EN VUELO LIBRE
En vuelo libre, como alguien me dice repetidamente, me dejo caer en la Plaza del Concilio de Trento, frente a la fachada del Convento de San Esteban, Salamanca; quinientos años me contemplan.
Imposible no sentirse pequeño cuando levantas la vista. El Renacimiento italiano nos dio el plateresco de la portada-retablo de la Iglesia adosada en el lateral izquierdo, está enmarcado por el resto de la edificación que parte de un gótico para terminar convirtiéndose en barroco debido al largo periodo de tiempo que se empleó en su construcción.
Pero el verdadero motivo de este viaje es reunirme con el Padre Gago para hablar de unas cosillas…, además de que me enseñe el convento donde se forjaron la mayoría de los dominicos que después tuvimos en Córdoba.
Sorpresa, ¡es el único fraile vestido de fraile!
― Ten cuidado con esos dos escalones ―me dice, para acto seguido comentarme que además separan doscientos años de historia.
Pasillos, claustros, escaleras, luz, oscuridad, soledad. Un enorme laberinto por el que es fácil perderse.
― Ahí está enterrado el Duque de Alba.
El pequeño féretro de piedra acoge al temible Grande de España, General de los Ejércitos del Rey, Virrey de Portugal, Gobernador de los Países Bajos, donde solo escuchar su nombre aplacaba las revueltas de aquellos barbaros a los que les gustaba tanto beber esa bebida –la cerveza- que parecía meados de burra, decían los españoles.
― ¿Y esta escalera? ―pregunto.
― Fíjate, sin punto de apoyo ―me contesta el Padre Gago, y una risa de las suyas― ji, ji, ji, ji―mientras la observo atónito, y es que sube adosada al muro.
Es una maravilla, increíble que aguante el enorme peso. Está fabricada en piedra, con escalones larguísimos, de hecho está inclinada, vencida. Da cosa echarle más kilos encima, los nuestros si queremos subir, pero el Padre Gago se recoge el hábito, y adelante.
Ya arriba, el claustro donde él echaba la peonza que le regaló su tío, aún la conserva. También me dice que por allí corría subido en un caballo de cartón. No puedo evitar acordarme de la Parábola I de Antonio Machado.
― ¿Se acuerda, Padre?
― ¡De Antonio Machado me acuerdo de todo!
― ¿Se atreve?
No hace falta más comentario.
― Un momento Padre, voy a grabarlo…, cuando usted quiera.
― Parábola I ―pasa un segundo― Antonio Machado ― uno, dos, tres segundos…, y comienza:

Lo que el Padre Gago no sabe es que yo quiero comprobar algo más, conservo la poesía que un día del mes de diciembre de 1974 nos dio, y tengo escrito el tiempo que tardó en recitarla: 1´18´´. ¿Cuánto tardará hoy? Han pasado treinta y seis años de calendario y el Padre Gago la recita con solo un segundo de diferencia. El tiempo, el ritmo, es clavado; solo el volumen más bajo denota sus setenta y siete años actuales.
― Quiero que veas el coro.
Hacia allí nos dirigimos, se para delante de la puerta, me señala el arco.
― Mira, aquí, en un convento, mujeres desnudas.
Me fijo y, efectivamente, diminutas ninfas como los ángeles las trajeron al mundo están presentes en los adornos. No le digo que era usual en el Renacimiento, y hasta aquí ha llegado. Ese debió ser el momento en el que se construyó esa zona, pero no dejo pasar la ocasión.
― Padre, es que en el 1.500 los Papas tenían hijos. Alejandro VI o Julio II fueron Papas y padres.
Dentro, el magnífico coro, el enorme manuscrito de cantos gregorianos.
― Aquí recé cinco horas diarias, trescientos sesenta y cinco días al año, durante cinco años.
Bajamos, otro claustro sin restaurar, gris, de piedra, dos pozos en el centro. El Padre Gago se acerca a uno, le sigo, y grita asomándose:
― ¡¡¡Dios!!!
Un eco escalofriante se abre paso retumbando hacia las profundidades de esa vena del Tormes que con seguridad llega hasta aquí. Me comenta que ese era el grito que daba aquí, en este pozo, Unamuno cuando se refugió en el convento tras la incomprensible muerte de su hija.
Sí, estos muros albergan la Historia verdadera, no la que nos quieren contar algunos, como cuando me sitúa ante el escudo de los Reyes Católicos que se alojaron aquí antes de la expedición de Colón a América, querían consultar con los académicos de la Universidad de Salamanca si era posible llegar a las Indias por el oeste.
― Fíjate en la parte inferior, hay una granada –fruta- cerrada, sin abrir; es el símbolo de que aún les faltaba por reconquistar Granada.
También me fijo en el águila sobre el que está plantado el escudo, es el mismo águila que había en el centro de la bandera de España cuando Franco, salvo que este Generalísimo de los Ejércitos no era de la época de los Reyes Católicos, ese es el verdadero origen de ese águila, de ese símbolo que hoy vemos como fascista porque fue utilizado por la dictadura, ¿porqué no se explica esto? Todos lo comprenderíamos y se vería en su justa medida, asimilando los hechos y su enseñanza, sin embargo.... Malditos bastardos egoístas manipuladores de la Historia y los ciudadanos para beneficio propio, y el pueblo cayendo en sus continuas trampas. ¿Cómo va a mejorar la enseñanza si no les conviene? Presupuesto, el que haga falta, ¡ordenadores para todos! Pues yo no quiero nada de eso, quiero solo una enseñanza libre aunque se dé en un aula que solo tenga un pizarra…, y un profesor, un profesor verdadero, sin tendencias políticas, esas que se las deje en su casa, que enseñe a los alumnos la Historia como es. Señores, la reforma de Adolfo Suarez fue posible porque las Universidades, muchos de sus profesores, con Franco en el poder, habían preparado a generacionesde alumnos para liberarse de un gobierno militar.
Pero bueno…, voy a seguir con el recorrido que hicimos. Magnifica restauración y ampliación la que se está haciendo en el lateral sur del convento, desde allí puedo contemplar uno de los lugares por los que tengo más interés, el huerto, es como me lo imaginaba cuando de él me habló el Padre Erviti.
Pasamos a aquellas habitaciones que acogieron a ambos. El blanco está roto por el polvo. El suelo de listones, que no parqué, cruje como antaño. Las puertas de las celdas, en marrón oscuro como el suelo, se reparten equidistantes a izquierda y derecha. Los aseos, comunes. Los alicatados me recuerdan a los de la Laboral.
Frio, mucho frio, y hambre, reciedumbre de Hombres y espíritus.
― Vámonos Padre.
Queda atrás como aquella España que desbordaba conventos, había más vocaciones que habitaciones.
Conmigo, el recuerdo del Padre Erviti contando la dureza de la vida en este lugar, constantemente enfermando, “no había virus que pasara que no me visitara”. El pensamiento de que moriría joven en alguna de aquellas fiebres, y su convencimiento de que había conseguido salvarse gracias a los nabos que cogía de ese huerto al que ahora nos dirigimos, y de comérselos a escondidas en el estudio.
Si desde arriba me parecía que era igual a como yo lo imaginé, cuando lo recorro esa sensación desaparece, y es que hay una magnifica vista sobre la Salamanca monumental. No sé por qué, pero cuando escuchaba esas historias del Padre Erviti supuse que estaría rodeado de unas enormes tapias, ¿cómo no nos había hablado de estas vistas que trasmiten libertad y no clausura? Quiero comprender el porqué, y solo encuentro una explicación, el hambre le hacía bajar la mirada, cuando estaba allí solo pensaba en buscar alimento.

