montado.

Aquel comentario me causó sorpresa, no sabía por dónde cogerlo, pensé en los anteriores exámenes de Filosofía corregidos por mí. Alguna protesta por una nota, igual la había fastidiado y ahora él pagaría unas consecuencias. Sin embargo, para mí, poner una nota a un examen era una cosa seria, importante y, no me lo tomaba a la ligera.

─ ¿Qué he hecho? –le pregunté.
─ ¿No lo sabes?
─ No.
─ Ya no te acuerdas de lo que hiciste ayer.

Aquello a mí ya me pillaba lejos, muchas manos de póker, me acordé de Mío y el hombre de la vara, pero eso fue varios días atrás.

─ ¿Qué hice yo ayer?
─ ¡Pues pasearte en bicicleta por delante de tu clase mientras se examinaban de Economía!
─ ¡Ah!, eso…, sí, pero no había tráfico y no salí de la Laboral ─le dije sonriente e irónico.

José Luís bajó la mirada hasta la mesa y movió la cabeza negativamente.

─ Te importa todo muy poco, ¿no?

Y ahí fue cuando yo me puse serio.

─ Eso no es así.
─ ¡¿Cómo qué no?! Pasearte en bicicleta por allí mientras se están examinando.
─ Fue mi forma de protestar.
─ ¡¿Y por qué protestas tú?! , Antonio, si no has pegado golpe en todo el curso.
─ En el primer trimestre estudié y me suspendieron.
─ Porque te tendrían que suspender.
─ No estoy de acuerdo. Aquí nos quieren reventar y yo he venido a estudiar, no a que me revienten.
─ Exagerado.
─ Tampoco estoy de acuerdo con eso, y te digo que no hay derecho a lo que están haciendo. A mí este curso no me importa, pero te voy a decir una cosa que es peor.

Estos tíos y esa profesora ofendida me han quitado las ganas de estudiar y, cuando llegué aquí a principios de curso yo no era así, eso es una consecuencia y una responsabilidad suya.


José Luís estaba muy serio, mirándome, tenía el rostro encendido.

─ Antonio, están viendo a ver si te expulsan, además ya tenías abierto expediente de expulsión en Córdoba.
─ ¿Yo?
─ Sí, ¿no participaste en una huelga allí?
«¡Ostras!, la huelga del 72». Aquello quedaba más lejos aún.
─ Sí, pero eso fue en Córdoba.
─ Viene desde allí en tu expediente.
─ Y qué van a decir, que me he montado en una bicicleta.
─ Antonio, la profesora está indignada. Lo ha tomado como una provocación, además dice que te regodeaste, que pasaste una y otra vez, incluso suelto de manos y aplaudiendo con los brazos en alto.

Sí, me había visto bien.

─ Bueno, pues antes de echarme tendrán que escucharme. Que me digan por qué me expulsan y yo contestaré. Todo eso se hace por escrito, ¿no?

Me miró, apretó los labios y dijo que sí con la cabeza.

─ Venga, vámonos a Gijón.
─ No puedo.
─ ¿Por qué?
─ Tengo que corregir exámenes.
─ Y ¿por qué no das aprobado general…?
─ ¿Cómo voy a dar aprobado general?
─ Pues dándolo, si salvo tres o cuatro están todas para suspender. A esas les pones una nota más alta y a todas las demás un cinco. Automáticamente te vas a convertir en el profe más querido. ¡Ojalá estuviera yo en tu lugar!
─ ¡La madre que te parió! ─me dijo riéndose.
─ Por Málaga está. ¡Venga, vámonos!
─ Que no puedo, que no.
─ Pero qué importancia tiene que una chica de dieciséis años no sepa mucha filosofía, y aunque hayan estudiado a Kant, ¡se les va a olvidar a la vuelta de dos meses!
─ Antes.
─ Pues entonces… ¿saben quién es Sócrates, Platón o Aristóteles?, esos tíos increíbles, pensadores sin ataduras, que ya hace más de dos mil años decían cómo debían ser las cosas y a pesar del tiempo transcurrido y los avances aún no les llegamos ni a la suela de los zapatos.


