domingo 15 de mayo de 2011

Pasa la vida (3)


CUERVOS SOBRE TOKIO


Tokio, 36 millones de habitantes, 17.000 habitantes por kilómetro cuadrado, más del doble que Nueva York, y hace frío. ¿Quién me dijo que en esta época del año no llovía aquí? No hay dudas en el modelo de paraguas a comprar. Cuando el semáforo cambia, la ola humana que salta desde la otra acera parece que también lleva esa cresta de espuma blanca, porque la gran mayoría de los paraguas son blancos, de plástico y trasparentes. Están a la venta por todos sitios al precio de 500 yenes, unos 4 euros, y si no lo quieres comprar solo tienes que observar un poco en las estaciones de metro, hay mucha gente que los va dejando o tomando según sus necesidades.

La mayor concentración urbana del mundo tiene los ciudadanos más educados que jamás he encontrado, de otra forma creo que no se podría vivir en ese bullicio que se entrecruza a toda prisa, sin chocar, hasta que se van formando mareas humanas encauzadas por bocas que marcan destinos comunes sumergiendo y emergiendo de las entrañas de los edificios. Pero mejor no parar ni fijarse mucho, porque si lo piensas, es muy probable que aparezcan sensaciones claustrofóbicas como nunca antes sentiste.


A distraer la mente te va a ayudar algo que al principio llama poderosamente la atención, la gran cantidad de personas que utilizan mascarillas blancas. No pretenden preservarse de la contaminación, sino evitar contagiarnos el resfriado que padecen. Es algo que tienen muy presente, lo que dan es lo que van a recibir, de ahí que siempre nos traten con un increíble respeto acompañado de una sonrisa cada vez que inclinan su cabeza. Al contrario que nosotros, se han dado cuenta de que en la vida nuestras acciones son un boomerang que es lanzando continuamente, de ahí tal vez la manera de reaccionar muy diferente ante las adversidades. En occidente difícilmente estamos preparados para recibir ese boomerang de vuelta, que regresa con la misma mala idea que lo hemos lanzado, por eso nos golpea continuamente.


Después de observarlos en su ajetreo diario he llegado a la conclusión de que el japonés tiene una manera de ser y de actuar basada en ritos. Siempre recordaré a la camarera del tren bala cómo se volvía hacia el vagón tras pasar ofreciendo bebidas; la inclinación, la delicada sonrisa; después, en el espacio que hay entre vagón y vagón, señalaba delicadamente a un lateral con una mano extendida, al otro con la otra mano, como si saludara a unos dioses imaginarios que se sustentaran en el cielo y nos acompañaran en el viaje. Así lo hizo cada una de las numerosas veces que pasó. Pero no, no era una reverencia a un dios, lo que hacía una y otra vez era repasar las puertas, que estuvieran bien cerradas.


Tokio es un variado espectáculo por sus infraestructuras, por el increíble aprovechamiento del mínimo espacio, por las noches iluminadas con multicolores neones, pero sobre todo por su gente, uniforme y, a la vez, de lo más variado dependiendo por el barrio en el que te muevas o a la hora que tomes el metro. Desde el repetitivo hombre con traje oscuro acostumbrado al uniforme desde niño en el colegio, al joven aún libre de las ataduras, licencia para todo, incluso falda abierta en el lateral sobre los pantalones vaqueros, sombrero minúsculo rosa, de los pocos que vi con cara de matón, y su chica cogida de la mano. También las madres viven la moda de las hijas, las jovencitas son acompañadas en su pasión por encontrar lo último. Las puedes ver en los comercios o tomando un refresco; esa madre joven, elegante en la sencillez, junto a la pequeña completamente vestida de rosa, pelo teñido, maquillada, con enormes gafas de pasta negras, sin cristales, y pestañas postizas.

Imposible aburrirse, todo es fascinante. Nada se repetía, salvo un desagradable graznido difícil de localizar en el enjambre de fachadas. Pero un día al final lo cacé, estaba atardeciendo, observaba a una chica empujando el carrito del bebé mientras tiraba del perro, de pronto vi que dentro del carrito lo que iba era otro perro.


Cogí la cámara rápido intentando no perder el momento, y escuché el graznido que me removía las entrañas. Lo busqué, vi cómo cruzaba la negritud el horizonte. Se paró en una terraza sobre una parabólica blanca. Allí, el cuervo negro, grande, rajando el aire, sentí escalofrío. Nada más girarme para continuar y salir de la ingrata sensación, un escaparate, unas acuarelas. Verlas me reconfortó, recordé cómo le gustaban a Van Gogh: “Envidio a los japoneses por la increíble claridad de la que están impregnados todos sus trabajos... Su estilo es tan sencillo como respirar”. Esa admiración por la pintura japonesa se nota en el estilo de alguno de sus cuadros, increíble cómo adaptó su ya grueso trazo para pintar aquellos almendros. Ese boomerang lanzado tanto tiempo atrás llegó hasta los años 60, cuando una aseguradora nipona compró para su sede central un cuadro de este genio batiendo records de cifras pagadas hasta la fecha, fue el reconocimiento definitivo a su arte. Y de pronto recordé Campo de trigo con cuervos. En ese óleo, el horizonte da la sensación que se adelanta al paisaje, los cuervos avanzan amenazantes, jamás he visto otra pintura en la que ocurra eso, los horizontes siempre permanecen lejos, dan profundidad. No he visto a nadie crear ese efecto que viene de atrás, de un universo poderoso e infinito que es capaz de acabar en un segundo con todo lo que signifique vida.

De nuevo en casa, una pregunta me asalta, ¿cuándo lo pintó Van Gogh?, busco el dato: julio de 1890. Solo unos días antes de su muerte. Después, una noticia constante en los periódicos: terremotos, tsunamis, Fukushima. Y vuelvo a recordar los cuervos sobre Tokio.

1 comentarios:

  1. Después de intentar una y otra vez buscar la página que me recomendastes para leer tus relatos pues no había forma de encontrarla, no sé si es que era por culpa de mi explorador que está obsoleto y la mayoría de las páginas no se abren o porque soy demasiado torpe, (quiero pensar que es lo primero...)hasta que decidí poner tu nombre en google y ahí sí que pude ver tu blog. Quiero decirte que no lo he leído todo pero lo que llevo leído me ha encantado, es una descripción al pasado y vivencias donde se incluyen sentimientos y eso es precioso y emotivo.
    Hoy he leído tu viaje al Japón, me ha gustado mucho, en ciertos momentos parecia que yo estaba allí incluyendo el cuervo jaja¡¡ que a ti te dio escalofríos pero yo hubiese huido ya que me aterran los pájaros.
    Para mi será un placer leer tus relatos, vivencias y viajes , de esta forma veré a través de tus palabras un poquito de éste nuestro precioso mundo tan poco valorado por la gran mayoría.
    Imagino que te preguntarás que quién está escribiendo esto, pues bien soy Mari Carmen, la que estuvo trabajando en tu casa así que os envío tanto a ti como a Araceli y a los niños un fuerte abrazo.
    Gracias por tus relatos
    Mari Carmen Castillo

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