La brisa me trae su presencia, ecos lejanos de su voz en el recuerdo, algunas de sus explicaciones, su sonrisilla y aquel pestañeo reflexivo mientras pensaba. Sí, siento un gran aprecio por aquel Hombre.
El Padre Gago se ha alejado un poco, salgo de mi ensimismamiento y le alcanzo. En una esquina está una Virgen de Lourdes traída por dominicos franceses en el siglo XIX en una escapatoria apresurada que tuvieron que hacer desde nuestro vecino país. Es uno de sus rincones preferidos, aquí reza con frecuencia.

“Gracias, gracias, gracias”, me dice una y otra vez.
«A usted, Padre», es el pensamiento que tengo cada vez que lo escucho.
“¿Pero sabes tú a cuantos kilómetros está Málaga de Salamanca?” me pregunta reiteradamente, casi tantas veces como me da las gracias.
― Pues va a ser que sí, Padre.
Tengo que regresar. Las obligaciones, de las que puedo escapar solo unos pocos días -como éstos-, me esperan. Vuelvo satisfecho, llevo conmigo lo que había venido a buscar, comprender ciertas cosas para después, tal vez, poderlas contar.
Conduzco tranquilo, 0 grados en el termómetro del coche, niebla densa, apenas hay tráfico. A la altura de Béjar la carretera sube, abajo queda la niebla; y por la derecha, tras un montículo, dos águilas, una tras otra atraviesan la carretera, muy bajas, las alas desplegadas, dejándose llevar, en vuelo libre.
En dos palabras:
ResponderSuprimir¡¡¡ BRAVO, ANTONIO ¡¡¡
Gracias, Antonio, muchas gracias. Es una exposición magnífica de tus vivencias interiores ante la presencia del Padre Gago y en un entorno singular, escenario y marco de muy importantes acontecimientos de la Historia de nuestra España. Tengo la impresión de que tus sentimientos internos son tan profundos que te han llevado a comprimir el relato de los momentos vividos junto al Padre Gago en Salamanca, como si desearas dosificar el relato de todo lo que bulle dentro de ti. Espero que en próximos escritos nos regales nuevos testimonios. Pedro Belloso
ResponderSuprimirCono siempre un escrito con tu sello de identidad.Haces que esa visita al convento parezca algo importante,y por el sentimiento que pones y la descripcion que haces, yo pienso ¿ he vivido eso?
ResponderSuprimir"Gracias" es lo que yo le digo a Vd. tantas y tan merecidas veces. "Gracias" porque hace que estemos allí y que lo vivimos a través de su "mirada" -tan singular-...
ResponderSuprimir..."las alas desplegadas, dejándose llevar, en vuelo libre"...
¿Son las dos águilas? Seguro que sí.
La anónimA.