Me miró pensativo mientras afirmaba con la cabeza.
─ Pues ya está, es lo que tenían que aprender. Ya sabes, aprobado general y el año que viene tienes novia, que te hace falta, además yo no estaré. Vámonos para Gijón.
Y nos fuimos.

No sé si dio aprobado general, ni qué fue de él a partir de aquellos días, tampoco volví a saber nada de Mío.
A mí… ni me expulsaron ni me suspendieron.
─ Que no me vayan a suspender estos, porque les voy a pedir mi examen y no lo van a poder mostrar –le dije a José Luis una de las últimas veces que nos vimos.
En las notas de final de aquel curso en Gijón, desde la primera a la última, pone lo mismo.



Así fue cómo terminé mi paso por Universidades Laborales, después, en Málaga, terminé los estudios de Empresariales sin ningún problema, pero es verdad que me quitaron las ganas de estudiar.

Ha sido después, con el paso del tiempo cuando poco a poco, sin prisas, por hobby, leyendo aquí y allá…, cuando la curiosidad se ha vuelto a unir a los recuerdos de muchos profesores de Córdoba, el inconformismo del señor Velasco; el razonamiento lógico matemático de D. Juan García que, después, muchas veces en la vida yo he aplicado… pero ya a otros factores; la didáctica del señor Zuheras… y de tantos otros pero, sobre todo, las preguntas y reflexiones continuas del Padre Erviti; la manera de profundizar hasta lo más hondo, buscando la esencia del ser humano, haciéndolo suyo, del Padre Gago. Un conjunto que tuvo un resultado, nos hizo pensar de forma libre, sin ataduras, ni de creencias religiosas, aunque algunos no se lo terminan de creer cuando lo comento. El mundo de las ideas, las inquietudes, las preguntas, la afición al estudio, los métodos… Todo esto fue lo que me trasmitieron estos Hombres… y por eso lo manifiesto.

Sé que no es fácil que se vuelva a repetir. Fue un espacio-tiempo rodeado de circunstancias favorables para ello. Nuestros padres tenían conciencia clara de que el estudio era de las pocas puertas hacia un futuro mejor, nos lo repetían una y otra vez: “Antonio, que seas trabajador, que seas responsable”. Y nosotros lo comprendimos. En cuanto a aquellos profesores, tenían muy clara cuál era su misión, y la llevaron a cabo. ¿Se da ahora esa unión de intereses, hay conciencia clara de todas las partes? No sé pero, visto en el tiempo, me doy cuenta que fue un crepúsculo irrepetible, a la realidad actual me remito.

Respecto a los otros cinco compañeros de Córdoba que subieron conmigo a Gijón, he sabido después que ninguno consiguió terminar allí. Todos se tuvieron que marchar antes o después, quemados…, y terminaron, o no, los estudios que iniciamos aquel año en otros lugares.

Hace poco, a través de la página web de la Uni contacté con Lucio Serna. Todos los que coincidisteis con él en Córdoba le recordareis. Buena persona, buen estudiante y con una gran fuerza de voluntad –siempre recordaré la noche que el Padre Vílchez nos echó del estudio, nos castigó obligándonos a subir a las habitaciones y acostarnos a pesar de nuestros ruegos porque al día siguiente teníamos un examen y, Serna, con una linterna debajo de las sábanas continuó estudiando–.


No pude evitar preguntarle: “¿Terminaste?”

─ No Antonio, aquello era imposible y, cuando salí de Gijón, mis circunstancias personales…, las de mi familia, no podían y tuve que ponerme a buscar un trabajo enseguida.

Sabía bien de lo que me hablaba, esas sensaciones que, estoy seguro, casi todos los que pasamos por Universidades Laborales llegamos a sentir en algún momento.


Y treinta y tres años después sentí indignación, no por mí, por este compañero, Lucio Serna, que mereció cien veces más que yo el completar sus estudios.


FIN

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